LA LÁSTIMA LASTIMA

LA LÁSTIMA LASTIMA

Eligio Palacio Roldán

Por favor no me quieran tanto.

Desde que comencé a escribir, en esta página, he tenido dos grandes preocupaciones: una, la objetividad que tengo claro no existe y, dos,  que a quienes me lean no les logre hacer entender lo que quiero decir. Para tratar de entendernos, los humanos, logramos una especie de acuerdo para nombrar las cosas en lo que se llama el lenguaje. Sin embargo estas convenciones no son tan fáciles como parece para quien transmite y para quien recibe el mensaje; de ahí que acuda frecuentemente a la Real Academia de la Lengua Española para utilizar las palabras adecuadas en lo que quiero decir.

Hoy traigo dos palabras, lástima y lastima, que utiliza mucho el gran sicoanalista Juan Fernando Pérez, así: “Recuerde, siempre, que la lástima lastima”. Lástima se define como enternecimiento y compasión excitados por los males de alguien; lastima no se encuentra como tal en el diccionario, lastimar se define indistintamente como herir, hacer daño, compadecer y dolerse del mal ajeno. En esta columna, lástima se definirá como lo hace la Real Academia y lastima como hacer daño.

Hace un año estuve en La Habana, Cuba, y me encontré un pueblo mendicante. Muchos me hablaron de su sufrimiento, otros de la pereza de las gentes que acuden a inspirar  lástima, por parte de los turistas, como estrategia para conseguir dinero, llevando una vida desgraciada. Algunos hablaron de que, en gran medida, el fracaso del país se debía a que la gente se acostumbró a que el estado le brindara lo básico y que lo había convertido en un pueblo sin ambición, sumergido en el alcohol como único medio para pasar los días, los años, la vida misma. En Colombia, pasa algo similar: algunos, por ejemplo, les piden a sus patronos no afiliarlos a la seguridad social porque perderían los beneficios del estado, a través del Sisbén, “es mejor ser pobre que rico”; ni hablar de la “industria” de la mendicidad que crece,  de semáforo en semáforo, en cada ciudad  y se incrementa, a grandes pasos, con la pandemia del coronavirus. Muchos se sentaron, literalmente, a esperar las ayudas del gobierno, o se agazaparon, de manera corrupta, para recibir auxilios que no necesitan.

Pero lo que ocurre en los estados capitalistas o socialistas, indistintamente, es una radiografía de lo que sucede en los hogares. Muchos padres creen que brindarles amor a los hijos es encerrarlos en una burbuja para que no sufran, no les pase nada y “no tengan que pasar por lo que yo pasé”. Entonces, los nenes, no se tienen que estresar, no tienen que producir, porque tienen unos padres que hacen hasta lo imposible por complacerlos porque “qué lástima de mi muchacho”.

Ni en los estados ni en los hogares, se han dado cuenta que la lástima lastima y que en vez de ayudar al ser humano y a la sociedad a ser más felices, están generando un mundo de inútiles, víctimas de la depresión, con baja autoestima y pocas herramientas para luchar contra la adversidad. Tal vez, las nuevas generaciones, deberían gritar a sus familias y a sus estados, en medio de marchas multitudinarias, la frase con la que iba a titular esta columna: Por favor no me quieran tanto.

ANTES DEL FIN

La historia contará que los gobiernos locales y nacionales de comienzos de la tercera década, del siglo XXI,  solo alcanzaron a medio afrontar la crisis. Nada más.

Irresponsables los colombianos frente al coronavirus. Inauditos los llamados de diferentes estamentos de la sociedad a las aglomeraciones, priman los intereses económicos y políticos sobre la vida. Y  las gentes pasaron de temerosas a temerarias.

Llegó la época más feliz del año, la Navidad. Ojalá la irresponsabilidad, en el manejo del COVID-19, no la convierta en el peor recuerdo para las generaciones que permanezcan poblando la tierra.

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