MEDELL IN IN SOSTENIBLE

MEDELL IN  IN SOSTENIBLE
Miriam Matamba
Eligio Palacio Roldán

 

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Para la familia Valderrama el desplazamiento es su historia de vida. Todo comenzó 20 años atrás, en Turbo, vivían de los cultivos de plátano, cebolla y yuca en la finca del abuelo; un día llegó la guerrilla y los obligó a compartir su cosecha, también a brindarles alimento y techo, a guardarles sus provisiones y sus armas… Después, la historia fue la misma de la Colombia desplazada, llegaron los paramilitares, u otra guerrilla, o los militares, eso no importa, y unos decían que no podía proteger a  los otros y los otros que a los otros, y los amenazaron; dos días para desocupar, les dijeron. Un tío dijo que no, que primero muerto y lo asesinaron y entonces “tocó” huir hacia Medellín, dejando atrás su tierra, su razón de ser y de estar, en este mundo.

Al llegar a Medellín, la familia Valderrama estaba constituida por los dos padres, cuatro hijos, tres hombres y una mujer, también, dos tíos, la abuela y un amigo; de los hijos, uno está en Popayán, en la cárcel, otro murió de sobredosis de droga, con otros dos amigos, en El Popular I, Comuna Nororiental de Medellín, y dos residen en Altos de la Torre, sector centro oriental de la ciudad, con la madre; el amigo murió a los tres días de haber llegado de Turbo, “Pensó que uno se bajaba de un bus como de un caballo y no esperó que el vehículo frenara…”

Llegaron, sin nada, donde unas primas, a Manrique Las Cruces; luego, pidiendo limosna y vendiendo limones en el sector de Tejelo, en el centro de la ciudad, construyeron un rancho, primero de plástico y luego con tablas que les regalaban; allí vivieron durante tres años, hasta que llegó, de nuevo,  la guerra; tenían que permanecer encerrados desde las cinco de la tarde; hasta que, una noche, tuvieron que huir por miedo a ser asesinados; así arribaron a donde viven hoy, al barrio La Torre.

Otra vez, sin nada, a comenzar de nuevo, a donde una amiga de la mamá; después, también, pidiendo limosna, pudieron construir su rancho; ahora se sienten bien, trabajan limpiando parabrisas en los semáforos, reciclando, en construcción; como todos los del barrio.

BARRIO LA TORRE

Los niños del barrio asisten a una escuela a media hora de camino; no tienen que aportar dinero, tanto la matrícula como el uniforme, útiles y refrigerio son gratuitos; no obstante, solo estudian hasta sexto o séptimo grado, muy pocos terminan el bachillerato; se dedican a trabajar en lo que puedan: Reciclaje, construcción… otras fuentes de ingresos son las limosnas y la colaboración de la Fundación Las Golondrinas, que hasta les brinda mercado. Muy pocas veces, reciben ayuda de la alcaldía de Medellín.

“Lo más duro del barrio, después de la pobreza, son las escalas”, dice jocosamente uno de sus habitantes; no reciben ayuda del estado y si muchos engaños de los políticos. Ahora tienen energía y alcantarillado, aunque éste contamina una quebrada cercana. No disponen de agua potable, ni de espacios para la recreación; en las tardes  y los fines de semana los niños, jóvenes y adultos se reúnen en las callejuelas a jugar y conversar; no hay posibilidades de distracción; la drogadicción y la prostitución son pan de cada día.  Los senderos peatonales están pavimentados, como fruto del proyecto Jardín Circunvalar o Cinturón Verde, que se proyecta en la ciudad, y al que le temen por un posible desalojo.

“Para salir de la pobreza hay que buscar trabajo pero la mayoría de la gente se queda durmiendo, hay una problemática muy grande y es que, por ser desplazados, siempre están esperando que les den; no hacen nada por salir de la situación”, dicen algunos. Sin embargo, quienes logran terminar el bachillerato tampoco consiguen empleo. Están enfermos de nostalgia, de desarraigo.

El origen de las gentes del barrio, en su mayoría, es Urabá; llegaron huyendo de miedo a morir a manos de alguno de los actores del conflicto armado.

La convivencia es buena, el barrio es seguro; en la parte de arriba existe un CAI, pero cuando se presenta un problema, los agentes llegan, por ahí, media hora más tarde; por ello, la vigilancia está en manos de “los muchachos” que garantizan la tranquilidad del sector y cobran vacunas a los transportadores para su sostenimiento; antes había una guerra entre combos, pero ya está todo controlada.

En el barrio se consume mucho licor y droga, hay varios puntos de venta en la zona; gran parte de los jóvenes son drogadictos, desde los doce o trece años. La mayoría no terminan bachillerato; piensan y sienten que para qué estudian si no hay futuro; hay una negación a cualquier posibilidad. Algunos tienen la esperanza puesta en la Fundación EPM, aunque se sienten atrapados en la pobreza.

Bienestar familiar va y hace censos, nada más; la Alcaldía y la Gobernación pocas veces se hacen presentes. La mayoría de las mujeres son cabeza de familia.

Todo en el barrio, La Torre, se origina en el reciclaje: las paredes, los techos, los pisos de las casas, las ropas, que visten las gentes, y la misma gente que se recicla de desplazamiento en desplazamiento, entre violencia, pobreza y desesperanza sin que la sociedad y el estado hagan, mayor cosa, por un futuro diferente al de reciclar desgracias.

 

 
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