EL CURA, EL AHOGADO Y SU MUJER

EL CURA, EL AHOGADO Y SU MUJER
Eligio Palacio Roldán
Diapositiva22

Las manos se movían desesperadas de arriba a abajo tratando de desaparecer un pequeño punto negro sobre la templada sábana. Un grito desesperado rompió la noche,  el anciano sudoroso parecía librar su última batalla por la limpieza; se le veía impotente, desorientado, con sus escasos cabellos blancos desordenados; allí, en su cama, vestida de blanco inmaculado.

 No era esta la única pesadilla del anciano Cura, allí, en la casa de retiro, donde permanecía encerrado haciendo frente a la justicia de los humanos; en varias oportunidades, en sus sueños, se sentía asediado por cientos de perros que amenazaban devorarle. Esos perros, habían sido sus primeras víctimas; bueno, las primeras que habían muerto, otras estaban, aún, vagando por el mundo.

Fueron las mujeres, en el pueblo vecino, las que descubrieron la masacre, esa madrugada, cuando llegaron al rosario de aurora; todos estaban allí, con las bocas abiertas que dejaban ver unos dientes blancos, brillantes, en medio de la baba espesa.

Que fueron más de cien perros dijeron algunos; que murieron muchos de pedigrí, agregaron otros. Los perros solían ladrar toda la noche, libraban grandes batallas, en el amplio atrio de la iglesia que le había robado las entradas a las casas vecinas; semanas antes hubo un escándalo: un hombre quiso salir, en la madrugada, de la Casa Cural, los perros se le abalanzaron y si no es por el Cura, que hizo disparos al aire, el hombre habría sido devorado por los animales. Muchos dicen que, ese hombre, era el mismo ahogado de varios años después, en Lapario.

Un día, a los pocos meses de la llegada del Cura, al pueblo, cuando ya había derrumbado la entrada gótica y el ángel del cementerio,  a la media noche, se sintieron susurros y el ruido de vehículos que se alejan; en la mañana se vieron los bares y las casas de las afueras abandonadas por las mujeres de la vida alegre. En las semanas siguientes, se habló de amenazas. Una noche de viernes, se sintieron los disparos que acabaron con la vida de un joven alto, de grandes ojos negros.

Cuentan que El Cura conocía los pecados de todos los habitantes del pueblo y que los más pecadores: los infieles, los homosexuales, las prostitutas, los drogadictos y los ladrones se marcharon del pueblo gracias a los “consejos” del sacerdote; otros, que no los atendieron, fueron asesinados.

El Cura había nacido para servirle a Dios, a la Iglesia. Cuentan que, de niño, su padre lo subía a un viejo pilón de madera para que oficiara de sacerdote; de adolescente ya llevaba varios años de acólito y de adulto eran muchos los seres del sexo masculino que había convertido “a la fe”, gracias a su ternura y buen trato.

Todo empezó a ir mal desde aquel día en que La Mujer, habló con el Obispo; el prelado llamó de inmediato  al Cura y le exigió escoger entre él y la iglesia, y el hombre. Con el Ahogado había un amor de siempre, con el Obispo una relación de pasión y de conveniencia…  Eran tantos los secretos compartidos.

El Cura no quiso tener nada más con El Ahogado; dicen que se despidió de él con severidad pero que, cuando se marchó, lloró por mucho tiempo; cuentan, incluso, que aún tiene una fotografía suya, ya borrosa por las lágrimas y el sudor impregnados, que acaricia a escondidas.

Indica la historia, o quizás la leyenda, que El Ahogado, antes de sumergirse en las aguas del río, dejó ante las autoridades una carta con las pruebas de los delitos de El Cura; otros dicen que fue La Mujer quien lo denunció. El Obispo fue ascendido a Cardenal.

En Lapario, aún, muchos afirman que El Cura es un santo; que el pueblo es lo que es gracias a lo que hizo, por la limpieza de la región, que desde su llegada al pueblo todo fue prosperidad. No saben, la gran tragedia del sacerdote: la pequeña mancha negra, de su sábana.

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One comment

  1. Interesante el blog, aunque sugiero en la pagina de inicio publicar el título y un extracto, mas no el articulo completo. Lo anterior hace más fácil la lectura y navegación.

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