LOS CÓMPLICES DE LOS CORRUPTOS
Eligio Palacio Roldán
Una mujer hablaba con elocuencia y orgullo sobre su cargo de asesora de uno de los tantos dirigentes corruptos de nuestro país; un hombre, en un discurso público, hacía honores a una de las mujeres más corruptas de nuestra clase política. Los dos personajes hacen parte de uno de los carteles de corrupción más poderosos de Colombia, en este momento, los dos cómplices, aunque quizás ni ellos mismos lo sospechen, también.
La palabra cómplice se define por la Real Academia de la Lengua Española, entre otras acepciones, así: “Que manifiesta o siente solidaridad o camaradería. Un gesto cómplice”.
La corrupción, el problema más grande y delicado de Colombia, causa y consecuencia de otros muchos más como narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo, minería ilegal, “elefantes blancos”, obras públicas de mala calidad, ha sido aceptada solapadamente por una sociedad donde impera la doble moral: mientras se condena, por un lado, por el otro se participa directa o indirectamente en ella, se goza de sus beneficios individualistas.
La clase política ocupa un lugar preponderante en el drama de la corrupción, de ella salen los protagonistas de las historias más viles, los personajes secundarios y los extras que se hacen los de la vista gorda ante el desastre.
La complicidad con la corrupción tiene mucho que ver con ese mandato de nuestra cultura colombiana, endilgado a los paisas, pero aplicado en todo el país “Consiga plata honradamente mijo, y si no pude, consiga plata mijo”. Por ello, se ve con beneplácito la llegada de dinero y poder, sin importar el origen, si me beneficia, y se critica si favorece a otro. Ese comportamiento errático en los colombianos se evidencia de manera tragicómica en el actual gobierno donde los críticos de conductas similares en otros mandatos ahora pasan de agache y los corruptos de tiempos pasados se rasgan las vestiduras.
El ver como se atacan o defienden a los corruptos tiene que ver mucho con el estado de la salud mental de los colombianos que no permite ver los hechos más allá de los protagonistas, la corrupción es mala en su esencia y no se puede justificar por los afectos personales, o por la cercanía a los causantes de ella, eso es complicidad.
El gobierno actual, que fue la esperanza de la izquierda colombiana y de muchos ciudadanos alejados de la política ha dado muestras innegables de corrupción, el solo hecho de proteger la delincuencia es un ejemplo de ello, entonces esa izquierda crítica, pensante de otros días no puede sencillamente callar o tratar de distraer al país con falacias.
En nuestro entorno no se puede seguir felicitando, enalteciendo o siguiendo a supuestos líderes manchados por la corrupción, porque este hecho no es ajeno a nuestra realidad, a nuestra economía: se han robado y se están robando nuestro dinero, dinero que entregamos a la nación a través de los impuestos.
ANTES DEL FIN
Desde que tengo conciencia política, década del setenta, no había visto un gobierno tan malo como el presente, Ernesto Samper, el del elefante, tenía el liderato, pero el de Petro lo deja muy lejos en la contienda. A diferencia de Samper, Petro, no cuenta con un buen equipo de colaboradores a su alrededor.
¿Cuántos colombianos son cómplices de la corrupción electoral en Venezuela, en tiempos de Maduro?
Se agrava la situación económica del país con el paro camionero y al líder de las protestas, de otros días, le quedó grande la palabra negociar. Es que hacer oposición es muy fácil.
Sorprende la resiliencia del empresariado colombiano en estos tiempos de crisis. Mucho por aprenderles.
Cuando se llega a la edad adulta el tiempo corre de una manera irremediable. Ya llega la Navidad 2024.
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