DICTADURAS

DICTADURAS

Eligio Palacio Roldán

«Ojalá la euforia de hoy por las actuaciones del presidente Abelardo de la Espriella no dé paso a un doloroso desencanto».

La comunicación entre los seres humanos es muy compleja. De ahí que, cuando pretendo hablar de algún tema, recurro a la Real Academia Española para encontrar el significado exacto de una palabra. El término dictadura se asocia siempre a lo político; la RAE lo define como “Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales… Régimen autoritario en cualquier ámbito”.

Los regímenes autoritarios van y vienen por épocas en lo laboral, en lo familiar y, obviamente, en lo político; pareciera que al ser humano le gustase sentir sus libertades individuales limitadas o reprimidas, o que no supiese qué hacer con ellas cuando se le otorgan. El caso más común y aceptado de dictadura es el de las religiones; en ellas, amparándose en un Dios castigador, se limita el ser y el hacer de los humanos en su trasegar por la tierra, con una serie de reglamentos cuya violación significa pecado, un pecado objeto de castigo en una supuesta vida, en otra dimensión, después de la muerte.

En la historia de la humanidad, las dictaduras políticas han generado todo tipo de reacciones positivas y negativas; las primeras normalmente al comienzo y las segundas al final, cuando gran parte de los gobernados se dan cuenta de lo degradante que es no tener libertades individuales. En ese entonces, y luego de infinidad de luchas y de muertos, caen los regímenes para dar paso a una nueva transición por unos años, y luego a un nuevo gobierno autoritario, en una especie de rueda sin fin.

Tras un dictador —ya sea padre de familia, profesor, jefe o gobernante— hay un ego que le impide entender razones o verdades diferentes a las propias y, obviamente, un grupo de aúlicos para aplaudirle e impedirle una relación sana con sus contradictores; también, muy poca capacidad de escucha.

Las dictaduras ejercen sobre el hombre una autoridad que ayuda a la convivencia en el planeta, convivencia que sería más deseable si surgiera desde la ética y no desde la represión y el miedo.

Son conocidas las dictaduras militares como la de Augusto Pinochet en Chile en la década del setenta; la totalitaria de Adolf Hitler en Alemania; la personalista de Francisco Franco en España, o la de un partido único como en Corea. Más cercanas a nuestro tiempo están las de Chávez y Maduro en Venezuela —que aún no termina, ahora en manos de Delcy Rodríguez—; la de Daniel Ortega en Nicaragua, que nació como una respuesta a la de Anastasio Somoza; o la de Cuba, iniciada por Fidel Castro y hoy con la figura de Miguel Díaz-Canel al frente.

Se podría decir que el presidente de Estados Unidos intenta una dictadura internacional, en sus manos, a través de su presión sobre otros países, el debilitamiento del apoyo a las democracias y la ampliación del poder presidencial al interior del país. Este intento genera preocupación en las democracias a nivel mundial y en los ciudadanos comunes, que ven una cada vez mayor injerencia del gobierno del país del norte en su vida diaria.

Colombia ha tenido presidentes con deseos totalitarios o dictatoriales; en la memoria quedan los de Julio César Turbay Ayala o Álvaro Uribe Vélez, y más reciente, el de izquierda de Gustavo Petro, que hiciera méritos para que llegara uno de ultraderecha como Abelardo de la Espriella.

El gobierno de De la Espriella, en estos dos primeros meses, genera aplausos por poner la casa en orden —sumida en la corrupción y la violencia, como consecuencia especialmente del mal gobierno anterior—, un entusiasmo similar al provocado por Fidel Castro, Hugo Chávez, Daniel Ortega o Augusto Pinochet en sus comienzos. Pero también suscita preocupaciones por su tendencia a limitar las condiciones religiosas o sexuales de sus gobernados, su injerencia en organizaciones gremiales y medios de comunicación, y su dificultad para aceptar opiniones diferentes a las suyas.

Ojalá la euforia de hoy por las actuaciones del presidente Abelardo de la Espriella no dé paso a un doloroso desencanto.

ANTES DEL FIN

El famoso «desde septiembre se siente que viene diciembre» y los permanentes simulacros navideños en emisoras y discotecas dan cuenta de la decadencia de otras festividades como Amor y Amistad, el Día de los Niños, el Día de Difuntos o el mes de las ánimas. Al paso que vamos, no quedarán más fiestas que la Navidad, y esta también parece estar en declive, según se observa en el comercio.

Van muriendo íconos de la música y la televisión de ayer que permanecen en la memoria de los adultos mayores y en emisoras de radio dedicadas a este público —como La Voz de Colombia o Bésame en Medellín—, donde su mayoría de estrellas ya están en el otro mundo.

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