EL MEDELLIN DEL DÍA DESPUÉS

EL MEDELLIN DEL DÍA DESPUÉS

Eligio Palacio Roldán

Quienes transformaron el Parque de los Deseos en el de la Resistencia tal vez ignoran que el resto de la ciudad está resistiendo estoicamente sus abusos, la peste y el egoísmo de sus gobernantes.

He vivido los últimos 17 meses en el campo tratando de escapar de la pandemia del Coronavirus, en una afortunada experiencia que no creí tener antes de la jubilación; ahora de regreso a la ciudad, de manera más habitual, he tenido una sensación similar a la de los personajes de la película El Día Después en sus últimas escenas.

Muy dramático, dirán algunos de los lectores, pero es que me he encontrado una Medellín distinta y, la verdad, muy distante de la ciudad de la que salí huyendo de la peste. Hay que decir que el progreso no se detiene, pero la construcción de puentes sobre la ruta a mi casa, a pesar de ser necesarios y una excelente decisión para mejorar la movilidad y con miras al ansiado Metro de La 80, no dejan de acentuar la sensación de destrucción.

Y es que esa, la destrucción, es la visión que me invade: locales cerrados o protegidos de las turbas de manifestantes con láminas metálicas o de madera que esconden el esplendor de otros días, mendicidad en crecimiento, transporte caótico, buses semivacíos, restaurantes cerrados para siempre, serenatas en los barrios a medio día, zonas verdes descuidadas invadidas por la maleza, basuras dispersas por calles y avenidas. Otros escenarios, como los restaurantes y bares que sobrevivieron, llenos más que antes con gentes desesperadas tratando de recuperar la alegría de ayer y muchas caras tristes y preocupadas.

Impactan especialmente el que fuese El Parque de los Deseos, antes lleno de jóvenes enamorados y estudiantes, convertido en el de “La Resistencia”. También, la belleza de la antigua Estación del Ferrocarril en La Alpujarra oculta tras las latas que la protegen de los vándalos; pero es que ¿cómo puede resistir una ciudad tantas pandemias a la vez?

A la pandemia del COVID-19 le sucedió pobreza y muerte y con ellas convivieron las protestas entre sociales y políticas, pacíficas y violentas, razonables y destructivas y un gobierno local más preocupado por su proyección nacional y su ambición de poder que por la misma ciudad que gobierna.

Ahora, como nunca, como El Día Después, es necesaria la unión de todos los estamentos sociales, económicos y políticos para salir de la crisis. Sin embargo, ésta parece imposible como lo es en el ámbito nacional porque priman las ambiciones personales sobre el espíritu de servicio hacia una comunidad necesitada hoy más que nunca.

Quizás la historia describa el egoísmo de la clase dirigente de nuestros días o tal vez no lo haga y como la memoria es frágil, esa sociedad que los padece los reelija una y otra vez para diferentes posiciones en el ámbito nacional.

Quienes transformaron el Parque de los Deseos en el de la Resistencia tal vez ignoran que el resto de la ciudad está resistiendo estoicamente sus abusos, la peste y el egoísmo de sus gobernantes.

ANTES DEL FIN

Apenas comienzan las secuelas del COVID-19, las dificultades del sector lácteo y avícola son una muestra de lo que nos espera.

Caracol que se duerme se lo lleva la corriente. De verlo repetir y repetir, la audiencia se cansó y se fugó para RCN.

Y en Caracol Radio nadie se da cuenta del fracaso del nuevo 6AM Hoy por Hoy.

LA PANDEMIA DE LA DESINFORMACIÓN

LA PANDEMIA DE LA DESINFORMACIÓN

Eligio Palacio Roldán

En sí la desinformación es una pandemia peor que el coronavirus.

La religión es el opio del pueblo decía Carl Marx para referirse a la utilización de la misma, por parte de las clases dominantes, para controlar al pueblo. Casi dos siglos después, poco ha cambiado y la religión sigue siendo un instrumento de dominación con propósitos poco claros. Desde ese entonces, además de significación económica, las religiones se han visto involucradas en episodios oscuros de la historia de la humanidad que con el transcurrir del tiempo son mirados con vergüenza. Caben ejemplos como las condenas a la hoguera, las guerras religiosas, la marginación de la mujer, el fanatismo hasta el suicidio de los musulmanes, etc. Ahora, en pleno siglo XXI, la religión es protagonista de una tendencia peligrosa para la humanidad: la negación a la utilización de vacunas contra el COVID.

Son varias las religiones que se han opuesto históricamente a las vacunas, desde los tiempos de la viruela en el siglo XVIII. Se destacan en ello algunas vertientes cristianas como los Evangélicos, los Testigos de Jehová y claramente los musulmanes.

Hace algunos días el gobierno de los Estados Unidos llamó la atención sobre la “pandemia de los no vacunados” al referirse a la crisis que afronta el país del norte ante las muertes por COVID, de las cuales el 99 por ciento corresponden a no vacunados. en su mayoría adultos blancos evangélicos. El rechazo a las vacunas habría sido originado en informaciones falsas a través de internet.

Por internet recibo a diario decenas de mensajes, de grandes amigos, muy religiosos ellos, que me invitan a no vacunarme por las consecuencias que por hacerlo abría de tener: Hablan desde el famoso chip hasta la marca de la bestia de que habla el Apocalipsis, la muerte en menos de dos años y la condena eterna. Dicen que no se debe acudir al médico porque estos son los instrumentos del demonio, dedicados a asesinar a los humanos.

Pero si por el campo de las vacunas y la religión llueve, por el de la política no escampa: La desinformación cunde por las redes sociales y el voz a voz, hablan de cosas que no existen sino en las mentes calenturientas y ávidas de poder de algunos colombianos que se creen los redentores de Colombia (Otra vez la religión) y desconocen cualquier progreso de nuestra sociedad en doscientos años de historia. Sin embargo, este no es el problema, como tampoco lo es en la religión; el problema está en los millones de ingenuos y tontos, diría yo, que creen aquí y allá. Allá en los Estados Unidos donde se pensaría tienen mejor formación e información y acá que, como en los tiempos de la conquista, nos obnubilan con un espejito.

Duro reto para la sociedad colombiana afrontar estas dos crisis: Con la desinformación se fortalece la negativa a vacunarse y con ello seguramente vendrán muchas más muertes, y mayores dificultades en el campo de la salud y en la economía; con la desinformación como herramienta política se fortalecen los grupos extremistas y pierden en su conjunto todos los colombianos y lo que nos queda de democracia.

En sí la desinformación es una pandemia peor que el coronavirus.

ANTES DEL FIN

¿Qué diferencia habrá entre los vándalos del fútbol (Otro opio para el pueblo) y los que secuestran al país con sus actos terroristas?

¡Qué lástima del talento nacional con la ahora costumbre de los canales Caracol y RCN de repetir sus producciones televisivas! Y nadie dice nada en los tiempos de la Economía Naranja. Desde luego, un abuso de los particulares con el estado y la sociedad.

Desde agosto se siente que viene diciembre, la segunda Navidad “En Tiempos del Coronavirus”.

LA GUERRA CONTRA EL CORONAVIRUS

LA GUERRA CONTRA EL CORONAVIRUS

Eligio Palacio Roldán

“La primera selección se hacía allí en el campo <<Éste lo cojo yo, ése lo coges tú>> Lo que parecía que podía salvarse aún, lo metían en el carro de los heridos; los trozos y los restos iban en el carro de los muertos, para recibir sepultura bendita; lo que ya no era ni siquiera un cadáver se lo dejaban de pasto a las cigüeñas… La segunda selección se hacía en el hospital. Tras la batalla, el hospital de campaña ofrecía un panorama aún más atroz que las propias batallas. En el suelo había una larga fila de camillas con los desventurados, y a su alrededor se ajetreaban los doctores… Muerto por muerto, hacían de todo para que cada cadáver volviera a la vida…” El Vizconde Demediado – Ítalo Calvino.

En este aparte del relato de Calvino, de “épocas remotas”, podrían actualizarse unos pocos datos para encontrar una descripción de la cruda guerra que libra la humanidad, contra el poderoso enemigo del coronavirus. Esta guerra deja un balance inquietante para los humanos: hasta el momento, 15 de abril de 2021, 138.340.920 infectados y 2.974.830 muertos. En Colombia 2.602.719 y 67.199, respectivamente.

Hemos escuchado desconocidos, médicos, amigos y familiares narrar aterradoras y dolorosas historias de esta guerra que según expertos se recrudecerá en los próximos días y que puede dejar una Colombia diezmada. También hemos presenciado el sufrimiento de las familias al dejar abandonados, a su suerte, a sus seres queridos en los centros hospitalarios y en las morgues de pueblos y ciudades, por varios días, en una prolongación inmensa e intensa del dolor.

Estamos en guerra. Una guerra contra un enemigo poderoso, un enemigo contra el cual solo se tienen como armas de defensa unas vacunas, esquivas para los países pobres del mundo, y el autocuidado que, también, se hace más complejo en estas regiones por la dificultad para generar ingresos y por la falta de educación de sus gentes para cumplir los protocolos indicados, por las autoridades sanitarias. En ésta como en todas las guerras los más afectados y los que más muertos pondrán serán los pueblos de menores recursos económicos.

A diferencia de las demás guerras de la humanidad, la del coronavirus es contra un enemigo invisible y a la hora de enfrentarlo no estará presente la exaltación y el placer que siente el guerrero, de que habla Calvino: “Nada gusta tanto a los hombres como tener enemigos y ver luego si son como se los han imaginado.” Y no estarán porque al campo de batalla estamos llegando derrotados.

La guerra contra el coronavirus significará una involución de la economía mundial. A tal punto, que muchos creen en el regreso a las economías agrícolas de subsistencia. Cierto o no, lejos, muy lejos está Colombia y la humanidad de regresar a la normalidad. La historia del coronavirus va para largo, las provisiones se agotan y el hambre llega… Y así, exhaustos, quizás, nos tocará luchar, en las guerras del hambre.

ANTES DEL FIN

La pandemia del coronavirus está dando al traste con tradiciones como la Semana Santa, la Navidad y con otras más cotidianas como los cumpleaños, el día de la madre… En fin, con todo lo que signifique estar reunidos. Y con otras, que ya venían en decadencia como la de las salas de velación y los funerales.

Invito a leer: ÁNIMAS SIN VELORIO https://eligiopalacio.com/2016/11/10/animas-sin-velorio/

LA CULPA EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

LA CULPA EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

Eligio Palacio Roldán

La culpa condena, la culpa libera. Entre estos dos extremos se mueve el ser humano. Por ella, muchos han llegado hasta el suicidio y otros al asesinato de cuerpos o almas. La culpa es la “imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta.”

El culparse a sí mismo es mirado con compasión, como un problema sicológico a resolver; el culpar a los demás casi siempre es bien visto, como valentía y es apoyado por las mayorías, por las masas. El culpar a los demás, al otro, tranquiliza y libera de la propia culpa y de la responsabilidad consigo mismo y con la sociedad.  Se culpa al otro de la pobreza, la infidelidad, la infelicidad, la enfermedad y los desastres cada vez menos naturales. Se endilgan normalmente las culpas a los padres, los jefes, a quien no nos amó, a los gobernantes y hasta a Dios.

Desde hace ya más de un año la humanidad enfrenta una pandemia que modificó la capacidad productiva, de movilización y hasta la forma del hombre estar en la tierra. Muy poco su forma de ser, desafortunadamente.

Poco sé del autocuidado en otras culturas, en los tiempos del coronavirus. Sé del nuestro y prácticamente no existe. Somos maleducados por naturaleza y nos encanta violar las normas; eso da cierta idea de éxito, de sobradez. El colombiano de por sí es inmaduro, pareciera tener la necesidad de alguien a su lado que lo vigile, lo controle, y eso en medio de una pandemia es un imposible y como es imposible pues entonces se violan las recomendaciones de las autoridades, se llenan los centros hospitalarios de enfermos y los hornos crematorios de muertos… Y, ¿adivinen quién es el culpable? Pues obvio: el gobierno.

El gobierno, en especial el nacional, pareciera ser el culpable de todo lo malo que pasa a nuestro alrededor y todo el esfuerzo que hace por sacarnos de la difícil situación que genera el COVID se queda en eso, en esfuerzo. Somos, también, malagradecidos.

Ningún padre, ningún jefe, ningún gobernante puede sacar adelante una tarea si no cuenta con el apoyo de los seres humanos de su entorno. Es el caso del presidente de Colombia, de todos los colombianos. Si queremos salir de la difícil situación en la que nos puso la pandemia debemos colaborar desde nuestra forma de estar en los espacios donde nos encontremos; esa forma de estar tiene que ver obviamente con la manera de ser, una manera de ser destructiva que solo trata de esconder sus falencias y debilidades culpando al otro.

Obviamente, la tendencia negativa de los colombianos y su manía de culpar al otro por sus propias desgracias es utilizado por los politiqueros de siempre para hacer una oposición que le genere réditos políticos y eso, para desgracias de todos, es lo que ocurre en el país.

ANTES DEL FIN

La cantidad de gente a la espera de ayudas del gobierno y la forma como la sociedad colombiana se dedica a criticar al presidente Duque me trae inevitablemente a la memoria, la imagen de las gentes de La Habana, Cuba. No hacer nada para sobrevivir y/o salir de la miseria y culpar de ello al régimen parece ser el horizonte.

Si algo no me gusta de ser jefe es tener que asumir, en algunas oportunidades, el papel de agente de la policía: estar vigilando lo que hacen mis colaboradores. No hay caso. Falta formación en ética; en los hogares y en las escuelas.