CORRUPCIÓN – ERASE UNA VEZ…

CORRRUPCIÓN – ERASE UNA VEZ…

Eligio Palacio Roldán

La historia de este poblado es la misma de todos los pueblos de Antioquia. De todos los pueblos de Colombia.

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Érase una vez un pequeño poblado, de gentes humildes, perdido entre las montañas de un país del trópico. Allí todos eran pobres y esa característica hizo que la solidaridad fuera uno de los fundamentos de sus existencias. Incluso, se generaron formas asociativas que hoy perduran, aunque hace ya tiempo perdieron su esencia.

El poblado era regido por un alcalde y seis concejales que le ayudaban a la comunidad. Cuentan que cuando el alcalde no ejecutaba las obras o cuando surgía una sombra de corrupción en su administración, los concejales lo denunciaban ante el gobernador de la comarca y él, que lo nombraba, lo cambiaba. El alcalde y el gobernador, generalmente, eran hombres honestos. Y muy respetados.

Dicen los viejos que en ese poblado las disputas políticas eran entre dos partidos tradicionales: Liberal y Conservador, o entre su par de líderes, hombres bautizados con igual nombre: Fabio. Afirman, sin embargo, que cuando se trataba de trabajar por la comunidad siempre se ponían de acuerdo.

Para celebrar la Navidad, entre todos, engordaban una marrana que repartían, en medio de una gran fritanga, en el centro de la plaza del pueblo.

Un día, un bucólico rey (le decían, presidente), atormentado por sus recuerdos como reo y buscando traer a la civilidad unos bandidos de origen campesino, estableció que los alcaldes debían ser elegidos por los mismos ciudadanos y que los pueblos debían contar con su propio presupuesto.

Y así fue. Entonces se eligió el primer alcalde. Y éste había contado con el apoyo de muchos y con el dinero de muchos. Y estos muchos reclamaron y quisieron que los beneficios fueran solo para ellos. Y luego vino otro alcalde y otros patrocinadores (¿o los mismos?) que quisieron la revancha. Y las revanchas dejaron de ser orgullo y honor y se convirtieron en monetarias. Y después llegó la publicidad, y los tamales y la compraventa de votos y la compraventa de conciencias de elegidos y electores.

Después las gentes se dieron cuenta que la forma de ascender socialmente era siendo delincuente o político o delincuente y político y unos y otros se confundieron haciendo imposible su diferenciación.

Y todos exigieron su parte. Y “la marrana”, ahora engordada con dineros del estado, no alcanzó. Entonces el alcalde de ese tiempo, de muchos tiempos después, tuvo que subir los impuestos y, con ellos, embarcarse en obras costosas para poder sacar su porcentaje y el de sus colaboradores y no las  pudo terminar  y si las terminó quedaron mal hechas y pronto hubo que reconstruirlas y reconstruirlas y reconstruirlas.

Y hubo desigualdad y pobreza y nuevos ricos, nuevos ricos que también transformaron la arquitectura y trajeron consigo la cultura mafiosa, de la que se sintieron orgullosos.

Cuentan que en ese poblado ya no denunciaban al alcalde corrupto ante el gobernador porque éste era más corrupto aún y que, más bien, lo chantajeaban para que compartiera el presupuesto con sus más cercanos. Y cuando no robaba o robaba poco o no compartía lo robado sacaban pasquines, en su contra, que dejaban bajo las puertas, en las heladas madrugadas cargadas de neblina.

Aún se conservan imágenes del pueblo de ayer, en fotografías de color sepia, un tanto raídas. Imágenes que muestran seres desaparecidos hoy: solidarios, humildes, honestos y comprometidos con su pueblo. Seres que nunca soñaron con ser alcaldes. Seres que algunos ciudadanos  bucólicos e ilusos, al estilo del antiguo rey, soñaron siempre gobernasen su pueblo.

ANTES DEL FIN

La historia de este poblado es la misma de todos los pueblos de Antioquia. De todos los pueblos de Colombia.

Cinco meses después de su posesión, alcaldes y gobernadores, no comienzan a gobernar. Que sus antecesores dejaron alcaldías y gobernaciones en ruinas, dicen. Es la historia, la misma historia de cada cuatro años.

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