EL CESTO

EL CESTO

Eligio Palacio Roldán

Era la Navidad de un tiempo sin tiempo y, sin embargo, era inevitable la nostalgia de otros días.

Entre las brumas del recuerdo encontró la casa. Los corredores mucho más largos… No… Era que sus pasos eran más lentos y torpes y su visión mucho más borrosa; tanto que, tropezaba a cada instante, en cada recodo, con cada obstáculo…

Oscurecía.

Como pudo, llegó a la sala. Allí estaba ella. En su silla, color verde oscuro. Sonriendo a su llegada y brindándole amor, como siempre. En la pequeña mesa,  un cesto iluminaba el entorno. Contenía las más hermosas joyas, jamás vistas. Ella, tomó la más resplandeciente y se la entregó.

AL BORDE

AL BORDE

Eligio Palacio Roldán

No era claro como había llegado hasta allí. Sería gracias a sus enemigos, a sus amigos, o tal vez a sí mismo. Era su destino, aquel que tantas angustias y temores le despertara cuando niño y que ya adulto aparecía en sus pesadillas. Al estilo de Jesús de Nazaret, en la cruz, ya todo estaba consumado.

Y, si, allí estaba, al borde del inmenso precipicio cuyo fondo no se alcanzaba a ver, a pesar del intenso sol que alumbraba la fría mañana. Escuchaba e imaginaba el riachuelo de aguas cristalinas que sería su sepultura, allá en el fondo del cañón, y el viaje por el aire cuando su cuerpo terminara de desprenderse. No creía posible chocar contra la roca.

Pensaba que en pocos segundos comenzaría el recuento de las diferentes etapas de su vida. Recuento que dicen hacemos todos en los últimos instantes, ante la proximidad de la muerte. Mientras tanto, se agarraba a pequeños musgos y líquenes que se iban desprendiendo de la roca como él de su existencia. Los pies ya colgaban sobre el precipicio y su tronco se deslizaba lentamente hacia abajo.

PARALIZADO

PARALIZADO

Eligio Palacio Roldán

Aunque solía dormir profundamente, esa noche, sintió que se sumergía en dimensiones desconocidas. Sin saber cómo, llegó hasta su lecho y sin ni siquiera cambiarse de ropa y cubrir su cuerpo con una sábana, como solía hacerlo, se durmió.

Pasadas las horas sintió como si lo amarrasen, aún más, a su cama. Un viento leve movía su cabello, viento que lo liberaba de varias, muchas, cosas.

Al comienzo sintió como su habitación y su casa iban quedando libres de los objetos que lo habían acompañado toda su vida… Uno a uno fue saliendo de su vista. Después se desprendió de sus objetos personales y más tarde de los temores y angustias que lo acompañaron como humano.

No supo a ciencia cierta cuantas horas durmió, quizás fueron días, o tal vez años. Lo cierto es que al abrir los ojos descubrió estar en su casa. En su casa vacía.

EL BESO DEL ADIOS

EL BESO DEL ADIÓS

Eligio Palacio Roldán 

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Desde siempre espero ese beso. Incluso creería que desde antes de nacer. Lo imagino cientos, miles de veces. Lo lloró también en sus días de melancolía.

Con el paso del tiempo lo creyó imposible. Máxime después de su partida.

Aquella noche, después de un intenso día, cuando transitaba  los senderos insondables del sueño, ella llegó hasta su cama, le apartó la sábana que le cubría el rostro y lo besó.

El se sintió feliz por unos instantes, hasta que comprendió que aquél no era ese primer beso soñado, si no el ultimo. El beso del adiós

EL VIAJE

EL VIAJE

Eligio Palacio Roldán

Las gentes corrían por las calles tratando de abordar algún vehículo que los llevara al encuentro con el hombre. Él se negaba hacerlo, primero, porque no había caído a los pies del personaje como casi todos los habitantes de la región y, segundo, porque allí quedaría ella, en el balcón, siguiéndolo con su triste mirada hasta perderlo en la distancia.

Pero no fue así. El extraño vehículo lo deslumbró: Era una especie de tráiler con compartimientos individuales y sillas en forma de hamaca. Estaba en la próxima esquina y había un puesto para él.

Como pudo llegó a su casa sin saber que vestuario llevar, no sabía a donde iba. Quizás iría a un sitio de clima cálido y sin embargo tomó un abrigo. Era otro frío el que trataba de menguar. Salió corriendo. Allí quedó ella: triste, preocupada, ansiosa esperando su regreso.

Las gentes se arremolinaban al pie del vehículo. Como pudo, con mucha dificultad, prácticamente arrastrado por sus compañeros de viaje, ascendió hasta su sitio. Desde lo alto, con el temblor propio de una hamaca meciéndose por el movimiento de un vehículo y de su mismo temor, divisó su pueblo.

Unas grandes y sucias piscinas de un parque acuático y unas altas edificaciones, que no conocía, lo deslumbraron. Ese no era su pueblo, se encontraba sobre una ciudad extraña.  El suyo, aquel pequeño y bucólico lugar, que la contenía a ella, solo existía en sus recuerdos o quizás en su imaginación.