LA REINA

LA REINA
Eligio Palacio Roldán

El Viajero miró fijamente, por inmensos instantes, aquellos grandes ojos, a veces grises, a veces negros. Los miró extasiado como ayer, cuando la amó sin límites y sin esperanzas. Después descubrió sus hermosas cejas pinceladas, en medio de las arrugas que trataban de robarle la belleza.

La mujer se sintió nerviosa, palideció, mientras disimuladamente depositaba el pan en la vitrina. No era la primera vez que era sorprendida tratando de robar el alimento, muchas veces la había hecho en los últimos años desde cuando su tercer esposo, mucho menor que ella, la abandonó llevándose los restos de su fortuna.

La historia de esta mujer quizás inspiró la canción Oropel… “Si apuestas al amor, cuántas traiciones, cuántas tristezas, cuántos desengaños…”

El Viajero la recuerda en su juventud: altiva, orgullosa, incluso prepotente, pero cargada de dulzura.  Le parece verla, ahí, en la carroza, con aquel traje verde y su pelo negro caer libremente sobre su desnuda espalda, su intensa mirada devorándose el universo  y los fans rodeándola y gritando en coro: la reina, la reina, la reina…

Después varios matrimonios marcados por el misterio. Por la tragedia.

Llovía aún en esa mañana de abril cuando llegaron con la noticia: el esposo de La Reina había muerto. Murió electrocutado por un rayo, en medio de la tormenta,  junto a dos marranas de cría. Nunca se supo por qué su cuerpo apareció desnudo. Algunos dijeron que casi todas las noches amanecía por fuera de su casa, por fuera de su cama.

Varios años después, en la plaza del pueblo, cubierta por la neblina, los corrillos de gente comentaban los hechos de la noche que aún no terminaba. El segundo esposo de La Reina, estaba tendido en la calle, que conducía a El Altico, con tres disparos en su cuerpo. Había sido sorprendido, en la cama del vendedor de legumbres, aquella madrugada, cuando el hombre retornó a su casa para despedirse de su esposa.  Los vecinos escucharon los gritos de la mujer y vieron un hombre correr, desnudo por la calle, hasta que las balas detuvieron su carrera, para siempre.

Para siempre, también, se marchó  el tercer esposo de La Reina. Un día, montó su caballo y desapareció. Los habitantes de los alrededores del río, dijeron que al cruzar el puente lo esperaban una mujer muy joven y un carro que los llevo al pueblo vecino; las gentes, que llevaba un talego repleto de monedas de oro.

La reina desapareció por muchos años. Que había enloquecido, dijeron. Cuando regresó, su belleza ya estaba marchita. Vivía sola, en una pequeña casa que perteneció a su abuela, en las afueras del pueblo. En las tardes vestía su largo abrigo negro y su collar de perlas, testigos de años de esplendor, visitaba la iglesia y, luego, robaba algún pan para comer.

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