DETRÁS DEL ESCENARIO

DETRÁS DEL ESCENARIO
Eligio Palacio Roldán

Adelante tres mil, cuatro mil personas, quizás seis mil, ojalá diez mil. La verdad, sólo unas quinientas gritando, aplaudiendo, esperando con ansiedad la llegada de la estrella que, detrás del escenario, hace frente al pánico escénico de siempre, a una vejez que le roba la vida. Y no solo la vida, también la voz, esa que ha sido su herramienta de trabajo por tantos años.

Y se ve allí tan indefenso, tan huérfano, tan temeroso frente al monstruo del público que aplaude hasta rabiar o condena sin compasión. Le es difícil mantenerse erguido. Una mujer mucho más joven que él  lo alienta, le dice que confíe en él y en Dios que lo ha acompañado, siempre, en los tiempos cercanos al olvido. Luego, en el escenario, el hombre se transforma, se crece. Se le ve imponente, muy lejos de sus grandes pequeñas miserias.

El Viajero recuerda a Vicente, en una escena similar, con el ser que le marcó la vida, hace muchos años. Allá abajo, en los camerinos del pequeño Teatro, muy joven, besaba y acariciaba a la mujer, ya entrada en años, tratando de animarla. Ella vestida con su traje favorito, el andaluz, nerviosa, sudorosa, desgastada, arrugada. El, a sus catorce años, esperando alcanzar sus sueños, sueños fabricados por ella y  representados en el teatro por un grupo de actores, encabezados por su amada.

Y después, en el cuarto de la mujer, descubriendo su sexualidad. Una sexualidad que más tarde sería su dolor de cabeza.

Vicente la acompañó siempre. La vio languidecer, terminar de marchitarse, sufrir calladamente. Alguna vez le descubrió una lágrima en las mejillas, cuando tuvo que renunciar a los escenarios para siempre. Ese día empacó sus pertenencias en una docena de baúles: trajes andaluces, campesinos, españoles,  ingleses,  polacos… Tantos como personajes desfilaron por más de un centenar de obras de teatro. En seis mulas los llevó hasta la playa del río donde les prendió fuego. Dicen que el humo, de colores, se vio desde los pueblos vecinos y que terminó por afectar sus débiles pulmones. A los pocos días murió.

En el sepelio de la mujer se escuchó alguna poesía, acompañada de un desgarre de guitarras y un bandoneón. También le prodigaron los últimos aplausos.

La mujer transformó  a Vicente de niño a personaje, un personaje que creó para él, diseño para él. Le impuso un corte de cabello, una forma de vestir, de caminar, de hablar, de relacionarse. Muchos dijeron que parecía español, otros que francés y otros más que inglés. En fin, alguien muy diferente a los hombres de su pueblo. Alguna adivina le dijo, leyendo su mano y tratando de curarlo de sus continuos dolores de cabeza, que él había muerto desde el día en que amó a la actriz, en su adolescencia.

Vicente pasó el resto de su vida detrás de los escenarios, en los camerinos, maquillando y vistiendo artistas, convirtiéndolos en personajes, ocultándoles sus complejos y miserias. Cuando atendía uno de edad avanzada, la nostalgia se apoderaba de sus ser. En la oscuridad lloraba.

Quienes lo veían caminar por la calle: erguido, elegante, desafiante, no alcanzaron a descubrir la terrible realidad que ocultaba: su imposibilidad de desprenderse del personaje que fabricó para él, la actriz que le enseñó a amar. Bueno, lograba hacerlo solo por algunos minutos, desnudo, frente a cientos de espejos que le reflejaron su imagen.

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