LA COLINA EN LLAMAS

LA COLINA EN LLAMAS

Eligio Palacio Roldán

La casa estaba ubicada en el lugar perfecto. En una pequeña y redondeada colina desde donde se divisaba toda la ciudad. La gran ciudad.

El hombre se sentía orgulloso de la casa; pero, más aún, de la verde colina plantada de jardines. Su ascenso era mucho más que respirar aire puro. Era el placer de ver, oler, palpar, oír y hasta saborear frutos, raíces, tallos y hojas de los árboles plantados alrededor del sendero que conducía a la casa.

Y los riachuelos cristalinos.

No recordaba muy bien como había construido la colina. Eso sí, sabía que era su obra.

Aquella tarde de amarillos intensos le pareció fantástica. Incluso habría hecho hasta lo imposible por retenerla en su memoria. Pero su memoria, su gran memoria, estaría ocupada con otros recuerdos, quizás más hermosos, pero de una zozobra insospechada. Del suelo surgían cientos, miles de fuentes de humo que se fundían con la neblina, de aquellos días de verano. El frío de la tarde daba paso a un inesperado calor y la superficie en el suelo se hacía rojiza, quebradiza, cual ceniza producida por el helecho seco al arder.

Entonces llegaron los recuerdos.

La colina había sido construida con aserrín de, también, cientos, miles de árboles, la mayoría de pino, derribados por la ambición. Y ahora ese aserrín ardía desde su interior y lo consumía todo.

El humo, las llamas ascendían, también, cientos, miles de metros y devoraban la casa.

Anuncios

One comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s