AMOR DE PADRE
Eligio Palacio Roldán
La ira contenida se fue desvaneciendo en mi ser y el color de mi rostro fue tomando su normalidad cuando la mujer abandonó el vagón del metro, en la Estación Hospital, arrastrando el coche de su pequeño hijo. El malestar había comenzado en la Estación Aguacatala cuando presencié la escena en que el niño, de unos ocho o diez meses de edad, extendía sus pequeños brazos a la indolente mujer que, en vez de atender su llamado, le golpeaba para que no la molestara.
Contrastaba esta escena con las que presencié hace algo más de un año entre mi amigo Javier y su hijo; él no solo lo ama, lo idolatra y, diría yo, es su razón de ser y de estar sobre la tierra. El niño tiene una condición de autismo que refuerza ese amor, ese orgullo y la felicidad que denota al narrar cada uno de los avances de Lucas.
La falta de amor de algunos hombres por sus hijos ha sido generalizada de manera injusta en el dicho “amor de madre y lo demás es aire”, pues ese amor se ha presentado de manera real desde hace muchos años. Entre los recuerdos de mi niñez está la del papá de uno de mis compañeros de escuela que se escondía con sus hijos ante la furia de la mamá; por ese entonces, 1972, ese padre amoroso era retratado en la música, en una melodía de mi cantante favorito por estos días, Patxi Andión, llamada Padre. La letra de la canción relata las características de un padre mayor, amoroso y protector de sus hijos.
Puede ver https://youtu.be/B0iJ4rTlUe4?si=oFZKQU7WhKRC-1sD
Esa transformación de la sociedad de la obediencia al padre todopoderoso a la del goce y la autonomía se ha nombrado desde el psicoanálisis como “el ocaso del padre”. Obviamente, esto se suma a otra vertiente: la de la ausencia de la figura paterna en nuestro medio, por la irresponsabilidad de muchos hombres o su muerte por la violencia de cada día.
A “el ocaso del padre” se le endilgan situaciones como la ausencia de límites o la dificultad para la construcción de la propia identidad. Lo cierto es que, para bien o para mal —yo diría que para bien—, ahora el amor del padre es comparable y, quizás, algunas veces superior al de la madre.
ANTES DEL FIN
No entiendo cómo figuras sobresalientes de la izquierda colombiana, críticas de la corrupción en anteriores gobiernos, guardan silencio cómplice ante el horror de la propia corrupción del gobierno Petro.
Sin vergüenza alguna, el presidente Petro nombra a Daniel Quintero como superintendente de Salud.
Sin vergüenza alguna, Daniel Quintero habla de acabar con la corrupción en el sector salud.
Sin vergüenza alguna, ciudadanos del común, que antes rechazaban la corrupción, ahora la aceptan.
Sin vergüenza alguna, muchos defienden el sistema de salud anterior a la Ley 100, la del Seguro Social.
Creo que, poco a poco, nos transformamos en una sociedad sin vergüenza, o ¿sinvergüenza?
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