EL HIJO DE FACUNDA Y OTROS BOBOS DE LAPARIO

EL HIJO DE FACUNDA Y OTROS BOBOS DE LAPARIO

Eligio Palacio Roldán

Capilla del hospital

El Viajero recorre las calles de Lapario en las densas horas del mediodía, tratando de descubrir a alguno de los «bobos» del ayer o, por lo menos, a alguno de sus descendientes. Su mirada se sorprende con la multitud de estudiantes abordando vehículos inimaginables en aquellos días lejanos y con hermosas ejecutivas camino a sus oficinas.

¿Oficina? Increíble. Las únicas en las brumas de su pasado estaban en la alcaldía, el correo, el único teléfono del pueblo en la plaza y, claro, el Despacho Parroquial.

Volvía a su presente —su eterno presente— y no vislumbraba a ningún bobo; quizás estaban camuflados en atuendos modernos o tras la pantalla de un celular. Además, no debían ser muchos porque casi todos morían sin hijos, con algunas excepciones en las que imperaba el deseo (traducido en el abuso sexual de mujeres indefensas, disminuidas física y emocionalmente, a quienes dejaban embarazadas sin recato ni remordimiento) o la ambición que hacía padres a ancianos ricos sin herederos.

A los bobos de Lapario, en especial los de género masculino, se les veía bajo el intenso sol de tierra fría, envueltos en sus ruanas, tratando de dominar un frío impregnado en su ser desde los primeros días de la infancia y secando sus ropas, orinadas en el irregular sueño de la noche anterior.

Algunos decían que no eran bobos realmente; más bien era su forma de subsistir ante el rechazo de sus mayores por no cumplir con las expectativas al nacer. Se hablaba, incluso, de niños encadenados a los árboles en los solares de las casas por la vergüenza que producían; y esos seres despreciados y anulados no tenían otro camino que una especie de autismo.

Se veían envejecer sentados junto a sus casas, con el miedo de cruzar más allá del andén. Avejentaban de prisa, quizás por una dificultad mental que terminaba volviéndose física. Muchos fueron célebres por sus dichos, por su forma de hablar y por las historias que se tejieron a su alrededor. Al interior de las familias generaban vergüenza para algunos y dolor para otros; también el temor de partir para siempre y dejarlos solos, a su suerte.

A la memoria de El Viajero llega la imagen de Facunda, una anciana enferma que salía de la capilla del hospital, y la casual muerte de su hijo pocos días antes de la suya.

—Le queda poco tiempo de vida —le dijo el médico tras mirar sus ojos a medio abrir y escucharla hablar del intenso dolor de cabeza que la atormentaba hacía varios meses y que le paralizaba el lado izquierdo del rostro.

Había cargado con una honda pena toda su vida. Bueno, desde que nació su hijo menor; una pena que la alejó de su esposo, de su familia e incluso de sus otros hijos. Él había sido la vergüenza de su padre y sus hermanos, el hazmerreír de los vecinos y de todo el pueblo, y la causa de una profunda tristeza que la acompañó hasta su muerte.

Había derramado muchas más lágrimas que de costumbre; había orado y rehusado la mirada del anciano sacerdote desde el confesionario. Es que, con una claridad del espíritu muy superior a la de su cuerpo, había tomado una decisión.

Al bobo de su casa se le vio adelgazar, palidecer, marearse y dormir mucho más de la cuenta. Sus uñas se fueron pintando de blanco; la piel se le fue oscureciendo con visibles moretones. Cada día se levantaba más tarde de la cama; ya no solo se orinaba en ella. Los olores se hacían nauseabundos, hasta que una tarde no despertó más de la siesta del mediodía.

Facunda murió siete días después.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑