LÍDERES Y LAGARTOS
Eligio Palacio Roldán
Un cambio de gobierno implica un cambio de líderes, y estos, el de los llamados lagartos. Claro que varios de ellos tienen la capacidad de mimetizarse y migrar de gobierno en gobierno, haciendo de las suyas.
Los lagartos son esos personajes presentes en empresas, entidades, organizaciones y gobiernos que generan todo tipo de chistes desde el exterior, pero serios problemas al interior. El más grave de todos es la dificultad del líder para neutralizarlos, porque una vez cae en sus redes le es imposible reaccionar con cabeza fría.
Esa falta de cabeza fría sumerge a los líderes en un nicho donde permanecen incomunicados, escuchando y sintiendo solo “el cariño” de algunos, mientras obstaculizan o se niegan a ver realidades diferentes a las que los hacen sentir felices o complacidos. Esta situación transforma al líder en un perseguidor de sombras a su alrededor, percibiendo al enemigo en cada palabra y en cada acción; sufren entonces una transformación de líder a dictador: un dictador inseguro, errático y nocivo para su entorno y, en últimas, para la sociedad.
Esta metamorfosis sucedió con Álvaro Uribe Vélez, Juan Manuel Santos o Gustavo Petro, entre otros, y le comienza a pasar al actual presidente, Abelardo de la Espriella, a pesar de que sus mayorías electorales fueron pírricas. De la Espriella, por ejemplo, debe entender que las épocas del oscurantismo religioso ya pasaron; actuar bajo el dominio de una religión, cualquiera que sea, es un error, máxime en un país eminentemente laico como Colombia. Es una falla que comete por no escuchar a sus contradictores, o por silenciar y no responder a los periodistas y/o líderes de opinión no afines con su actuar.
Un verdadero líder escucha a sus contradictores y, a partir de una sana crítica, corrige o reafirma su conducta. No los desecha: los valora, respeta y escucha para no quedar en manos de sus halagadores —los lagartos—, que solo sirven para asentir con un silencio cómplice o con comentarios en voz baja.
Muchos creen que el presidente Abelardo de la Espriella no se está transformando, sino que en su personalidad siempre ha habitado un dictador. «Lo que Colombia necesita», dirán algunos, y quizás tengan razón: se requiere una mano dura que corrija el desastre que dejó el gobierno anterior. Lo grave es que las dictaduras no son buenas para nadie y, tarde o temprano, terminan mal.
Obviamente, el problema no es exclusivo del gobierno nacional; lo he palpado en mi trasegar por la DIAN durante 35 años de mi vida y, desde que tengo uso de razón, en los mandatarios locales, entre ellos los de mi pueblo, Entrerríos.
Pareciera que el almíbar con el que los lagartos dominan a sus líderes es imposible de detectar y menos de eliminar; solo alguien con verdaderas capacidades intelectuales, y sobre todo mentales, es capaz de identificarlos y neutralizarlos, algo que pocas veces ocurre.
ANTES DEL FIN
Todo indica que estamos asistiendo al fin de los medios de comunicación tradicionales. No solo se trata de los espacios informativos, sino también de los dramatizados y el entretenimiento: los índices de sintonía caen día a día.
Los ídolos de la pantalla y la radio se hacen trizas y la publicidad se desplaza hacia las redes sociales, en especial hacia YouTube.
A la par de los medios, desaparecen otras tradiciones: el día de Amor y Amistad o el Día de los Niños sufren el mismo destino, mientras la Navidad se extiende por casi la mitad del año como dando su última batalla… una batalla que también creo que se está perdiendo.
Antes fue la llegada de Internet y ahora la de la inteligencia artificial, que vinieron a cambiarlo todo. Lo tradicional es, ahora, solo un recuerdo.
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