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NOSTALGIA DEL FUTURO YA PASADO

NOSTALGIA DEL FUTURO YA PASADO

Eligio Palacio Roldán

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La primera vez que tuvo esa sensación de vacío en el estómago y profunda tristeza fue en 1971 cuando trataba de ver, en la imagen borrosa de la televisión, en blanco y negro, una escena de la telenovela peruana Simplemente María. En ella, la cámara hacía un paneo sobre los objetos del pasado de la historia, entre ellos una máquina de coser Singer, símbolo de la obra, y los que marcarían el tiempo presente y futuro de los personajes de la serie ícono de los dramatizados  en Latinoamérica, en el siglo pasado.

Puede leer https://cinicosdesinope.com/cine-y-series/simplemente-maria-la-novela-que-conquisto-america-en-1970/

El sentimiento se intensificaba no tanto con las imágenes resumen de lo ya transcurrido, en la telenovela, sino al observar los que representaban el porvenir.

Después tuvo la misma sensación muchas otras veces, en especial escuchando canciones como Gracias amor por todo lo vivido (https://www.youtube.com/watch?v=OO0f9DTVTe4), Algo de mí (https://www.youtube.com/watch?v=_SNc07Duhac) o, más recientemente, Tango To Evora (https://www.youtube.com/watch?v=JedmQen0M50) y O Pastor (https://www.youtube.com/watch?v=Dt1jMWVvcqg), entre otras. También alguna noche de fría neblina tras ver la presentación de otra telenovela: Un Largo Camino (https://es.wikipedia.org/wiki/Un_largo_camino).

No comprendía por qué el pasado no le despertaba nostalgia y si mucha y muy dolorosa el futuro. Lo entendió solo aquel día, cuando un hombre le dijo: “Era un hombre mayor, como usted”.

Y es que fue mucho más doloroso ese futuro, que ya era pasado.

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AL FILO DE LA TARDE

AL FILO DE LA TARDE

Eligio Palacio Roldán

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Con las últimas luces de la tarde sobre su cuerpo, se proyectaba una sombra inmensa en la ladera por la que descendía el hombre, todos los días, al caer del sol.

Algunos dijeron que era un gigante venido de tierras extrañas, Para la mujer era su espera, su ilusión, su deseo. A las 6:00 llegaba hasta ella y la besaba apasionado, luego la sombra se sumergía en la noche.

Esa tarde lo aguardó por horas, quizás hasta la madrugada. No volvió más. Después, ella lo esperó por incontables atardeceres, como Penélope, la de la canción de Serrat. No lloró. Tampoco habló más.

Con el tiempo se borraron las imágenes del hombre,  la sombra gigante y  la mujer, ya tan marchita como la misma tarde. Incluso la de la ladera, que sucumbió al progreso. Allí, hoy, se levantan imponentes edificaciones.

EL TRIANGULO

EL TRIANGULO

Eligio Palacio Roldán

Lo tenía en su memoria. También  escrito en las pocas líneas de su diario inconcluso. Bueno, sin iniciar se diría. Fue un sueño…

Era una noche oscura y fría. Llovía. El taxi lo dejó en el amplio parque, con la iglesia al fondo. Era quizás el parque más grande de la ciudad. De muchas ciudades.

Corrió hacia un andén para protegerse de la inclemente lluvia. La calle estaba oscura. Tuvo miedo. Miró en todas las direcciones y solo sombras. “Sombras nada más”.

Camino lentamente, pegado a la pared, por la calle diagonal, como una sombra más, hasta que llegó al vértice del triángulo. Una intensa luz envolvió su trémulo cuerpo, se cubrió la cabeza, con las manos, tratando de protegerse de la corriente eléctrica del rayo que no llegaba, que no llegó.

Poco a poco fue girando su cuerpo y se encontró con la luz intensa de la salsamentaria que abría su puerta, en el propio vértice del triángulo. Un hombre, de mediana estatura, emergió tras el mostrador.

  • ¿Que busca señor?, interrogó.
  • Busco un salón donde hay una fiesta, respondió sin lograr calmar su ansiedad

El hombre saltó hacia un costado de la salsamentaría y abrió una puerta que daba paso a una oscuridad profunda.

  • Cruce la calle le dijo, es al frente.

En ese instante, recordó el sueño descrito en su diario. El terror le recorría el cuerpo desde la punta de su cabeza hasta los dedos de los pies. Es la puerta hacia la muerte, pensó.

Y luego, desapareció en medio de la oscuridad.

UNA EXPERIENCIA MISTICA

UNA EXPEREINCIA MÍSTICA

Eligio Palacio Roldán

Al comienzo el ladrido de los perros, Husky Siberianos, que con fuerza arrastran el trineo. Después, el ruido de las cuchillas cortando el hielo. El viento tratando de frenar tu paso. La nieve rozando tu cara y dejando huellas sobre tu pesada ropa. La mirada perdida en el gris de los árboles y en el blanco inmenso e intenso de la tierra, el cielo y el horizonte. La alegría y la conmoción de quien descubre lo bello, de quien palpa algo extraordinario y maravilloso. Quizás alguna lágrima.

Después el repliegue de los sonidos. La ausencia de tus ropas, de tu cuerpo, de tu piel y tú mirada. Y, entonces, entras a hacer parte del universo, del infinito. No eres tú, eres parte de la inmensidad. La totalidad de la inmensidad. Una conexión perfecta con tu esencia y de esta con el universo. Una experiencia por fuera del espacio y del tiempo, más allá de la vida y de la muerte. Una vivencia mística.

Nada te perturba. No piensas, no sientes, no sufres. Tampoco puedes decir que eres feliz. Eres la nada y la totalidad.

Fue un día de febrero, de 2018, en una granja en las inmediaciones de Rovaniemi, en Finlandia.

RETRATO HABLADO

RETRATO HABLADO

Eligio Palacio Roldán

Cuando vio el retrato hablado, fijado en las paredes empañetadas de las casas del pueblo, le pareció conocido, no obstante representara, solo, la parte posterior del asesino. Le impactó la curvatura de las extremidades inferiores. Observándolo con detenimiento lo descubrió: eran sus propias piernas, su propio cuerpo.

Se sintió descubierto. Un vacío en el estómago le permitió comprender que era imposible borrar sus recuerdos, que estos volvían una y otra vez como entre sueños: Incompletos. Desesperado trató de reconstruirlos. Él había asesinado la mujer y aunque hizo todo lo posible por ocultar las evidencias del crimen, ese retrato lo describía perfectamente. Eso quería decir que alguien conocía su  secreto. Es más, no solo alguien, también las autoridades y si las autoridades lo sabían, en pocas horas sería detenido y, con ello, su posición social y económica, construida a pulso, se vendría abajo.

Infructuosamente trataba de ocultar su contextura física, la curvatura de sus piernas. Hizo ejercicios, frente al espejo, para caminar diferente. Cuando recorría las calles se sentía observado, se sentía perseguido y  ante los susurros de las gentes se detenía, respiraba profundo y, con angustia, esperaba un señalamiento, un dedo acusador.

Y lo que más desasosiego le generaba era su imposibilidad para reconstruir la historia: sabía del crimen pero no las circunstancias de tiempo, modo y lugar. Ni siquiera los motivos para asesinarla.

Al atardecer se le veía caminar los parajes de su historia. Con su mirada obsesiva recorría cada espacio, mientras movía la cabeza como si sus ojos pudiesen tocar y reemplazar sus manos. Trataba de encontrar el sitio donde había enterrado la mujer.

LA FIESTA

LA FIESTA

Eligio Palacio Roldán

Desde lejos se veían las luces que iluminaban la oscura noche. También se escuchaba el murmullo y las risas de las gentes que ahogaban la música brillante del saxofón.  En el amplio restaurante de dos pisos, que simulaba una embarcación, los cientos de invitados se reunían en grupos que charlaban animadamente, censuraban y criticaban a sus semejantes cercanos.

Después las voces se hicieron gritos tratando de esquivar el ruido ensordecedor de la orquesta. Muchos renunciaron a la posibilidad de hablar y se comunicaron con las miradas y los roces de los cuerpos al bailar.  Las calles estaban solas y oscuras. Desde el aire, pareciera que el restaurante fuese realmente una embarcación en altamar.

En el costado norte, en la posible proa, un hombre de pie cargaba una mujer. Alguien pensó era una escena de amor; pero no, allí había un verdadero drama: La mujer se había desmayado, el hombre trató de darle respiración artificial pero la sintió fría, muy fría. Fue entonces que la tomó en sus brazos, la elevó al cielo y trato de pedir ayuda, de gritar, pero su voz se quedó en una mueca muda de dolor.

UNA VISITA DESDE EL MÁS ALLA

UNA VISITA DESDE EL MÁS ALLA

Eligio Palacio Roldán

IGLESIA

Se sintió extraño en ese lugar, el lugar más común de su existencia  y de los habitantes de la región: el atrio de la iglesia. Percibió un paisaje muy diferente a aquel de todos los días. Quizás sean las brumas de la noche, pensó.

Un monje, vestido de riguroso negro, desde los pies hasta la cabeza cubierta,  repartía escapularios de un tamaño muy superior al normal para estos distintivos religiosos. Algunos niños lo rodeaban. Los adultos lo miraban perturbados.

Se le acercó en silencio. El corazón le latía aceleradamente. Respiró profundo y la miró a los ojos. El monje era una mujer de ayer. A través de la capucha se distinguía el hermoso cabello caoba de sus mejores años, su rostro conservada los duros rasgos de sus tiempos de tormenta, pero la mirada, la mirada brillante de otros días, estaba ausente, perdida en la distancia.

La miró intensamente y ella no respondió como antes. Su piel, aunque tersa, parecía pálida, quizás amarilla.

La mujer le entregó un escapulario. El sintió el rose de sus manos heladas.

Observó las estampas, en ellas aparecía la imagen de Hugo Chávez.

Alzó la mirada. La mujer había desaparecido.

No era posible que fuese ella. No tendría en sus manos una imagen del caudillo venezolano. Era una mujer de ultraderecha

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