UNA NAVIDAD

UNA NAVIDAD
Eligio Palacio Roldán

El Viajero continúa recorriendo los parajes del recuerdo. A su memoria llega un día cargado de ansiedad, azul cielo e intenso sol; olor a musgo, cal y cola; cardos florecidos de amarillo y rojo.

Le parece ver a su madre, a escondidas compartiendo algún secreto con sus hermanas. Idas y venidas al pueblo, la leche recogida para el queso, la natilla y los buñuelos. Era Navidad.

Entona un viejo comercial de radio que le eriza la piel y el alma:

“De año nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes, formula votos fervientes de paz y prosperidad
De año nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes, formula votos fervientes de paz y prosperidad”

El hombre posa su mirada en la casa abandonada; ya no se escuchan las voces de otros días, ni el sonido del agua correr por la acequia, ni las gallinas con su escandaloso cacareo; ni siquiera los murmullos.

Y, sin embargo, vuelve a sentir su corazón latir a prisa como ayer. En ese entonces, no veía la hora de que apareciera en el firmamento la redonda luna, que se iba poniendo cada vez más amarilla, con la llegada de las sombras. Después el frío intenso y la neblina que lo cubría todo de blanco azulado. Y un pequeño nido para el regalo que le dejaría el niño Dios, en un rincón de la cama compartida con tres o cuatro de sus hermanos. No lo recuerda.

La melancolía se visibiliza en una tenue sonrisa que aparece en el Rostro ajado de El Viajero. Respira profundo, tan profundo como puede hacerlo un ser, con un nudo atravesado en la garganta.

Recuerda el fuego del fogón de leña que acompañó su fría infancia; de él tampoco quedan siquiera cenizas.

Acurrucada, una lechuza trata de mirarlo somnolienta.

El viajero mueve la cabeza como tratando de borrar un tablero lleno de tristes recuerdos. Vuelve a la Navidad, el tiempo más feliz de su existencia.

Aquella noche rezaron la novena del niño Dios a eso de las seis de la tarde, corearon los villancicos e hicieron sonar cascabeles improvisados con tapas de gaseosa, recogidas en las heladerías del pueblo.

A las 7:30 de la noche todo era suspenso. El Viajero tendría unos seis años. Jugaba con sus manos al viento, en la oscuridad de la noche cuando sintió el sonido de un paquete que era depositado en el rincón de su cama.

Y, por un instante, atrapó el brazo del Niño Jesús.

– Prendan la luz, gritaba desesperado; mientras “El Niño Jesús” hacía esfuerzos por soltarse.

En la habitación se escucharon fuertes carcajadas y un llanto dolorido.

Había perdido la oportunidad de su existencia: ver, tocar, sentir y disfrutar la presencia del Niño Dios.

El Viajero vuelve al presente; sonríe de nuevo. Esta fue una de las historias imposibles de su vida; quizás la primera sobre la que tuvo conciencia; pero no la última, ni las más dolorosa.

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