LA NEGRA

LA NEGRA
Eligio Palacio Roldán
He tenido confianza, persistencia, para donde voy voy. Pa´delante.”

Todo comenzó a sus veinte años, desempleada. A la salida de sus estudios de corte y cepillado se iba donde un amigo, que tenía una relojería, a hacerle mandados y su mirada y su espíritu curioso y emprendedor le inducía a preguntar y preguntar y, poco a poco, se iba metiendo en el cuento de la precisión de los mecanismos, inventados por el hombre, para medir su tiempo en la tierra.

Estuvo dos años continuos aprendiendo hasta que le dijo a su amigo que le ayudara a independizarse. Acompañada de dos docenas de pilas para reloj, manillas, una pinza y algunos otros elementos enfrentó la calle por primera vez. Fue en la carrera Bolivar, entre  las calles Los Huesos y San Juan, frente a Metrocentro Uno, en el andén, con un pequeño baúl. Era una vendedora ilegal más.

Desde entonces una ambición, una fijación, direccionó su vida profesional: Llegar a tener su propio negocio, al interior del centro comercial.

Luego la cobijó una pequeña caseta de propiedad del municipio de Medellín. Pagaba arriendo y muchas veces no “me hacía  ni para el tinto”, recuerda. “Andaba como una polvera y a pesar de eso no desistí…” En la casa le decían que se iba para la calle por no ayudar en los oficios domésticos. Allí permaneció algo más de un año hasta quien le subarrendaba, el sitio, lo reclamó y, a pesar de los consejos para no entregarlo, lo cedió con la condición de no ser utilizado en un negocio similar. El acuerdo no se cumplió, pero el incidente le dio más fuerzas para persistir:

“Una señora me regaló un cajoncito y me dejó hacer en la calle junto a su local y así seguí resistiendo, comprando una manillita, una pilita… A veces no me hacía ni para el almuerzo. Yo ya tenía dos hijos: una de seis y otro niño de tres años de edad.

Y seguí ahí, con mucha cantaleta en la casa y de los amigos… Nunca me he sentido mal porque pienso que trabajar no da vergüenza… Yo lo hacía con mucho amor y responsabilidad… Un orgullo.

Y me ponía metas y a la persona que me guardaba el cajoncito le colaboraba mucho… 

Metrocentro Uno casi no estaba habitado y sus visitantes eran pocos, el comercio era incipiente.

Ahí estuve dos años hasta que la señora me dijo que se iba a ir.  En medio de la angustia hable con ella para que me arrendara el local, pero no tenía con que pagarle… me fui para mi casa cogí calculadora. Con lo que ganaba en el trabajo solo alcanzaba a pagar el arriendo, pero no me podía dejar sacar de ahí.

En la casa me dijeron que  si estaba loca, que con que iba a pagar un local. Y, si,  me hice al local. Yo sabía que tenía futuro, pero no cómo…  Pedí el favor que me dieran quince días y lo que vendía lo ahorraba y pague el primer mes. Y, ahí, seguí dándole, dándole.

En el local había funcionado una tiendecita y un amigo que tenía un mini mercado me prestaba algunos víveres para vender y el resto lo llenaba con cajas vacías. Luego fui comprando algunas cosas.

Llegó un momento de mi vida en que tuve que salir del país por una enfermedad de un hermano y me toco dejar todo. A los dos años regresé de Inglaterra, aburrida por el clima, el idioma y sobre todo por la ausencia de mis hijos… Y tocó volver a empezar. No habían locales disponibles en el centro comercial  y otra vez el andén, el cajoncito, la calle. Me ofrecieron locales en Metrocentro Dos, pero yo sabía que mi futuro estaba en el número uno.

Un día llegaron los funcionarios de Espacio Público, de la Alcaldía de Medellín,  haciendo control a los venteros ambulantes, me quitaron el cajón y me tiraron todo al piso… Y la gente me gozaba y yo decía no y no y no y, entonces, me dije: lo logro o lo logro, llamé a  la casa y saque otro cajón. Cuando venían los funcionarios del municipio, los comerciantes me escondían en el centro comercial y luego volvía y sacaba el cajoncito…

Pasados unos seis meses llegó lo que esperaba: un local al interior del centro comercial. Tenía quinientos mil pesos que le di al propietario, al que le dije: entrégueme las llaves que yo le respondo… Y entonces otra vez de cero, sin un peso en el bolsillo.

Para acreditar el negocio me turnaba con mi hija, en la calle, para indicarles donde estábamos trabajando, y… ya llevo diez años. Ahora en un local mucho mejor.

La Negra… Buscamos un nombre que llamara la atención, que tuviera recordación… Muy poca gente sabe cómo me llamo y me encanta que me digan La Negra. Entonces ese era el nombre perfecto.

El momento más doloroso de esta historia cuando me sacaron los de Espacio Público. Eso me marcó, eso me impulsó hacia adelante. Si eso no pasa no hubiese tenido el arranque… Unos se reían, a otros les daba pesar. Yo le doy gracias a Dios por todos los momentos difíciles que he tenido, porque eso me impulsa.

Tantos momentos felices… el que la gente haya confiado en mí, saber que mi palabra vale, que sin un peso he podido comenzar  gracias a la confianza de los demás, el sacar adelante a mis hijos…

He tenido confianza, persistencia. Para donde voy voy. Pa´delante.”

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