OTROS PECADOS DEL CURA

OTROS PECADOS DEL CURA

Eligio Palacio Roldán

Cuando las sombras cubrían a Lapario, terminada la misa de las seis de la tarde, se veía a un hombre de botas, sombrero y ruana transitar por los alrededores del pueblo, en especial por los lados del cementerio y la zona donde la quebrada desemboca en el río. No lo acompañaba ninguna luz. Algunos dijeron que era un fantasma.

El hombre, camándula en mano, recorría los parajes donde los habitantes del pueblo aprovechaban la llegada de las sombras para prodigarse amor. Algunos decían que oraba; otros, que sentía placer observando, en especial a los hombres desnudos, y que su interés llegaba al clímax cuando se trataba de una pareja o de un grupo de varones.

Entrada la noche, a ese mismo hombre se le veía ingresar a la casa cural por la calle lateral, eludiendo a los perros que siempre desafió porque lo delataban y, momentos después, encenderse la luz de la habitación del cura, en el segundo piso. Afuera, El Ahogado esperaba alguna señal que tan solo llegaba de vez en cuando, quizás luego de una expedición fracasada.

En la mañana, Mario, ese personaje mítico de Lapario, cumplía con su melancólica función: repartía citaciones a lo largo y ancho del pueblo.

Después, hombres, generalmente jóvenes, caminaban espaciadamente hacia la casa cural. Decenas, cientos, millares de ojos sobre sus cuerpos hacían que anduviesen cabizbajos, temblorosos, avergonzados, con miedo…

Alrededor de la camilla, cuatro candelabros con sus respectivas velas encendidas iluminaban tenuemente el escenario. Sobre ella, un hombre semidesnudo parecía temblar de frío, o de miedo. Al fondo, en una cruz inmensa, Cristo reflejaba la misma impotencia de hace dos mil años.

El cura iba rociando agua bendita con la mano izquierda mientras pronunciaba palabras inaudibles, y aplicaba aceite con la otra sobre el cuerpo del aterrorizado hombre. Después, dejaba a un lado el agua para utilizar ambas manos, que se deslizaban sobre el cuerpo —ahora completamente desnudo— hasta generar gritos de miedo o de placer difíciles de distinguir, los cuales se escuchaban por los alrededores de la iglesia.

Cuenta la historia que, con el tiempo, eran muchos los hombres que asistían a exorcismos voluntarios y repetitivos buscando tranquilizar sus aflicciones. Obviamente no tanto como las del atormentado Ahogado, quien permanecía por horas en el parque viendo a los hombres pasar hacia la casa cural.

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