LA REPRIMIDA AMARGURA DE LOS CUBANOS

LA REPRIMIDA AMARGURA DE LOS CUBANOS

Eligio Palacio Roldán

Reprimida amargura que, como el hombre que me encontré aquella noche, en la Ceremonia del Cañón, encontró cientos, miles, de personas que elevaron su voz al mundo para ser escuchados.

Desde la llegada, al aeropuerto José Martí de La Habana en Cuba, hasta la salida diez días después, observé gentes hablando duro, expresando su satisfacción por los resultados de la revolución: “Este es el único país del mundo con salud y educación gratuita, con seguridad. Aquí no roban ni atracan a nadie, no hay narcotráfico…”, decían.

Luego, en voz baja, muy baja, casi en secreto, con tan solo murmullos, iban contando que eso no era cierto, que la educación se había quedado en el pasado por el aislamiento, también, del conocimiento y las nuevas tecnologías y que el transporte a los centros educativos era complicado por la falta de gasolina; que la salud era gratuita pero que no había medicinas para curar las enfermedades; que el tráfico de drogas ilícitas pululaba por las calles de la ciudad y que tuviera cuidado porque “te pueden atracar y robar todo”. Que las familias se hacinaban en construcciones que amenazaban derrumbarse como de hecho ocurría con alguna frecuencia.

De la alegría del primer momento se iba pasando a una amargura reprimida que crispaba los gestos y contenía las lágrimas. Luego hablaban de sus frustraciones; de la pobreza y la escasez de alimentos, vestuario y elementos para el aseo; de la corrupción de los miembros del gobierno, que resultaban siendo la mayoría de los habitantes de la ciudad; y del peligro que representaba para ellos expresar lo que pensaban y sentían. Por eso, permanecían callados y cuando veían a alguien que los pudiera delatar elevaban el tono de la voz y repetían una y otra vez las bondades de la revolución.

Era tanto el temor a hablar que hasta, quien escribe estas notas, de turista en octubre de 2019, se sintió intimidado. Vigilado. Una noche, en la Ceremonia del Cañón, en la Fortaleza de San Carlos, un cubano con su pequeña hija de la mano, me indagaba sobre Colombia mientras sus ojos brillaban de emoción: soñaba con un futuro mejor para su niña, había venido desde el interior del país y con sus ahorros comprado una pequeña casa junto al embarcadero de la fortaleza, esperaba la llegada de algún turista para quizás alojarlo allí, pero estos eran escasos por el bloqueo americano.  “Por difícil que sea la situación en su país, por lo menos hay esperanza, acá no la hay…” decía, mientras Iba levantando la voz en medio del murmullo: “Esta dictadura es perversa, tiene el país entero aguantando hambre, la situación es mucho peor que la que usted ve en La Habana…” y alzaba la voz y se desahogaba casi a gritos. Fue entonces necesario tratar de calmarlo: mire acá hay vigilancia, le dije, no se meta en problemas. Entonces, comenzó a llorar…

Y así, las gentes del común, los “alegres” cantantes y hasta los funcionarios del gobierno, uno a uno, poco a poco, iba sacando a flote su reprimida amargura. Reprimida amargura que, como el hombre que me encontré aquella noche, en la Ceremonia del Cañón, encontró cientos, miles, de personas que elevaron su voz al mundo para ser escuchados. El de esta semana que termina, fue un grito desgarrador de auxilio que seguro les hará bien como seres humanos, para desahogarse, pero que requiere ser oído por toda la humanidad.

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¡JÓVENES! ¡JÓVENES! ¡JÓVENES!

¡JÓVENES! ¡JÓVENES! ¡JÓVENES!

Eligio Palacio Roldán

“La juventud anuncia al hombre como la mañana al día”

John Milton

¡Jóvenes! ¡Jóvenes! ¡Jóvenes! Jóvenes de todas las formas, bellezas y colores hay por doquier ahora en Colombia. Se hicieron visibles con las protestas y parecen ser todos víctimas de un sistema injusto que no fue capaz de crear las condiciones necesarias para su crecimiento personal y profesional. Pero no hay tal, o no para todos.  

Los 11.5 millones de jóvenes que hay en Colombia, un 26% de toda la población, al igual que el resto de los humanos, se pueden clasificar de diversas maneras, más allá de su apariencia física. Los hay fuertes, arriesgados y triunfadores con o sin adversidades en su historia personal; derrotados sin apenas comenzar la batalla; vencidos en la guerra injusta del capitalismo o atrapados en un socialismo innato en el que pretenden que todo se los den pues se consideran merecedores de lo humano y hasta de lo divino. ¿Qué puede marcar la diferencia entre unos y otros? Sin duda la formación.

Hablo de la formación desde el hogar, el colegio o desde el mismo medio social que los abriga. Formación que indefectiblemente ha cambiado, a grandes pasos, de generación en generación; esos cambios conducen cada vez más, o al menos en Colombia, al dinero como símbolo de grandeza y a la pérdida de otros valores como el sacrificio, la solidaridad o la espiritualidad. Obviamente, esto se potencializa con una sociedad de consumo muy influyente, unos medios de comunicación poco conscientes de su responsabilidad social y una educación cada vez más precaria.

En la formación de los jóvenes tiene mucho que ver, desde luego, el estado. Un estado que ha dejado gran parte de la responsabilidad en un magisterio que, también, ha perdido en gran parte sus valores y olvidó su responsabilidad frente a las nuevas generaciones. En deuda quedaron además los padres que sucumbieron ante la misma sociedad de consumo que privilegia el parecer sobre el ser.

En medio de una crisis económica y social como la que afronta el país, desatada por el coronavirus y la acumulación de frustraciones en parte de la juventud, el gobierno debe enfocar sus esfuerzos en fortalecer la educación y rescatarla de las manos de Fecode, una organización sindical que ha hecho más mal que bien de acuerdo con los resultados que saltan a la vista, y en la generación o consolidación de proyectos productivos, de emprendimientos. La estrategia de ingresos solidarios nos acerca peligrosamente a las políticas de otras naciones como Cuba donde los jóvenes, adultos y ya adultos mayores se acostumbraron a no trabajar porque el estado les brinda todo, aunque sea poco, y a eso, precisamente a eso, juegan ahora muchos colombianos que pretenden que el gobierno les cubra todas sus necesidades y deseos sin hacer el mayor esfuerzo.

Con la cultura del odio, como estrategia política, cimentada desde los centros educativos e incluso desde el hogar, los jóvenes colombianos serán más desgraciados que sus mayores. Es hora de invertir, también, en la salud mental de toda la sociedad.

ANTES DEL FIN

Escribiendo estas notas recuerdo a Reymington Rojas, guía en Caño Cristales y La Macarena, y en la difícil situación que afronta él y el sector turístico del país. Cuando la pandemia cese es un deber de colombiano recorrer los rincones de Colombia y resarcir en algo estos momentos difíciles. También pienso en quienes transformaron su vida alrededor del turismo en la Comuna 13 de Medellín y por la pandemia retrocedieron varios años en su camino hacia la prosperidad. Es necesario apoyarlos desde el emprendimiento.

“Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”

Rubén Darío

LA IGNORANCIA, LAS PROTESTAS Y LA POLÍTICA

LA IGNORANCIA, LAS PROTESTAS Y LA POLÍTICA

Eligio Palacio Roldán

“Nada hay en el mundo tan común como la ignorancia y los charlatanes.”

Cleóbulo de Lindos – (s. VI a. C.-s. VI a. C.) Filósofo griego. Uno de los siete sabios de Grecia.

Decían los críticos de los gobiernos colombianos, tal vez, de los últimos cien años, que a la clase política no le convenía tener un pueblo educado porque así sería más complejo manipularlo. Creo que esos críticos, casi siempre de izquierda, tenían la razón; lo que no se esperaban era que esa ignorancia, con el transcurrir, de los años, iba a favorecerlos. Lo que tampoco conocían los de la derecha, que casi siempre gobernaron al país, era que el no invertir en educación y sostener unos profesores funestos, protegidos por Fecode, y mantener el oscurantismo entre las gentes, era entregar el país a los charlatanes.

La ignorancia es “falta de conocimiento” y de capacidad para dilucidar alguna parte, aunque sea mínima, de la realidad. Charlatán es un embaucador; alguien que “engaña o alucina, prevaliéndose de la inexperiencia y el candor del engañado”; es decir, del ignorante.

Esta semana, en alguno de los informativos radiales de la mañana, entrevistaban personas comunes y corrientes sobre las motivaciones para continuar protestando; algunas exponían causas que lo justificaba, pero otras hacían gala de su ignorancia. Decían, por ejemplo, que seguían marchando porque estaban en contra del proyecto de reforma tributaria, proyecto abortado desde el tres de mayo, unos ocho o diez días antes.

Ignorancia y manipulación por parte de charlatanes.

Pero si es hasta jocoso pelear contra algo que no existe, como el Quijote contra los molinos de viento creyendo eran gigantes; deplorable resulta hacerlo porque el gobierno nos quiera ayudar con subsidios. Y es que, el proyecto de reforma tributaria, favorecía a los que protestaban y era adverso a quienes se tienen que resguardar hoy de quienes protestan (la clase media). Paradojas de nuestra Colombia.

Singularidad, también, que los medios de comunicación y la ciudadanía renieguen de la clase política; pero cuando llega un técnico a la presidencia como Duque, luzcan desconcertados y asustados con la situación. Es decir, prefieren seguir en manos de los políticos tradicionales… de los charlatanes.

Ahora, cientos, miles de colombianos, esperan con ansias el triunfo de la izquierda en las elecciones presidenciales de 2022. Muchos ya se ven viviendo en una Cuba o en una Venezuela imaginarias que tienen como símbolo, a pesar de las dificultades que atraviesan. Sueñan con maná cayendo del cielo. Otra vez la ignorancia y los charlatanes vendiendo una realidad que solo existe en sus calenturientas cabezas.

Puede leer y ver RETAZOS DE LA HABANA – CUBA https://eligiopalacio.com/2021/01/29/retazos-de-la-habana-cuba/

ANTES DEL FIN

“El tiempo pasa y se nos va la vida…” ya llevamos más de un año en los Tiempos del Coronavirus”. Muchos aprendizajes que pareciera no conducirán a ninguna transformación positiva de la sociedad. Más bien los años pasan, se va la vida y el tiempo se pierde en luchas de poder estúpidas.

Dolorosa pero excelente oportunidad para investigar sobre la trasmisión de coronavirus, en las aglomeraciones por las protestas. ¿Será que alguien saca alguna conclusión positiva en medio de tanta tragedia?

LA CULPA EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

LA CULPA EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

Eligio Palacio Roldán

La culpa condena, la culpa libera. Entre estos dos extremos se mueve el ser humano. Por ella, muchos han llegado hasta el suicidio y otros al asesinato de cuerpos o almas. La culpa es la “imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta.”

El culparse a sí mismo es mirado con compasión, como un problema sicológico a resolver; el culpar a los demás casi siempre es bien visto, como valentía y es apoyado por las mayorías, por las masas. El culpar a los demás, al otro, tranquiliza y libera de la propia culpa y de la responsabilidad consigo mismo y con la sociedad.  Se culpa al otro de la pobreza, la infidelidad, la infelicidad, la enfermedad y los desastres cada vez menos naturales. Se endilgan normalmente las culpas a los padres, los jefes, a quien no nos amó, a los gobernantes y hasta a Dios.

Desde hace ya más de un año la humanidad enfrenta una pandemia que modificó la capacidad productiva, de movilización y hasta la forma del hombre estar en la tierra. Muy poco su forma de ser, desafortunadamente.

Poco sé del autocuidado en otras culturas, en los tiempos del coronavirus. Sé del nuestro y prácticamente no existe. Somos maleducados por naturaleza y nos encanta violar las normas; eso da cierta idea de éxito, de sobradez. El colombiano de por sí es inmaduro, pareciera tener la necesidad de alguien a su lado que lo vigile, lo controle, y eso en medio de una pandemia es un imposible y como es imposible pues entonces se violan las recomendaciones de las autoridades, se llenan los centros hospitalarios de enfermos y los hornos crematorios de muertos… Y, ¿adivinen quién es el culpable? Pues obvio: el gobierno.

El gobierno, en especial el nacional, pareciera ser el culpable de todo lo malo que pasa a nuestro alrededor y todo el esfuerzo que hace por sacarnos de la difícil situación que genera el COVID se queda en eso, en esfuerzo. Somos, también, malagradecidos.

Ningún padre, ningún jefe, ningún gobernante puede sacar adelante una tarea si no cuenta con el apoyo de los seres humanos de su entorno. Es el caso del presidente de Colombia, de todos los colombianos. Si queremos salir de la difícil situación en la que nos puso la pandemia debemos colaborar desde nuestra forma de estar en los espacios donde nos encontremos; esa forma de estar tiene que ver obviamente con la manera de ser, una manera de ser destructiva que solo trata de esconder sus falencias y debilidades culpando al otro.

Obviamente, la tendencia negativa de los colombianos y su manía de culpar al otro por sus propias desgracias es utilizado por los politiqueros de siempre para hacer una oposición que le genere réditos políticos y eso, para desgracias de todos, es lo que ocurre en el país.

ANTES DEL FIN

La cantidad de gente a la espera de ayudas del gobierno y la forma como la sociedad colombiana se dedica a criticar al presidente Duque me trae inevitablemente a la memoria, la imagen de las gentes de La Habana, Cuba. No hacer nada para sobrevivir y/o salir de la miseria y culpar de ello al régimen parece ser el horizonte.

Si algo no me gusta de ser jefe es tener que asumir, en algunas oportunidades, el papel de agente de la policía: estar vigilando lo que hacen mis colaboradores. No hay caso. Falta formación en ética; en los hogares y en las escuelas.

CENTRO HABANA

CENTRO HABANA

Eligio Palacio Roldán

Centro Habana habla nostálgicamente del esplendor de tiempos idos. De la riqueza de ayer y la pobreza de hoy. De un futuro que se llenó de recuerdos corroídos. De construcciones inmensamente bellas a punto de desplomarse.

Centro Habana, en la parte media de la ciudad, es una zona con construcciones tan o más bellas que la de la Habana Vieja, en el abandono. Las fachadas de los edificios muestran el esplendor de un tiempo que ya pasó y la pobreza de las gentes que los habitan. En su recorrido sorprenden los cantos de los gallos y el olor a gallinero. Más tarde comprendo que huele a estiércol de cerdo. Me dicen que en las bañeras de las antiguas mansiones se crían estos animales para proveerse de carne. Hasta ese día consumí carne en Cuba. Centro Habana, al igual que Medellín, tiene fronteras invisibles con lugares a los que no se puede acceder; están ubicados hacia el sur de la ciudad. La Habana Centro habla de vejez, de cuando todo está concluido y se espera solo la muerte. Sus edificios son eso, ancianos con enfermedades terminales cuya vida se desprende a pedazos. En el barrio chino se visualiza algo de progreso. (https://es.wikipedia.org/wiki/Centro_Habana)