NOMBRES DE MUJER

NOMBRES DE MUJER
Eligio Palacio Roldán
“Mi hija es como la luna: Solo aparece, de vez en cuando, en alguna noche de verano”.

PARQUE

El viajero se sienta en una de las bancas de hierro y madera de un parque mucho más bonito que el de ayer. Este es abierto, tan abierto, como la sociedad de hoy. Atrás quedaron las rejas, las prohibiciones, los tabúes. Esos que enloquecieron a unos e hicieron morir de tristeza a otros. Esos que generaron violencias, separaciones. Vergüenzas.

El viajero observa una niña que juega con varios varoncitos, junto a la fuente de agua fresca. A su memoria llega la imagen de Jacinta, protagonizando una escena similar: sonriente, desparpajada, con sus bucles rubios, que luego fueron de tantos colores, rosando sus pequeños hombros.

Recuerda, también, las últimas historias que contaron de ella: Que la habían arrojado desde un avión, dijeron unos; que había muerto muy pobre, con hambre y enlagunada por el alcohol y la droga, en un rancho, en las lomas de Santo Domingo Savio, en Medellín; dijeron otros.

Nunca más se le vio. O quizás si, tal vez como una sombra, como alguien a quien nadie pudo distinguir, con el paso del tiempo y las trampas de la memoria. En su vejez pudo confundirse con una mujer de cuerpo rollizo, cabello cano y joroba que asistía a todas las misas y rezaba por interminables horas.

Lo último que se recuerda de ella, en el pueblo, fue aquél día, cuando en la iglesia, se burló del sacerdote. En ese entonces le llamaban Catalina: El prelado interrumpió la ceremonia litúrgica, hasta que ella abandonó el templo. La mayoría de las mujeres se persignaron y los hombres no pudieron ocultar una mirada de deseo. Vestía un topless azul celeste saturado y una minifalda negra, que dejaban traslucir su cuerpo de curvas exuberantes, con unos tacones, también azules, que pusieron a pensar, a más de uno, ¿cómo haría para caminar con ellos?.

El viajero la recuerda feliz, correteando por las calles de la niñez, libre, sin ataduras. Aferrada a la reja del parque observando, con fascinación, las flores, en el encierro. Piensa que esas pesadillas de Jacinta, en sus noches de infancia, fueron premonitorias: Se veía, a sí misma, atada con cadenas a las rejas del parque, en medio de los tulipanes rojos.

También viene a su memoria la imagen de un padre deprimido, con la cabeza siempre gacha y una madre recitando interminables rosarios: en la iglesia, en la casa, donde sus pocas amigas.

Jacinta siempre se rodeó de hombres. “La voy mejor con los machos. Las mujeres son muy envidiosas”, decía. Pronto se fue separando de sus padres, de su familia. Cada vez llegaba más tarde de sus juegos de calle, mientras se iba haciendo mujer. El padre la golpeaba con su ancha correa de cuero. Su madre continuaba rezando. Imperturbable: Pedía a Dios, para su hija, un destino diferente a la de la mayoría de sus hermanas: tan distantes, tan lejanas.

Al comienzo, Jacinta, lloraba con los castigos. Después no le importaron.

Sus risas se escuchaban desde lejos, en las noches cargadas de neblina. Para algunos infantes, fue tan solo un fantasma. Su padre decía, con tristeza: “Mi hija es como la luna: Solo aparece, de vez en cuando, en alguna noche de verano”.

El viajero observa una pareja que se besa en la calle. Suspira. Siente dolor por Jacinta. Cree que esta mujer se equivocó de tiempo, en la historia. Si hubiese existido en la sociedad de hoy quizás habría tenido una vida feliz: la marginó la intolerancia de tiempos idos, piensa.

Escándalos, prohibiciones, reyertas: Algún herido, quizás un muerto. Un intento de exorcismo. Y un adiós: Jacinta se marchó del pueblo.

Algunos dijeron que vivía en Medellín: Un patriarca dijo, maliciosamente, haberla encontrado en un prostíbulo. Le llamaban Nohelia. Otros dijeron que estaba en Bogota y otros más que, incluso, vivía fuera del país. Dijeron que también le llamaron Cristal, Hortensia, Gladys, Celina… En fin, siempre tuvo un nombre de mujer, un nombre de mujer de luces y sombras, de brillo nocturno y grandes ojeras diurnas.

Su historia siempre fue un secreto. Alguna aparición esporádica, con escándalo incluido, como el de la iglesia. Nada más.

Quizás alguna lágrima rodó por sus mejillas, tal vez muchas. Nunca se supo.

El padre envejeció agachado, con una enorme giba. Su madre lo hizo rezando, siempre rezando.

Jacinta se borró de la memoria. Había que borrarla como se borraron otros seres que no cumplieron con las expectativas físicas o de personalidad soñadas, por los habitantes del pueblo. Como se borran y se ocultan las vergüenzas, o algún secreto siniestro: A la fuerza.

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