JUNTOS DESPUÉS DE LA MUERTE

JUNTOS DESPUÉS DE LA MUERTE

Eligio Palacio Roldán

Habían jurado amarse hasta que la muerte los separase, en la iglesia, frente al sacerdote, dando la espalda a la familia, los amigos y cientos de curiosos que presenciaban la suntuosa boda.

—Es que ni la muerte nos va a separar —dijo Ana sonriente.

El viajero recuerda que muchos hablaron de malos augurios para los recién casados cuando no pudieron recibir las felicitaciones en el atrio de la iglesia por la pertinaz lluvia de esa mañana de un 13 de septiembre. Doña Adela, por ejemplo, dijo que estaban desafiando al destino: «¿Cómo se les ocurre casarse en un mes de lluvias y, para acabar de ajustar, un martes 13?», agregó. «Muchas lágrimas correrán por sus mejillas», dijeron otros.

Y muchas lágrimas corrieron por las mejillas de Ana; nunca aceptó que Andrés amara a otras mujeres tanto o quizás más que a ella, tampoco que un día la abandonara.

«Por poco tiempo será», decía, mientras unía uno a uno los cientos de trozos de tela, cual rompecabezas, para fabricar otra de sus vistosas colchas de retazos.

Mientras cosía, enceguecía, envejecía, moría.

«Murió de tristeza», dijeron algunos. «De rabia», afirmaron otros.

Lapario no salía de su asombro y tristeza cuando el 20 de septiembre amaneció muerto Andrés…

«Un infarto», dijo su última mujer en la tierra. Ana lo tenía atado a su vida… También a su muerte.

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