LAS ADIVINAS

LAS ADIVINAS

Eligio Palacio Roldán

Es sabido que el ser humano se debate entre un pasado que no puede remediar y un futuro, lleno de incertidumbre, que quiere descifrar, mientras  que los días corren inexorablemente hacia el ayer.

Pasado el mediodía comienza a llenarse de humo la Plaza de Zea, ubicada en las proximidades del Museo Botero, donde frecuentemente se reúne lo más preciado de la sociedad paisa, y del Sector Tejelo, uno de los más deprimidos del centro de Medellín, donde se unen con el trabajo digno, mendicidad, prostitución y droga; el humo se desprende de los tabacos de las adivinas que tratan de encontrar respuesta a los sufrimientos de varias personas, que indagan sobre el amor, la salud y la fortuna en un futuro próximo, tan próximo, que extinga el dolor que les atraviesa el alma…

Mientras que la adivina de turno chupa con fuerza el tabaco, extiende por el aire bocanadas de humo  que impregnan el aire, las ropas y los cuerpos  de los presentes y escupe copiosamente sobre el piso, una baba verdosa, algunos clientes tratan de vencer un llanto inminente, a otros el corazón les late vertiginosamente y uno que otro mira, con incredulidad; en varias oportunidades, es necesario hacer fila para ser atendido, cual confesionario de iglesia.

Y allí, sentados, en el pequeño muro que protege infructuosamente el jardín, ya desaparecido, a las adivinas y a sus clientes se les ven humildes, inmensamente humildes.

“Uno nace, no se hace, yo nací siendo adivina”, dice Astrid, una mujer procedente de Manizales que afirma llevar 27  de sus 42 años de vida, leyendo el tabaco, profesionalmente; su mamá  también lo hacía y de ella heredó ese don, un don que descubrió en sus días de infancia con sus amigas de juego, afirma.

Cien, doscientos mil pesos se hace al día, muchas veces nada; recibe cinco mil pesos por tema a indagar (salud, dinero o amor), llegando a cobrar hasta quince mil; sale a trabajar al medio día hasta las siete u ocho de la noche, en las madrugadas recibe en su casa clientes desesperados. Se siente feliz cuando logra unir seres que se quieren, cuando encuentra algún desaparecido o cuando se comunican personas distanciadas; dice haber predicho asesinatos; para ello, acude a la “santísima muerte” que le indica el futuro de sus clientes. Nunca se ha equivocado.

Una mujer desesperada interrumpe la conversación, necesita que la adivina, le dé un dato importante sobre un amor  que la abandonó y que según las imágenes del tabaco aparece en Cúcuta.

Astrid, es un ser taimado: la mujer desesperada le dice que ella cree que su amor de Cúcuta la quiere, siempre la ha querido; si afirma Astrid, le veo muchas posibilidades a que él vuelva, míralo acá en el tabaco, mira cómo se quema todo el centro, el corazón de ese hombre arde de amor por ti;  luego la mujer le dice que eso es un imposible, él le dijo que tenía otra mujer, a la que ama profundamente y que jamás abandonaría, “yo creo que él se quedará con esa mujer, mira como no se quemó este lado del tabaco, eso quiere decir que él te dará la espalda”, le dice la adivina y la mujer se marcha igual a como llegó, llorando; bueno, no igual, con cinco mil pesos menos, en su pobre bolsillo.

ANTES DEL FIN

¿Por qué la adivina, de esta historia, no adivinará en que días no tendrá ningún cliente para no asistir, ese día, a la Plaza de Zea, a no hacer nada?

Sobre el tema, nos escribe el maestro Orlando Cadavid Correa

Querido Eligio:

Muy sabrosa tu crónica sobre las adivinas de la placita de Zea. Me hiciste recordar un episodio de mi remotísima juventud:

De muchachos, mi hermano Carlos y yo estábamos varados, sin una sola perra gorda en los bolsillos,en el centro de Medlellín, para tomar el bus, y nuestra casa estaba  en el barrio Aranjuez. Cuado empezábamos a echar infantería, se nos arrimaron dos “gitanas” a proponernos que nos adivinaban la suerte. Carlico, más vivo que ellas, les contestó:

“Si ustedes son tan adivinas,¿ por qué no adivinan que estamos pelados?”.

Las busconas dieron media vuelta y continuaron recorriendo la carrera Junín, en busca de otros  caminantes menos varados que nosotros..

Te abrazo cordialmente,

Orlando

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