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MISERIAS AL SOL

MISERIAS AL SOL

Eligio Palacio Roldán

Este domingo tomé y publiqué, en el facebook, esta fotografía de un costado de la plaza principal de Entrerríos – Antioquia, un pequeño pueblo al norte de Medellín. Me llamó la atención que en uno de sus balcones se secaba la ropa, quizás agobiados por el invierno y por el tamaño cada vez más pequeño de los apartamentos; además me pareció de mal gusto. De inmediato se armó una polémica que incluyó, también, insultos.

https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10210751371354098&set=a.2443833448915.2126191.1044237866&type=3&theater

La edificación, de propiedad de gentes con un poder adquisitivo importante, nos lleva a plantearnos algunas inquietudes,  sobre el devenir de la existencia, en estos tiempos de la aldea global. La primera es,  por qué se presenta la tendencia de construir en espacios reducidos, edificaciones de varios pisos, en pueblos donde lo que hay es espacio. Hay una especie de “envidia” de vivir como se vive en la ciudad. ¡Vaya paradoja!: Los que vivimos en la ciudad anhelamos la amplitud de las casas de los pueblos. También, se presenta cierto desprecio por el pasado, quizás de pobreza, que arrasa con la arquitectura y las costumbres de antaño. Una ambición por lo urbano, por lo suntuoso, por lo “traqueto”. Este estilo se ve con mayor frecuencia en los países subdesarrollados, con ausencia de planificación de las poblaciones.

La segunda está enfocada en la tendencia de las gentes del siglo XXI para exhibir su intimidad, en una especie de regreso al primitivismo, y de la libertad sin restricciones.

Decían algunas de las críticas, a la publicación de la fotografía, que se trataba de periodismo amarillista y que se ocultaban situaciones más vergonzosas. Indagando, sobre el asunto, me plantearon que hacían referencia a la presencia de al menos dos prostíbulos a escasos 50 metros de la iglesia y del edificio fotografiado, es decir, en el marco de la plaza. Y es que en ese pequeño pueblo la prostitución dejo de ser un tabú, incluso se muestra con una mezcla de humor y orgullo. También se hace con la infidelidad, el maltrato de la pareja y de los niños y las peleas callejeras, que parecieran íntimas, en medio del público. Hay una especie de placer por sacar las pequeñas grandes miserias del ser humano al sol. Y en ese caso, la ropa en el balcón es un símbolo del comportamiento actual de nuestra sociedad.

Las miserias humanas se exhiben, también, a diario, en los medios de comunicación como periódicos y noticieros de radio y televisión y que no decir de las redes sociales, donde al igual que talento, creatividad, solidaridad y alegría por vivir, se muestra la degradación del ser humano.

Se trata de la desaparición de la intimidad, intimidad definida como “Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia”; desaparición enmarcada por el placer que produce el exhibicionismo. Digamos entonces que estamos en la época del exhibicionismo desafiante, insultante; en la época en que el otro no se tiene en cuenta, no se respeta. No importa. En el tiempo del individualismo donde solo importo yo, así se jodan los demás. De ahí las ropas en el balcón, las miserias al sol.

También, obvio, las miserias al sol tienen su encanto para los voyeristas; así se explica el éxito de los medios que las publican.

ANTES DEL FIN

Subir la fotografía en el facebook pretendía una reflexión sobre el concepto de la estética, que también se va perdiendo.

La libertad no implica falta de control y menos de autocontrol.

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LA VENEZOLANIZACIÓN DE LA ECONOMIA COLOMBIANA

LA VENEZOLANIZACIÓN DE LA ECONOMIA COLOMBIANA
Eligio Palacio Roldán

En Medellín hay cada vez más desempleo o subempleo, incluido el narcotráfico y la prostitución. Cierta estabilidad del agro, afianzada en el sector lechero, parece desmoronarse.

Miércoles 27 de febrero de 2013

Bogotá- Ayer el Banco de la República publicó los resultados del comportamiento de la economía para el cuarto trimestre del 2012. Las cifras arrojaron un crecimiento de 5,6% respecto al 2011, pero dicho avance está sustentado en el comercio y las importaciones pues la industria nacional se debilita y apenas avanza 1,8% en el año.

El Producto Interno Bruto (PIB) de la manufactura arrojó para el IV trimestre del 2012 un crecimiento ligero de apenas 1,1%. El dato demuestra una desaceleración en el sector, pues en el III trimestre el avance fue de 2,9%; mientras que cuando se toma en cuenta el total del 2011 la manufactura experimentó un crecimiento de 3,8%.

Para los economistas las estadísticas son una muestra de la desindustrialización de Colombia. “Hay una evidente pérdida de peso de la manufactura en la economía, una desindustrialización relativa en el país”, comentaron los analistas.

Agregaron que este es un mal en las economías que crecen a través de las exportaciones de commodities, que con el flujo de dólares importan bienes para el consumo interno en detrimento de la industria nacional. “Es un mal que se agudiza en Colombia”.

Explicaron que ante una economía que creció en 5,6%, impulsada por un boom de consumo que se alimenta con el gasto oficial, y con relativa baja inversión en producción, la contracción industrial se traduce en problemas de oferta en el mercado.

En la medida que el consumo siga avanzando por encima del crecimiento de la industria, y no haya un incremento de los ingresos por la vía de los commodities, los problemas con la oferta se agudizarán.”

Jueves, 18 de julio de 2013

“Venezuela ha venido experimentando un proceso de desindustrialización a través del cual su relación Valor Agregado Industrial/PIB ha venido descendiendo de niveles del 24% hace tres décadas, a uno del 15% hace una década y actualmente se perfila hacia tan sólo un 9%ó12% en dicha relación en el período 2012-2020. En términos de generación de empleo, la industria aportaba cerca del 25% del total del empleo hace 30 años, aportaba el 23% hace diez, pero actualmente sólo contribuye con el 13%. Detrás de este proceso usualmente están las llamadas “fuerzas seculares” que explican que, una vez completada la primera fase de “industrialización de manufactura simple”, se da un proceso de expansión del sector terciario de servicios, comprimiendo entonces las participaciones del sector agropecuario y manufacturero dentro del PIB.

Sin embargo, en el caso de economías que crecen principalmente a través de las exportaciones del petróleo, el descenso en dichos aportes del sector industrial a la economía tiende a acelerarse. Esto como resultado de los efectos de la conocida Enfermedad Holandesa (EH), donde la abundancia de divisas de dichas exportaciones de petróleo trae aparejada una apreciación cambiaria real y persistente que tiende a comprimir el valor de las exportaciones de los productos industriales y agroindustriales, precisamente los que eran intensivos en mano de obra. Este ha sido el caso de Venezuela.”

Estos dos párrafos de El Universal de Caracas y La República de Colombia fueron modificados ligeramente  con el intercambio  del país y de petróleo por commodities  y la conclusión es la misma: las economías de Venezuela y Colombia recorren igual camino. El de la desindustrialización.

Lo paradójico de esta historia es que quienes más temen la venezolanización de Colombia son los Uribistas quienes, desde su gobierno, de ocho años, a través de la confianza inversionista y los tratados de libre comercio, hicieron todo lo posible para que nuestra economía abandonara la industria y la agricultura y recorriera el camino de la minería, deslumbrados por las exportaciones de commodities.

En el gobierno de Uribe se firmaron Tratados de Libre Comercio   con países como Estados Unidos,  Chile, Canadá y regiones como Centroamérica y la Unión Europea, a pesar de la preocupación del sector productivo y de la probada desprotección en que quedaba la industria nacional en contraposición con los subsidios y el apoyo estatal en los países con los cuales se firmaban los tratados. El gobierno santos continuó aplicando la misma estrategia.

Y, ahora, estamos desprotegidos, sin industria, sin agricultura y con los precios del petróleo en niveles mínimos inimaginables tratando de controlar una inflación atada al valor de un dólar que crece exponencialmente, encareciendo los víveres que ya no producimos.

Que la economía va bien, que el índice de desempleo es de solo un dígito, dice el gobierno (ver LOS GOBIERNOS DE LOS FALSOS POSITIVOS http://wp.me/p2LJK4-AH). Mi realidad, dice otra cosa: En Medellín hay cada vez más desempleo o subempleo, incluido el narcotráfico y la prostitución, y cierta estabilidad del agro, afianzada en el sector lechero, parece desmoronarse. (Ver RECESIÓN EN EL SECTOR LECHERO http://wp.me/p2LJK4-1hC).

Es verdad que, todavía, no llegamos a los niveles de desabastecimiento de Venezuela, pero vamos por el mismo camino, y a nadie parece importarle.

ANTES DEL FIN

Y llegan las elecciones locales, ¿qué candidato a Concejo Municipal, Alcaldía, Asamblea, o Gobernación ofrece alguna posibilidad de mejorar la economía de su pequeño “reino”?.

LAS ADIVINAS

LAS ADIVINAS

Eligio Palacio Roldán

Es sabido que el ser humano se debate entre un pasado que no puede remediar y un futuro, lleno de incertidumbre, que quiere descifrar, mientras  que los días corren inexorablemente hacia el ayer.

Pasado el mediodía comienza a llenarse de humo la Plaza de Zea, ubicada en las proximidades del Museo Botero, donde frecuentemente se reúne lo más preciado de la sociedad paisa, y del Sector Tejelo, uno de los más deprimidos del centro de Medellín, donde se unen con el trabajo digno, mendicidad, prostitución y droga; el humo se desprende de los tabacos de las adivinas que tratan de encontrar respuesta a los sufrimientos de varias personas, que indagan sobre el amor, la salud y la fortuna en un futuro próximo, tan próximo, que extinga el dolor que les atraviesa el alma…

Mientras que la adivina de turno chupa con fuerza el tabaco, extiende por el aire bocanadas de humo  que impregnan el aire, las ropas y los cuerpos  de los presentes y escupe copiosamente sobre el piso, una baba verdosa, algunos clientes tratan de vencer un llanto inminente, a otros el corazón les late vertiginosamente y uno que otro mira, con incredulidad; en varias oportunidades, es necesario hacer fila para ser atendido, cual confesionario de iglesia.

Y allí, sentados, en el pequeño muro que protege infructuosamente el jardín, ya desaparecido, a las adivinas y a sus clientes se les ven humildes, inmensamente humildes.

“Uno nace, no se hace, yo nací siendo adivina”, dice Astrid, una mujer procedente de Manizales que afirma llevar 27  de sus 42 años de vida, leyendo el tabaco, profesionalmente; su mamá  también lo hacía y de ella heredó ese don, un don que descubrió en sus días de infancia con sus amigas de juego, afirma.

Cien, doscientos mil pesos se hace al día, muchas veces nada; recibe cinco mil pesos por tema a indagar (salud, dinero o amor), llegando a cobrar hasta quince mil; sale a trabajar al medio día hasta las siete u ocho de la noche, en las madrugadas recibe en su casa clientes desesperados. Se siente feliz cuando logra unir seres que se quieren, cuando encuentra algún desaparecido o cuando se comunican personas distanciadas; dice haber predicho asesinatos; para ello, acude a la “santísima muerte” que le indica el futuro de sus clientes. Nunca se ha equivocado.

Una mujer desesperada interrumpe la conversación, necesita que la adivina, le dé un dato importante sobre un amor  que la abandonó y que según las imágenes del tabaco aparece en Cúcuta.

Astrid, es un ser taimado: la mujer desesperada le dice que ella cree que su amor de Cúcuta la quiere, siempre la ha querido; si afirma Astrid, le veo muchas posibilidades a que él vuelva, míralo acá en el tabaco, mira cómo se quema todo el centro, el corazón de ese hombre arde de amor por ti;  luego la mujer le dice que eso es un imposible, él le dijo que tenía otra mujer, a la que ama profundamente y que jamás abandonaría, “yo creo que él se quedará con esa mujer, mira como no se quemó este lado del tabaco, eso quiere decir que él te dará la espalda”, le dice la adivina y la mujer se marcha igual a como llegó, llorando; bueno, no igual, con cinco mil pesos menos, en su pobre bolsillo.

ANTES DEL FIN

¿Por qué la adivina, de esta historia, no adivinará en que días no tendrá ningún cliente para no asistir, ese día, a la Plaza de Zea, a no hacer nada?

Sobre el tema, nos escribe el maestro Orlando Cadavid Correa

Querido Eligio:

Muy sabrosa tu crónica sobre las adivinas de la placita de Zea. Me hiciste recordar un episodio de mi remotísima juventud:

De muchachos, mi hermano Carlos y yo estábamos varados, sin una sola perra gorda en los bolsillos,en el centro de Medlellín, para tomar el bus, y nuestra casa estaba  en el barrio Aranjuez. Cuado empezábamos a echar infantería, se nos arrimaron dos “gitanas” a proponernos que nos adivinaban la suerte. Carlico, más vivo que ellas, les contestó:

“Si ustedes son tan adivinas,¿ por qué no adivinan que estamos pelados?”.

Las busconas dieron media vuelta y continuaron recorriendo la carrera Junín, en busca de otros  caminantes menos varados que nosotros..

Te abrazo cordialmente,

Orlando

LA VISITA DEL PRETENDIENTE

LA VISITA DEL PRETENDIENTE
Eligio Palacio Roldán

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Siendo niño, en el campo, presentía la visita del “pretendiente” de mi hermana mayor porque ella se levantaba muy temprano, hacía un aseo impecable, tendía las camas con lo mejorcito que había en la casa, preparaba un almuerzo pocas veces visto y saboreado y nos bañaba… Además,  escondía, en el zarzo, todos los rebujos. En ese entonces yo me sentía entre tenso, enojado y pensativo; no entendía por qué ese día tenía que ser tan diferente, mucho mejor, al resto de los días.

Esta mañana, en Medellín, camino al trabajo, extrañando las voces destempladas de los “cantantes” que se suben a los buses a contar sus desgracias, los mendigos y  habitantes de la calle, hoy invisibles, y observando los materos que el alcalde puso sobre la calle San Juan, tratando de embellecer la ciudad para “venderla” a los cientos de pretendientes, que la visitan por estos días, con ocasión del Séptimo Foro Urbano Mundial, me transporté a la infancia y me pregunté de nuevo, ¿por qué estos días son tan diferentes a todos los otros, en la capital antioqueña? Quisiera que, con el paso de los años, los días de la ciudad que habito  sean los mismos de mi edad madura y que aquellos de pobreza y desigualdad sean solo un recuerdo, para los niños de hoy. Para ello será necesario que ocurra algo similar a lo sucedido en mi casa: los mayores, con recursos económicos, hicieron un esfuerzo y se sacrificaron para que los menores saliéramos adelante.

Ya lo había advertido en columna del 17 de octubre de 2013, VIOLENCIA, MEDELLIN Y EL ALCALDE, http://wp.me/p2LJK4-za  Se está trabajando para evitar más generaciones perdidas. Ese solo hecho, debe generar nuestro apoyo a la gestión del mandatario”; sigo pensando lo mismo; sin embargo, creo que además de educación, cultura e internacionalización de la ciudad, hay que trabajar en generación de oportunidades laborales diferentes a ser taxista de extranjeros, empleado de la hotelería formal e informal, o dedicarse a la prostitución y el narcotráfico.

Ahora es común observar en Medellín extranjeros, ya nos “abrimos al mundo”, se ven en el metro, en el Parque Lleras, en los restaurantes y discotecas; pareciera que una ocupación hotelera del 60.78 por ciento en el años 2013, no mostrara la realidad que se palpa en las calles; lo cierto es que el turismo se esconde en cada esquina, en diferentes sectores de la ciudad, como Patio Bonito, en El Poblado, donde pululan los hospedajes informales y se acrecienta el mercado de drogas y sexo.

Pero, ¿quiénes y a qué vienen a nuestra ciudad los extranjeros?; ¿Vendrán a generar empleo y prosperidad para la ciudad?, ojalá, pero no lo creo, o por lo menos no la mayoría: el rebusque abunda, los semáforos y los buses están llenos de limosneros  y desplazados y el desempleo sigue siendo superior a dos dígitos (11%); además el robo callejero se acrecienta, las “vacunas” no cesan y toda la ciudad sigue marcada por fronteras invisibles.

Me decía hoy, un ex habitante de Buenaventura, que la situación de esa ciudad se debe a muchos años de desesperanza de los pobres, a la falta de oportunidades de desarrollo personal y profesional, a la falta de trabajo; me temo que en Medellín se están desencadenando situaciones similares a las de esa ciudad y que si nuestra dirigencia económica no hace nada por generar empleo digno para los jóvenes, no vamos a poder salir de la ciudad de las miserias.

NOMBRES DE MUJER

NOMBRES DE MUJER
Eligio Palacio Roldán
“Mi hija es como la luna: Solo aparece, de vez en cuando, en alguna noche de verano”.

PARQUE

El viajero se sienta en una de las bancas de hierro y madera de un parque mucho más bonito que el de ayer. Este es abierto, tan abierto, como la sociedad de hoy. Atrás quedaron las rejas, las prohibiciones, los tabúes. Esos que enloquecieron a unos e hicieron morir de tristeza a otros. Esos que generaron violencias, separaciones. Vergüenzas.

El viajero observa una niña que juega con varios varoncitos, junto a la fuente de agua fresca. A su memoria llega la imagen de Jacinta, protagonizando una escena similar: sonriente, desparpajada, con sus bucles rubios, que luego fueron de tantos colores, rosando sus pequeños hombros.

Recuerda, también, las últimas historias que contaron de ella: Que la habían arrojado desde un avión, dijeron unos; que había muerto muy pobre, con hambre y enlagunada por el alcohol y la droga, en un rancho, en las lomas de Santo Domingo Savio, en Medellín; dijeron otros.

Nunca más se le vio. O quizás si, tal vez como una sombra, como alguien a quien nadie pudo distinguir, con el paso del tiempo y las trampas de la memoria. En su vejez pudo confundirse con una mujer de cuerpo rollizo, cabello cano y joroba que asistía a todas las misas y rezaba por interminables horas.

Lo último que se recuerda de ella, en el pueblo, fue aquél día, cuando en la iglesia, se burló del sacerdote. En ese entonces le llamaban Catalina: El prelado interrumpió la ceremonia litúrgica, hasta que ella abandonó el templo. La mayoría de las mujeres se persignaron y los hombres no pudieron ocultar una mirada de deseo. Vestía un topless azul celeste saturado y una minifalda negra, que dejaban traslucir su cuerpo de curvas exuberantes, con unos tacones, también azules, que pusieron a pensar, a más de uno, ¿cómo haría para caminar con ellos?.

El viajero la recuerda feliz, correteando por las calles de la niñez, libre, sin ataduras. Aferrada a la reja del parque observando, con fascinación, las flores, en el encierro. Piensa que esas pesadillas de Jacinta, en sus noches de infancia, fueron premonitorias: Se veía, a sí misma, atada con cadenas a las rejas del parque, en medio de los tulipanes rojos.

También viene a su memoria la imagen de un padre deprimido, con la cabeza siempre gacha y una madre recitando interminables rosarios: en la iglesia, en la casa, donde sus pocas amigas.

Jacinta siempre se rodeó de hombres. “La voy mejor con los machos. Las mujeres son muy envidiosas”, decía. Pronto se fue separando de sus padres, de su familia. Cada vez llegaba más tarde de sus juegos de calle, mientras se iba haciendo mujer. El padre la golpeaba con su ancha correa de cuero. Su madre continuaba rezando. Imperturbable: Pedía a Dios, para su hija, un destino diferente a la de la mayoría de sus hermanas: tan distantes, tan lejanas.

Al comienzo, Jacinta, lloraba con los castigos. Después no le importaron.

Sus risas se escuchaban desde lejos, en las noches cargadas de neblina. Para algunos infantes, fue tan solo un fantasma. Su padre decía, con tristeza: “Mi hija es como la luna: Solo aparece, de vez en cuando, en alguna noche de verano”.

El viajero observa una pareja que se besa en la calle. Suspira. Siente dolor por Jacinta. Cree que esta mujer se equivocó de tiempo, en la historia. Si hubiese existido en la sociedad de hoy quizás habría tenido una vida feliz: la marginó la intolerancia de tiempos idos, piensa.

Escándalos, prohibiciones, reyertas: Algún herido, quizás un muerto. Un intento de exorcismo. Y un adiós: Jacinta se marchó del pueblo.

Algunos dijeron que vivía en Medellín: Un patriarca dijo, maliciosamente, haberla encontrado en un prostíbulo. Le llamaban Nohelia. Otros dijeron que estaba en Bogota y otros más que, incluso, vivía fuera del país. Dijeron que también le llamaron Cristal, Hortensia, Gladys, Celina… En fin, siempre tuvo un nombre de mujer, un nombre de mujer de luces y sombras, de brillo nocturno y grandes ojeras diurnas.

Su historia siempre fue un secreto. Alguna aparición esporádica, con escándalo incluido, como el de la iglesia. Nada más.

Quizás alguna lágrima rodó por sus mejillas, tal vez muchas. Nunca se supo.

El padre envejeció agachado, con una enorme giba. Su madre lo hizo rezando, siempre rezando.

Jacinta se borró de la memoria. Había que borrarla como se borraron otros seres que no cumplieron con las expectativas físicas o de personalidad soñadas, por los habitantes del pueblo. Como se borran y se ocultan las vergüenzas, o algún secreto siniestro: A la fuerza.