EL SEGUNDO ESPOSO DE LA REINA

EL SEGUNDO ESPOSO DE LA REINA
Eligio Palacio Roldán

Varios años después, en la plaza del pueblo, cubierta por la neblina, los corrillos de gente comentaban los hechos de la noche que aún no terminaba. El segundo esposo de La Reina, estaba tendido en la calle, que conducía a El Altico, con tres disparos en su cuerpo. Había sido sorprendido, en la cama del vendedor de legumbres, aquella madrugada, cuando el hombre retornó a su casa para despedirse de su esposa. Los vecinos escucharon los gritos de la mujer y vieron un hombre correr, desnudo por la calle, hasta que las balas detuvieron su carrera, para siempre.

Las mujeres, y algunos hombres, del pueblo quedaron deslumbrados ante la belleza de El Segundo Esposo de la Reina, aquella mañana de un martes de abril, cuando llegaron de la su luna de miel,  de San Andrés, una isla en el Caribe que solo se conocía en los libros de geografía. Alto, de tez blanca que resaltaba la marcación de la sombra de una barba espesa, negra y unos ojos, también negros, cargados de sensualidad y magnetismo. Ese día todas las amigas de la Reina, y muchas que no lo eran, desfilaron por la casa de los recién casados para ver los cristales traídos por la pareja y, obvio, al recién llegado.

Entre miradas y sonrojos El Segundo Esposo de la Reina, un abogado proveniente de la capital del país,  deslumbró a los habitantes del pueblo por sus modales, su cultura, su buen gusto y, sobre todo, su cuerpo atlético y su belleza.

Muchos viejos recuerdan, aún, la inmensa asistencia al paseo al río donde ver a La Reina y su esposo, en traje de baño, fue el acontecimiento que generó comentarios por varios meses. Entre ellos, ¿Cómo hacía la mujer para fingir indiferencia ante el asedio hacia su esposo y las respuestas de él ante tanto halago? Muchos dicen que entre ellos nunca hubo nada, que La Reina lo tenía a su lado solo para reivindicarse ante el pueblo por lo sucedido con su primer esposo; otros afirman haber escuchado decir, a la mujer, que no importaba que él tuviera amantes, que ella siempre sería su esposa ante Dios y ante los hombres.

El Viajero recuerda que en Lapario la gente no sabía muy bien para que servía un abogado, pero con la llegada de El Segundo Esposo de la Reina los viejos litigios salieron a flote y el hombre no dio abasto a tanto trabajo. Dicen que en su oficina no solo se esclarecían las rencillas sino que se resolvían o se ampliaban traumas sexuales de muchas mujeres y varios hombres. Entre ellos, los celos enfermizos de El Vendedor de Legumbres y su hermosa esposa.  Muchos dijeron que era preferible una cárcel a la vida de encierro y represión a la que estaba sometida la mujer, que incluso, además de la violencia sicológica, era golpeada frecuentemente por el marido.

El Vendedor de Legumbres la había cuidado desde niña y una vez casados le controlaba todos sus movimientos, sus amistades, sus palabras. Permanecía a su lado todo el tiempo. Bueno,  la dejaba sola  los días en que tenía que viajar en las madrugadas, a la ciudad, a comprar las verduras.

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