CÁRCEL PARA QUIENES COMPRAN Y VENDEN FACTURAS
Eligio Palacio Roldán
“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”
George Santayana
Todos los gobiernos, desde el segundo de Álvaro Uribe Vélez, y los congresistas de los casi últimos veinte años debieron haber tenido en cuenta esta historia. En el de Abelardo de La Espriella, es fundamental para incrementar el recaudo tributario sin aumentar las tarifas de los impuestos.
A comienzos de 2008, siendo funcionario de la Dian Medellín, me entregaron un expediente de una empresa aparentemente fácil de auditar. Se hizo el plan de trabajo habitual y se comenzó a solicitar información de manera verbal a la empresa, que generaba evasivas para responder; ante ello se tuvo que recurrir a requerimientos ordinarios cuya respuesta también se dilataba.
Aunque no se disponía de información exógena que sirviera de sustento, algo no encajaba. Con lo poco que se disponía se comenzaron a realizar visitas de campo a las empresas proveedoras, que funcionaban en una misma oficina en el sector de San Juan de Medellín. Allí, una joven con una cirugía plástica de nalgas reciente, sentada en un cojín helado, literalmente amanecía haciendo e imprimiendo las facturas que yo necesitaba. El dueño, no representante legal, insinuaba una y otra vez la posibilidad de dinero, fiestas y paseos para el auditor.
El tiempo pasaba y la cadena de proveedores, todos ficticios, se extendía. Yo no daba resultados en el número de expedientes evacuados ni en el recaudo fijado como meta, y la jefe, que no comprendía la trascendencia de la investigación, presionaba para que la terminara. Bueno, ella nunca entendió la magnitud de su responsabilidad.
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Después de ocho meses, la investigación concluyó con una sociedad familiar inactiva vendida por una socia a un grupo de inescrupulosos, con la complicidad de un notario, y la demostración de que las mercancías nunca entraron en los inventarios de las empresas destino.
Del caso se dio traslado a la Fiscalía General de la Nación para lo pertinente; el cerebro detrás de la operación murió de muerte natural sin pagar cárcel, y a un revisor fiscal de una de las compañías que compraban facturas le quitaron su tarjeta profesional y le hicieron extinción de dominio, según me contó hace pocos años, con gran angustia.
La Dian Medellín siguió utilizando la investigación como insumo para otros casos y obtuvo muy buenas correcciones, nada comparables con lo que las empresas habían defraudado con la compra de facturas, desde luego.
Esa investigación marcó la detección, en el país, de un procedimiento de vieja data: la compraventa de facturas ficticias, que en vez de extirparse se expandió por toda Colombia para defraudar al Estado.
En la actualidad los mecanismos se han sofisticado: sociedades de papel expiden facturas electrónicas y hasta presentan declaraciones de IVA y retención, si es el caso, que no se pagan y que al momento de ser cobradas no encuentran un responsable; las sociedades han desaparecido y sus dueños aparentes son gente sin dinero ni bienes para responder, o sencillamente han muerto.
El afán de la Dian por generar resultados, mirando imperfecciones mínimas en cada árbol, le impide ver el bosque. La entidad debe dedicarse a perseguir a quienes compran y venden facturas y no aceptar ningún tipo de corrección ni pago como consecuencia del fraude detectado, a cambio de impunidad, así no se cumplan las metas de recaudo establecidas para la entidad. El Congreso debe legislar para endurecer las penas relacionadas con el delito e involucrar en ellas a los contadores públicos que venden el procedimiento a los empresarios para aminorar la respectiva carga tributaria.
ANTES DEL FIN
Un viernes en la tarde, me encontraba realizando la última actuación en la investigación referida cuando recibí una llamada del dueño de la empresa, en la que me amenazaba de muerte por cuanto me “estaba metiendo en lo que no me importaba”. Con mucho pánico, madrugué el lunes a la empresa investigada a solicitar documentos que no necesitaba; mi intención era demostrar que no tenía miedo, aunque me temblaban las piernas y, a cada momento, presintiera los disparos sobre mi humanidad.
“El tiempo pasa y se nos va la vida” aunque las historias se repitan como en una banda sin fin.
Y bueno, llega la repetición de la mejor época del año: la Navidad.
El autor de esta columna fue funcionario de la DIAN durante 35 años
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