Archivos en la Categoría: EN OTRA DIMENSIÓN

RETRATO HABLADO

RETRATO HABLADO

Eligio Palacio Roldán

Cuando vio el retrato hablado, fijado en las paredes empañetadas de las casas del pueblo, le pareció conocido, no obstante representara, solo, la parte posterior del asesino. Le impactó la curvatura de las extremidades inferiores. Observándolo con detenimiento lo descubrió: eran sus propias piernas, su propio cuerpo.

Se sintió descubierto. Un vacío en el estómago le permitió comprender que era imposible borrar sus recuerdos, que estos volvían una y otra vez como entre sueños: Incompletos. Desesperado trató de reconstruirlos. Él había asesinado la mujer y aunque hizo todo lo posible por ocultar las evidencias del crimen, ese retrato lo describía perfectamente. Eso quería decir que alguien conocía su  secreto. Es más, no solo alguien, también las autoridades y si las autoridades lo sabían, en pocas horas sería detenido y, con ello, su posición social y económica, construida a pulso, se vendría abajo.

Infructuosamente trataba de ocultar su contextura física, la curvatura de sus piernas. Hizo ejercicios, frente al espejo, para caminar diferente. Cuando recorría las calles se sentía observado, se sentía perseguido y  ante los susurros de las gentes se detenía, respiraba profundo y, con angustia, esperaba un señalamiento, un dedo acusador.

Y lo que más desasosiego le generaba era su imposibilidad para reconstruir la historia: sabía del crimen pero no las circunstancias de tiempo, modo y lugar. Ni siquiera los motivos para asesinarla.

Al atardecer se le veía caminar los parajes de su historia. Con su mirada obsesiva recorría cada espacio, mientras movía la cabeza como si sus ojos pudiesen tocar y reemplazar sus manos. Trataba de encontrar el sitio donde había enterrado la mujer.

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LA FIESTA

LA FIESTA

Eligio Palacio Roldán

Desde lejos se veían las luces que iluminaban la oscura noche. También se escuchaba el murmullo y las risas de las gentes que ahogaban la música brillante del saxofón.  En el amplio restaurante de dos pisos, que simulaba una embarcación, los cientos de invitados se reunían en grupos que charlaban animadamente, censuraban y criticaban a sus semejantes cercanos.

Después las voces se hicieron gritos tratando de esquivar el ruido ensordecedor de la orquesta. Muchos renunciaron a la posibilidad de hablar y se comunicaron con las miradas y los roces de los cuerpos al bailar.  Las calles estaban solas y oscuras. Desde el aire, pareciera que el restaurante fuese realmente una embarcación en altamar.

En el costado norte, en la posible proa, un hombre de pie cargaba una mujer. Alguien pensó era una escena de amor; pero no, allí había un verdadero drama: La mujer se había desmayado, el hombre trató de darle respiración artificial pero la sintió fría, muy fría. Fue entonces que la tomó en sus brazos, la elevó al cielo y trato de pedir ayuda, de gritar, pero su voz se quedó en una mueca muda de dolor.

UNA VISITA DESDE EL MÁS ALLA

UNA VISITA DESDE EL MÁS ALLA

Eligio Palacio Roldán

IGLESIA

Se sintió extraño en ese lugar, el lugar más común de su existencia  y de los habitantes de la región: el atrio de la iglesia. Percibió un paisaje muy diferente a aquel de todos los días. Quizás sean las brumas de la noche, pensó.

Un monje, vestido de riguroso negro, desde los pies hasta la cabeza cubierta,  repartía escapularios de un tamaño muy superior al normal para estos distintivos religiosos. Algunos niños lo rodeaban. Los adultos lo miraban perturbados.

Se le acercó en silencio. El corazón le latía aceleradamente. Respiró profundo y la miró a los ojos. El monje era una mujer de ayer. A través de la capucha se distinguía el hermoso cabello caoba de sus mejores años, su rostro conservada los duros rasgos de sus tiempos de tormenta, pero la mirada, la mirada brillante de otros días, estaba ausente, perdida en la distancia.

La miró intensamente y ella no respondió como antes. Su piel, aunque tersa, parecía pálida, quizás amarilla.

La mujer le entregó un escapulario. El sintió el rose de sus manos heladas.

Observó las estampas, en ellas aparecía la imagen de Hugo Chávez.

Alzó la mirada. La mujer había desaparecido.

No era posible que fuese ella. No tendría en sus manos una imagen del caudillo venezolano. Era una mujer de ultraderecha

BAJO LA LLUVIA

BAJO LA LLUVIA

Eligio Palacio

 

En medio de la noche, el hombre se abría paso entre la neblina y la pertinaz lluvia. Llevaba en sus brazos una mujer. La cubría con una liviana manta y pareciera arrullarla, como se arrullan los niños pequeños.

La mujer se quejaba presintiendo la proximidad de la muerte. Al hombre le rodaban lágrimas por sus mejillas. Recorrían los espacios del recuerdo.

Al comienzo los pasos del hombre se aminoraban por el peso de la mujer. Con el paso de los minutos, el caminar se hizo normal e incluso, se diría, presuroso.

Alguien dijo que acompañaba a la mujer a deshacer sus pasos, pasos que hacía muchos años no podía dar.

A medida que pasaba el tiempo, la mujer iba disminuyendo su tamaño. Sus quejidos se iban apagando.

Un relámpago iluminó la escena y se vio al hombre cargar una muñeca vieja y desecha.

A PUNTO DE DESBORDARSE

A PUNTO DE DESBORDARSE

Eligio Palacio Roldán

La casa imaginada, la casa fantaseada, la casa soñada parecía normal. Quizás lo más llamativo era que estaba en todo el vértice inferior del pueblo y obstruía el paso directo al parque. Y, obvio, a la iglesia. Aunque, pensándolo bien, era imposible acceder al parque, directamente, sin una solución electromecánica como unas escaleras eléctricas, un teleférico, un cable aéreo o un ascensor. Tras la casa se levantaba un talud gigantesco.

Ingresó a la casa tenso, intrigado. Todo normal a la vista. Demasiadas habitaciones pintadas de blanco, quizás. Sin embargo, no supo cómo, traspasó la pared posterior y se vio inmerso en un jardín misterioso. Invisible para las gentes y ubicado en un estrecho cañón, en el camino al parque, con una inmensa y oscura pared a la derecha en cuya cima se percibía el vapor del agua. Por las grietas se veía el goteo del agua atrapado en musgos y líquenes.

Sin saber cómo, ascendió hasta el parque y al acceder a la cúpula de la iglesia descubrió la gran represa que amenazaba desbordarse sobre el pueblo.  Las gritas de la pared se fueron ampliando y las gotas de agua se convirtieron en chorros, en avalanchas cargadas de espuma. Un intenso ruido, superior al de las crecientes del mes de mayo, ahogaba cualquier sonido, cualquier grito.

No hubo más recuerdos. Ni siquiera quienes vivieron allí o si allí vivió alguien.

Por el estrecho cañón ahora corre un pequeño riachuelo y donde supuestamente existió la iglesia una inmensa roca imposible de escalar.

La casa, el jardín y el parque son solo un recuerdo, o una fantasía o un sueño.

LA COLINA EN LLAMAS

LA COLINA EN LLAMAS

Eligio Palacio Roldán

 

La casa estaba ubicada en el lugar perfecto. En una pequeña y redondeada colina desde donde se divisaba toda la ciudad. La gran ciudad.

El hombre se sentía orgulloso de la casa; pero, más aún, de la verde colina plantada de jardines. Su ascenso era mucho más que respirar aire puro. Era el placer de ver, oler, palpar, oír y hasta saborear frutos, raíces, tallos y hojas de los árboles plantados alrededor del sendero que conducía a la casa.

Y los riachuelos cristalinos.

No recordaba muy bien como había construido la colina. Eso sí, sabía que era su obra.

Aquella tarde de amarillos intensos le pareció fantástica. Incluso habría hecho hasta lo imposible por retenerla en su memoria. Pero su memoria, su gran memoria, estaría ocupada con otros recuerdos, quizás más hermosos, pero de una zozobra insospechada. Del suelo surgían cientos, miles de fuentes de humo que se fundían con la neblina, de aquellos días de verano. El frío de la tarde daba paso a un inesperado calor y la superficie en el suelo se hacía rojiza, quebradiza, cual ceniza producida por el helecho seco al arder.

Entonces llegaron los recuerdos.

La colina había sido construida con aserrín de, también, cientos, miles de árboles, la mayoría de pino, derribados por la ambición. Y ahora ese aserrín ardía desde su interior y lo consumía todo.

El humo, las llamas ascendían, también, cientos, miles de metros y devoraban la casa.

LA CAMARA

LA CAMARA

Eligio Palacio Roldán

Alguna vez descubrió que sus ojos no alcanzaban a percibir la belleza a su alrededor. Lo hizo mirando unas fotografías del parque que recorría a diario: Los árboles, la pequeña fuente, sus seres queridos, las gentes. Todo era más hermoso en el papel.

Compró entonces una cámara en la que capturó cientos de imágenes que miraba, una y otra vez, hasta extasiarse, al comienzo. Luego del éxtasis pasó al desespero: buscaba saber cómo serían los pequeños puntos que su mirada no alcanzaba a distinguir. Presintió seres y paisajes indescriptibles. Por ello, adquirió una cámara con un mejor lente. Y luego otra y otra y otras más. Y fueron tantas que sus muebles fueron cubiertos por ellas. También el piso de su casa. Y hasta su cama.

Pero ninguna cámara fue suficiente para descubrir los grandes secretos que se escondían en las pequeñas sombras: lo real, decía. Fue, entonces, cuando invirtió todo su capital en aquel lente inmenso.

Cuando lograba capturar una imagen, para hacerla virtual, ésta desparecía de la realidad. Las gentes entonces comenzaron a huir, aterrorizadas,  al intuir la presencia de una cuadrilla de hombres que transportaban el cristal hasta los sitios donde se harían las fotografías.

Bajo el brillante sol de mediodía los hombres que cargaban el cristal huyeron asustados. El cristal se hizo añicos como el alma del fotógrafo.  Varias horas después, cientos de fotógrafos capturaron en sus cámaras la escena de la muerte de dueño de la cámara gigante, en medios de grumos de sangre y cristal.

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