EL TERCER ESPOSO DE LA REINA

EL TERCER ESPOSO DE LA REINA
Eligio Palacio Roldán

Para siempre, también, se marchó  El  Tercer Esposo de La Reina. Un día, montó su caballo y desapareció. Los habitantes de los alrededores del río, dijeron que al cruzar el puente lo esperaban una mujer muy joven y un carro que los llevo al pueblo vecino; las gentes, que llevaba un talego repleto de monedas de oro.

El Tercer Esposo de la Reina no tenía la belleza de los anteriores. Ella tampoco, el tiempo y las tristezas habían dejado sus marcas en el hermoso rostro. También había perdido su altivez y el brillo de su mirada. Ahora lucía cabello corto, entrecano.  El hombre había llegado en Semana Santa, buscaba un terreno para construir  la primera fábrica de Lapario.

En el café de “Berto” Posada y en la pequeña plaza no se hablaba de otro tema: contaban de telares, de calderas para producir energía, alimentadas por carbón, de las tinturas que seguramente colorearían las aguas transparentes de la quebrada, de la contaminación del aire y hasta del negro futuro de las palomas por el humo. De las gentes que llegarían a trabajar en la empresa textil. Jorge dijo que esto era imposible: hasta ahora sólo el camión de “Fortuna” y el desvencijado bus de don Gustavo  recorrían la polvorienta carretera, ¿Cómo entonces iban a traer las gigantescas máquinas y como se transportarían las materias primas y los productos? Todos lo silbaron y le dijeron que “dejara de ser negativo”.

Fue el terreno donde murió El Primer Esposo de la Reina el escogido, para construir la fábrica, por este hombre que recordó,  a los más letrados, a algún personaje de Las Mil y Una Noches: sus grandes ojos negros, sus pobladas cejas, sus largas pestañas y la sombra de su barba y su frondoso cabello provocaron especulaciones.

Fue así como se selló entre el hombre y la mujer un pacto de negocios que pronto sería  de amor, recuerda El Viajero. Y fue en la navidad, de ese  año, cuando se casaron con la misma ostentación y despertando igual curiosidad de los matrimonios anteriores de La Reina. Incluso, los almacenes cerraron sus puertas a pesar de ser el mejor día para las ventas, por la llegada del niño Dios.

Jorge habló nuevamente para advertir como La Reina vendía sus propiedades para invertir en la fábrica y como todas las gentes entregaban sus ahorros, de toda la vida, al hombre. Las familias venidas a menos vendieron sus joyas.  Nadie se quería quedar por fuera del “futuro” del pueblo. Como “ave de mal agüero2 lo calificó el cura,

Que era necesario esperar que la moderna maquinaria llegara al puerto, decía El Tercer Esposo de la Reina, para comenzar la construcción de la fábrica. No obstante, algunos meses después de su llegada, contrató una cuadrilla de trabajadores que limpiaron el terreno.

La Reina no entendió nunca porque su esposo no quería concebir un hijo. Alguna vez lo descubrió, nervioso, tratando de esconder una carta. La buscó por todos los rincones de la casa hasta que, en el zarzo, encontró, no una, si no, varias cartas de amor. También un talego repleto de monedas de oro.

Y La Reina fue encontrada allí, en el zarzo. Amarrada, a punto de morir de inanición, varios días después.

EL SEGUNDO ESPOSO DE LA REINA

EL SEGUNDO ESPOSO DE LA REINA
Eligio Palacio Roldán

Varios años después, en la plaza del pueblo, cubierta por la neblina, los corrillos de gente comentaban los hechos de la noche que aún no terminaba. El segundo esposo de La Reina, estaba tendido en la calle, que conducía a El Altico, con tres disparos en su cuerpo. Había sido sorprendido, en la cama del vendedor de legumbres, aquella madrugada, cuando el hombre retornó a su casa para despedirse de su esposa. Los vecinos escucharon los gritos de la mujer y vieron un hombre correr, desnudo por la calle, hasta que las balas detuvieron su carrera, para siempre.

Las mujeres, y algunos hombres, del pueblo quedaron deslumbrados ante la belleza de El Segundo Esposo de la Reina, aquella mañana de un martes de abril, cuando llegaron de la su luna de miel,  de San Andrés, una isla en el Caribe que solo se conocía en los libros de geografía. Alto, de tez blanca que resaltaba la marcación de la sombra de una barba espesa, negra y unos ojos, también negros, cargados de sensualidad y magnetismo. Ese día todas las amigas de la Reina, y muchas que no lo eran, desfilaron por la casa de los recién casados para ver los cristales traídos por la pareja y, obvio, al recién llegado.

Entre miradas y sonrojos El Segundo Esposo de la Reina, un abogado proveniente de la capital del país,  deslumbró a los habitantes del pueblo por sus modales, su cultura, su buen gusto y, sobre todo, su cuerpo atlético y su belleza.

Muchos viejos recuerdan, aún, la inmensa asistencia al paseo al río donde ver a La Reina y su esposo, en traje de baño, fue el acontecimiento que generó comentarios por varios meses. Entre ellos, ¿Cómo hacía la mujer para fingir indiferencia ante el asedio hacia su esposo y las respuestas de él ante tanto halago? Muchos dicen que entre ellos nunca hubo nada, que La Reina lo tenía a su lado solo para reivindicarse ante el pueblo por lo sucedido con su primer esposo; otros afirman haber escuchado decir, a la mujer, que no importaba que él tuviera amantes, que ella siempre sería su esposa ante Dios y ante los hombres.

El Viajero recuerda que en Lapario la gente no sabía muy bien para que servía un abogado, pero con la llegada de El Segundo Esposo de la Reina los viejos litigios salieron a flote y el hombre no dio abasto a tanto trabajo. Dicen que en su oficina no solo se esclarecían las rencillas sino que se resolvían o se ampliaban traumas sexuales de muchas mujeres y varios hombres. Entre ellos, los celos enfermizos de El Vendedor de Legumbres y su hermosa esposa.  Muchos dijeron que era preferible una cárcel a la vida de encierro y represión a la que estaba sometida la mujer, que incluso, además de la violencia sicológica, era golpeada frecuentemente por el marido.

El Vendedor de Legumbres la había cuidado desde niña y una vez casados le controlaba todos sus movimientos, sus amistades, sus palabras. Permanecía a su lado todo el tiempo. Bueno,  la dejaba sola  los días en que tenía que viajar en las madrugadas, a la ciudad, a comprar las verduras.

EL PRIMER ESPOSO DE LA REINA

EL PRIMER ESPOSO DE LA REINA
Eligio Palacio Roldán

Sus grandes ojos claros, poblados de negras y crespas pestañas se cruzaron, esa tarde, también de abril, con los grises, a veces negros, de La Reina. Fueron ellos los que lo enamoraron, le traían a la memoria un placer y una vergüenza.

De niño, la mayor parte de su tiempo lo distribuía entre el cuidado de los cerdos y la escuela. Su madre lo miraba todas las tardes, algo enfadada, cuando tiraba su valija a un lado y corría, casi sin ingerir alimentos, hacia las porquerizas. Allí pasaba largos momentos.

Alguna vez dijo, al hablar del amor por los animales, que amaba tanto los porcinos que, incluso, en alguna ocasión, los había besado. Desde entonces, despertó curiosidad, cuchicheos y burlas.

La Reina lo sintió nervioso, vacilante. Lo vio sonrojarse con el primer beso. Ella lo conquistó.

Eran tan hermosos que, muchos de los pocos turistas, que llegaban al pueblo, preguntaban por ellos. Los más osados les pedían posar para una fotografía.

Aún se recuerda el primer matrimonio de La Reina: Por las empinadas calles corrían las gentes, muchas si saber que pasaba. En la iglesia no cupo tanta gente. Alguien dijo que solo ese día se vieron tantos laparianos bien vestidos y que los murmullos, en muchos momentos, acallaron la voz del sacerdote.

Al salir de la iglesia los novios fueron recibidos por un torrencial aguacero. Las Palacio contaban que la lluvia, en ese día, era presagio de mala suerte. Los pétalos de las flores, con que iba decorada la carroza de La Reina, se mezclaron con los arroyos que corrieron por la pequeña plaza del pueblo.

A la media noche se vio una sombra de hombre correr hacia la porqueriza y tras de ella otra sombra, de mujer. En el pueblo se dijo que allí pasaron juntos, la luna de miel,  La Reina y su esposo, en aquella noche de luna llena.

Después se percibieron apenados.

La Reina, antes radiante, feliz, se le vio pálida, taciturna, apesadumbrada. Perdió peso y el brillo de su mirada.

Un día, El Esposo de La Reina, salió furioso de la casa de su madre. Su hermano mayor le dijo que él no era suficientemente hombre para preñar a su mujer. Nunca tuvieron hijos.

Después La Reina tomó las riendas… En dos años eran los empresarios más prósperos de la región.

Se habló de sus viajes por el mundo, de las joyas y las porcelanas que trajeron de Europa, de las ropas que lucían. De las suntuosas fiestas, a las que muchos quisieron asistir.

Llovía aún en esa mañana de abril cuando llegaron con la noticia: El Esposo de La Reina había muerto. Murió electrocutado por un rayo, en medio de la tormenta,  junto a dos marranas de cría. Nunca se supo por qué su cuerpo apareció desnudo. Algunos dijeron que casi todas las noches amanecía por fuera de su casa, por fuera de su cama.

LA REINA

LA REINA
Eligio Palacio Roldán

El Viajero miró fijamente, por inmensos instantes, aquellos grandes ojos, a veces grises, a veces negros. Los miró extasiado como ayer, cuando la amó sin límites y sin esperanzas. Después descubrió sus hermosas cejas pinceladas, en medio de las arrugas que trataban de robarle la belleza.

La mujer se sintió nerviosa, palideció, mientras disimuladamente depositaba el pan en la vitrina. No era la primera vez que era sorprendida tratando de robar el alimento, muchas veces la había hecho en los últimos años desde cuando su tercer esposo, mucho menor que ella, la abandonó llevándose los restos de su fortuna.

La historia de esta mujer quizás inspiró la canción Oropel… “Si apuestas al amor, cuántas traiciones, cuántas tristezas, cuántos desengaños…”

El Viajero la recuerda en su juventud: altiva, orgullosa, incluso prepotente, pero cargada de dulzura.  Le parece verla, ahí, en la carroza, con aquel traje verde y su pelo negro caer libremente sobre su desnuda espalda, su intensa mirada devorándose el universo  y los fans rodeándola y gritando en coro: la reina, la reina, la reina…

Después varios matrimonios marcados por el misterio. Por la tragedia.

Llovía aún en esa mañana de abril cuando llegaron con la noticia: el esposo de La Reina había muerto. Murió electrocutado por un rayo, en medio de la tormenta,  junto a dos marranas de cría. Nunca se supo por qué su cuerpo apareció desnudo. Algunos dijeron que casi todas las noches amanecía por fuera de su casa, por fuera de su cama.

Varios años después, en la plaza del pueblo, cubierta por la neblina, los corrillos de gente comentaban los hechos de la noche que aún no terminaba. El segundo esposo de La Reina, estaba tendido en la calle, que conducía a El Altico, con tres disparos en su cuerpo. Había sido sorprendido, en la cama del vendedor de legumbres, aquella madrugada, cuando el hombre retornó a su casa para despedirse de su esposa.  Los vecinos escucharon los gritos de la mujer y vieron un hombre correr, desnudo por la calle, hasta que las balas detuvieron su carrera, para siempre.

Para siempre, también, se marchó  el tercer esposo de La Reina. Un día, montó su caballo y desapareció. Los habitantes de los alrededores del río, dijeron que al cruzar el puente lo esperaban una mujer muy joven y un carro que los llevo al pueblo vecino; las gentes, que llevaba un talego repleto de monedas de oro.

La reina desapareció por muchos años. Que había enloquecido, dijeron. Cuando regresó, su belleza ya estaba marchita. Vivía sola, en una pequeña casa que perteneció a su abuela, en las afueras del pueblo. En las tardes vestía su largo abrigo negro y su collar de perlas, testigos de años de esplendor, visitaba la iglesia y, luego, robaba algún pan para comer.