UNO VUELVE SIEMPRE (II)… LOS TIEMPOS DE PABLO ESCOBAR

UNO VUELVE SIEMPRE (II)… LOS TIEMPOS DE PABLO ESCOBAR 

Eligio Palacio Roldán

“Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde  amó la vida
y entonces comprende
cómo están de ausentes
las cosas queridas…” 
 

Los viejos sitios donde amó la vida no siempre traen los mejores recuerdos. Algunos, incluso, se quisieran olvidar. Otros no alcanzan a ser ni siquiera un recuerdo, se quedan, allí, suspendidos en el aire. Tan difíciles de retener. Tan difíciles de vivir conscientemente. Fueron tantas las verdades eludidas. Tantos sueños que se creyeron frustrados, convertidos por el tiempo en realidad. Tanta inquietud por un futuro que ya pasó.

Y es tanta la nostalgia que, esos días, aparecen, una y otra vez, en otra dimensión. Aparecen como restos guardados, por los que hay que responder, por los que se tiene una deuda, por los que hay pagar.

La década del 80, la década de la Universidad, la primera universidad: la Nacional de Colombia, la Escuela de Minas, y los primeros días de la vida laboral la pasé en el barrio Cristo Rey, en Medellín.

Era la época de Pablo Escobar y su barbarie. En la esquina, cercana al pequeño apartamento donde vivía, los muchachos pagados por Fabián Chiruza, uno de los lugartenientes del capo, reían, se burlaban, hacían gala de su poder: Intimidaban. Dentro del pequeño cuarto, un clóset de lona, una mesa de planchar, la plancha. Una grabadora, Un pequeño fogón, dos ollas y… Una cortina de círculos amarillo y café eludiendo, el exterior.

Una noche fría, de lluvia, se escucharon disparos y un hombre pedir ayuda. Se estaba desangrando. Estaba muriendo. Luego otros cinco o seis tiros lo silenciaron para siempre. Su gemir se escuchaba ahí mismo, en el andén.

Y después, en la mañana, los mismos hombres sonriendo. Atemorizando. En Navidad recorrían las calles repartiendo regalos. En la noche las fiestas, con “marranada” incluida, opacaban cualquier celebración familiar. Muchos huyeron. Otros murieron.

El tiempo pasa, las cosas cambian. Algunas zonas con la intervención del estado progresan; otras por su ausencia se degradan.

Al regreso, más de 20 años después, la zona ha ganado una dinámica comercial importante; dicen que la construcción del puente Gilberto Echeverri Mejía, sobre la cuatro sur, generó la apertura de muchos restaurantes: “la gente viene a comer acá, que es más económico,  y luego se va de rumba a la zona de El Poblado, al Parque Lleras”, dice una vecina del sector.

El supermercado Comfama desapareció. Al cruzar la calle, la casa vecina se ha convertido en una pizzería, el pequeño apartamento ya no lo es tanto: ha crecido. Tiene una ventana nueva. Desde el segundo piso una mujer sale al encuentro. La huella de los años está en su rostro, en su contextura física. La vida, o la muerte, no han tratado bien a su familia, como a la mayoría de los antioqueños, como a la mayoría de los colombianos. Todos los hombres de la casa murieron. Al menor lo mató su exesposa.

Atrás quedó el esplendor de la juventud. Las lágrimas aparecen en las miradas esquivas. Es el ayer.

 

 

 

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