EL TRASTEO

EL TRASTEO

Eligio Palacio Roldán

Siempre quiso cambiar de casa, pero no de esa manera. Lo había hecho de afán, no recordaba muy bien por qué; quizás fue la guerra, una tragedia anunciada que se cernía sobre la zona que habitaba, una amenaza, su locura o el desamparo que produce la enfermedad y la vejez. Lo cierto es que allí abajo estaba el vehículo que lo llevaría a esa nueva vida y él no estaba preparado para marcharse.

Como pudo recogió parte de sus cosas, las que primero vio o las que más le dolían. No todas, muchas se quedaron esparcidas por el piso o guardadas en lugares que ni recordaba. El descenso fue difícil, las piernas no le respondían y desde el vehículo lo acosaban. No había tiempo, era necesario marcharse ya.

Recorrió pequeños montículos que se le antojaron montañas. En el momento de subir al carro, donde dos pares de ojos fríos y despiadados lo esperaban, vio en la parte más alta de su jardín la caja que contenía sus libros, como pudo se arrastró hasta allí enfrentando el peso de su cuerpo y la presión que le hacían desde el vehículo. A punto de alcanzarlos rodó cuesta abajo y solo despertó a la entrada de su nueva casa.  Allí no había lugar para él, aunque sabía tenía parte en ella. Le tocó alojarse en la buhardilla, pero su peso, ese peso que le dificultaba el movimiento no le permitió alcanzarla.

Y VA LLEGANDO LA NOCHE…

Y VA LLEGANDO LA NOCHE…

Eligio Palacio Roldán

Uno de los espectáculos más hermosos y melancólicos que ofrece la naturaleza es el atardecer, la fusión entre luces y sombras genera contrastes de colores inimaginables y difíciles de ser capturados por el ojo humano o una cámara fotográfica. El atardecer se asemeja a la vejez como preámbulo de la muerte, de hecho, la noche es la muerte del día para dar paso a un nuevo nacer. Quizás, las religiones se inspiraron en la belleza de atardeceres y amaneceres para fundamentar las teorías de la reencarnación o la resurrección.

La vejez no siempre es tan hermosa como el atardecer, pero sí igual de melancólica. Está cargada de nostalgias por los logros alcanzados, tristezas por lo que se quedó en anhelos y temores por la llegada de la noche, la tenebrosa noche.

Mientras, gracias a los avances en el manejo de la salud humana, la estética y las comunicaciones, la juventud se adelanta a pasos agigantados la vejez se retrasa cada vez más; no obstante, llega porque llega con los problemas de deterioro físico y mental y una inminente soledad. Estas aristas son las bases sobre las que se afianzan industria, turismo y construcción dedicados a este sector de la población denominado eufemísticamente como Adultos Mayores.

Los adultos mayores crecen peligrosamente en el todo el mundo generando problemas a los estados para mantener los esquemas de jubilación y por ende de manutención de este sector. En la misma medida la necesidad de gente capacitada para el cuidado de esta población que en países desarrollados genera la inmigración de jóvenes del tercer mundo y en las naciones pobres problemas aún más complejos. En Colombia, a la par que se incrementan los sitios para albergar a las gentes en su “años dorados” bastante buenos para quien tiene capacidad económica para acceder a ellos, se generan problemas cada vez mayores en los asilos generalmente de propiedad, directa o indirecta, de las parroquias católicas.

El envejecimiento de la población es otro de los problemas aplazados indefinidamente en nuestro país y que en cualquier momento saldrá a la palestra a hacer sus estragos. Por lo pronto, este grupo poblacional permanece ahí silencioso, quizás en algún momento se haga visible en escenarios como la política y sea decisorio como por ejemplo en España.

El martes de esta semana me sorprendí con la cantidad de gente en un restaurante que visité, el día de la semana poco comercial, el tráfico pesado y la lluvia no fueron impedimento para que los clientes llegaran hasta allí. Una gran amiga me dijo que la pandemia del coronavirus había servido para entender que el final puede ser en cualquier momento y que no había que aplazar los instantes para disfrutar. ¡De acuerdo! Pero tal vez vamos a caer en una nueva etapa de la humanidad de derroche de recursos y de ausencia de ahorro, de gasto de dinero ahora no en lujos innecesarios pero si en turismo y diversión y cuando llegue la treintañez, como cantaran Ana y Jaime, ya no se ahorrará para la vejez y las sociedades de adultos mayores del próximo futuro y los estados que las contienen tendrán una crisis inimaginable.

El tiempo pasa y se nos va la vida…

ANTES DEL FIN

Entramos en etapa preelectoral, le va llegando la noche al gobierno Duque.

La llegada de Alejandro Gaviria a la contienda electoral junto a la de Juan Carlos Echeverry generan optimismo en Colombia. Hay de donde escoger.

Puede ver Y VA LLEGANDO LA NOCHE… https://eligiopalacio.com/2013/09/27/y-va-llegando-la-noche/

DARIO CARDONA ALVAREZ – 82 AÑOS DESPUÉS

DARIO CARDONA ALVAREZ – 82 AÑOS DESPUÉS

  • Hago ejercicio todos los días, desde antes de las 5 de la mañana
  • Me dedico a vivir de balde
  • He tenido negocios de trago y comercio, toda la vida
  • Soy de Ituango, pueblo guerrillero
  • No soy de izquierda. Yo no soy del lado de Petro, sino Uribista
  • Tuve bares de 120 mujeres, cuando a los hombres le gustaban las mujeres
  • Todos los negocios a la hora de la verdad son mentiras
  • Dos hijos se hicieron matar. Eran necios
  • En este momento no me duele nada
  • A mí no me gusta ser viejo, no vivo contento viejo… porque el viejo no sirve pa nada…
  • El tipo que se amañe viejo es que es guebón
  • Que hagan ejercicio. El ejercicio es muy bueno
  • No hay que molestar a nadie, pa no tener problemas

EL FINAL

EL FINAL

Eligio Palacio Roldán

La vida es una lucha permanente llena de altibajos y el final… el final casi siempre es bien triste.

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Cientos de fotografías, color sepia, se vieron esparcidas por las escalas del elegante edificio. Mostraban la historia de una mujer hermosa y feliz desde la infancia. Su primera comunión, los 15 años, el matrimonio, su pareja, sus hijos, la vida de sus hijos, y muchos familiares. Algunos de los vecinos las miraron con tristeza, otros comentaron sobre el ingrato final de la mujer y todos las fueron depositando en los basureros, dispuestos en los pasillos. “Se la llevaron engañada a visitar supuestamente una hija, que ya había fallecido y tiraron al piso lo que más quería: sus fotos”, contó la señora del aseo. Murió en un asilo después de unos siete, difíciles, años, a causa de la enfermedad de Alzheimer.

En los cuentos infantiles después de una vida llena de dificultades se llegaba siempre a un final feliz. Lo mismo nos contaron casi todas las historias escritas, las llevadas al cine y las que transmitieron la radio en su época y luego la televisión. Esos relatos  no hablaron de lo que pasó después de ese momento de éxtasis y nos hicieron creer que todo concluía en felicidad. Pero la vida no es así.

La vida es una lucha permanente llena de altibajos y el final… el final casi siempre es bien triste. Además del deterioro físico y mental, de los dolores que genera la enfermedad, son frecuentes, en todo el mundo, las historias de ancianos muertos en el abandono e incluso a la intemperie.

Pasar los últimos años de vida solo y desamparado es la preocupación de muchos. Por ello la gente se escuda en una pareja aunque solo le brinde malestar y agresión, pero es “que la soledad es dura”, dicen. Por ello también se compra compañía y lealtad.

La evolución de la sociedad, y en especial la integración de la mujer a la fuerza laboral, ha generado que alrededor de la infancia y la vejez se presenten problemas de asistencia física y afectiva. En consecuencia, es cada vez más frecuente el surgimiento de entidades dedicadas al cuidado de unos y otros que, de alguna manera, brindan mejor calidad de vida en esos años de la existencia. No obstante, estas facilidades, el final no deja de ser triste para casi todos los humanos. De ahí que ya pasaron de moda las oraciones que imploraban nos libraran de una muerte repentina.

El final, es sinónimo de desprendimiento casi siempre a la fuerza: se van los seres queridos por muerte o porque simplemente es muy difícil, e incluso injusto,  sacrificar la existencia por el cuidado de un enfermo o un anciano. Y a la hora de enfrentar esa situación muchos salen huyendo o encontrando formas de eludir su responsabilidad. Alguna vez, una mujer desesperada, al borde del llanto, contaba como el estado de salud de su suegra había “hecho trizas” su matrimonio, ante las dificultades que generó su cuidado.

Ese ser, ese ser que está apagando su existencia, que está llegando a su final,  no puede sentir, si está en capacidad de hacerlo, otra cosa que el dolor que genera la ingratitud o ver, si tiene dinero, los ojos de la codicia a su alrededor e incluso percibir el deseo por su propia muerte, en la mirada del Otro. De ahí que resulten comprensibles las donaciones, de grandes fortunas, a entidades sin ánimo de lucro.

La sociedad de hoy se mueve alrededor del goce, del disfrute sin responsabilidad. Por ello, por ejemplo, en una fiesta familiar sobran los asistentes, en especial si hay comida y licor gratis, pero a la hora de cuidar un anciano o un enfermo nadie aparece.

ANTES DEL FIN

Las fotografías no relatan la vida, muestran solo las alegrías de la existencia.

Hablando de finales y novelas, lamentable que fuese cierto el recorte del seriado  “La Nocturna” quizás la mejor y más edificante producción de la televisión colombiana en su historia. Y muy triste y grave que sea para darle cabida a lo peorcito de la misma industria: Sin Tetas si hay Paraíso.

Puede ver LA NOCTURNA, LA TELENOVELA DEBIDA https://eligiopalacio.com/2017/07/11/la-nocturna-la-telenovela-debida/

DETRÁS DEL ESCENARIO

DETRÁS DEL ESCENARIO
Eligio Palacio Roldán

Adelante tres mil, cuatro mil personas, quizás seis mil, ojalá diez mil. La verdad, sólo unas quinientas gritando, aplaudiendo, esperando con ansiedad la llegada de la estrella que, detrás del escenario, hace frente al pánico escénico de siempre, a una vejez que le roba la vida. Y no solo la vida, también la voz, esa que ha sido su herramienta de trabajo por tantos años.

Y se ve allí tan indefenso, tan huérfano, tan temeroso frente al monstruo del público que aplaude hasta rabiar o condena sin compasión. Le es difícil mantenerse erguido. Una mujer mucho más joven que él  lo alienta, le dice que confíe en él y en Dios que lo ha acompañado, siempre, en los tiempos cercanos al olvido. Luego, en el escenario, el hombre se transforma, se crece. Se le ve imponente, muy lejos de sus grandes pequeñas miserias.

El Viajero recuerda a Vicente, en una escena similar, con el ser que le marcó la vida, hace muchos años. Allá abajo, en los camerinos del pequeño Teatro, muy joven, besaba y acariciaba a la mujer, ya entrada en años, tratando de animarla. Ella vestida con su traje favorito, el andaluz, nerviosa, sudorosa, desgastada, arrugada. El, a sus catorce años, esperando alcanzar sus sueños, sueños fabricados por ella y  representados en el teatro por un grupo de actores, encabezados por su amada.

Y después, en el cuarto de la mujer, descubriendo su sexualidad. Una sexualidad que más tarde sería su dolor de cabeza.

Vicente la acompañó siempre. La vio languidecer, terminar de marchitarse, sufrir calladamente. Alguna vez le descubrió una lágrima en las mejillas, cuando tuvo que renunciar a los escenarios para siempre. Ese día empacó sus pertenencias en una docena de baúles: trajes andaluces, campesinos, españoles,  ingleses,  polacos… Tantos como personajes desfilaron por más de un centenar de obras de teatro. En seis mulas los llevó hasta la playa del río donde les prendió fuego. Dicen que el humo, de colores, se vio desde los pueblos vecinos y que terminó por afectar sus débiles pulmones. A los pocos días murió.

En el sepelio de la mujer se escuchó alguna poesía, acompañada de un desgarre de guitarras y un bandoneón. También le prodigaron los últimos aplausos.

La mujer transformó  a Vicente de niño a personaje, un personaje que creó para él, diseño para él. Le impuso un corte de cabello, una forma de vestir, de caminar, de hablar, de relacionarse. Muchos dijeron que parecía español, otros que francés y otros más que inglés. En fin, alguien muy diferente a los hombres de su pueblo. Alguna adivina le dijo, leyendo su mano y tratando de curarlo de sus continuos dolores de cabeza, que él había muerto desde el día en que amó a la actriz, en su adolescencia.

Vicente pasó el resto de su vida detrás de los escenarios, en los camerinos, maquillando y vistiendo artistas, convirtiéndolos en personajes, ocultándoles sus complejos y miserias. Cuando atendía uno de edad avanzada, la nostalgia se apoderaba de sus ser. En la oscuridad lloraba.

Quienes lo veían caminar por la calle: erguido, elegante, desafiante, no alcanzaron a descubrir la terrible realidad que ocultaba: su imposibilidad de desprenderse del personaje que fabricó para él, la actriz que le enseñó a amar. Bueno, lograba hacerlo solo por algunos minutos, desnudo, frente a cientos de espejos que le reflejaron su imagen.