SIN ESPERANZA

SIN ESPERANZA
Eligio Palacio Roldán
La inundación era tan grande, tan grande, como el dolor de Martín, y tan pequeña, tan pequeña,  en comparación con la ausencia.

creciente roja

El Viajero quiere observar en una fotografía aérea los espacios que recorrió en su infancia; ingresa al archivo del pueblo y su mirada se posa en unas hojas amarillentas que no puede, no quiere, esquivar.

Demanda por violación contra Martín Vallejo…

Lapario, agosto de 19..

Esa sensación mental de encontrar la solución a un enigma, acompañada de un sudor frío recorriendo su cuerpo, acude de nuevo a El Viajero;  por unos instantes siente quizás lo mismo que Aurelio Babilonia, el mítico personaje de Cien Años de Soledad,  cuando descubrió el contenido de los pergaminos. Ahora, también, era demasiado tarde, ¿Cuántos años habían pasado para, de un momento a otro,  descubrir el origen de la tragedia?  Y ¿Para qué conocerlo? ¿Para qué, si  sus protagonistas ya ni siquiera habitaban el cementerio?…

Aquella noche la quebrada separaba con furia y violencia el pueblo y el cementerio, como era habitual en el mes de mayo, sobre el agua se reflejaban las antorchas que, cual luciérnagas, iluminaban el camposanto. Desde el pueblo, cuando el ruido del agua lo permitía, se escuchaban los sollozos de las mujeres y las palabras doloridas y de venganza de los hombres.

En la orilla opuesta, la del pueblo, se sintieron los gritos desgarrados de Martín Vallejo y unos disparos al aire. El pueblo guardó silencio.

La inundación era tan grande, tan grande, como el dolor de Martín, y tan pequeña, tan pequeña,  en comparación con la ausencia.

Esperanza había muerto a causa de una enfermedad misteriosa y contagiosa; sus piernas comenzaron a inflamarse de tal manera que hubo que cambiar sus ropas, por unas más anchas; su hermoso rostro fue cambiando a uno más lúgubre, triste y desaliñado. Se le veía suspirar por los rincones, con la cabeza siempre baja, “sin esperanza”.

Murió en las primeras horas de la mañana. Dijeron que desangrada, algunos vieron correr agua de color rojo hacia la quebrada; después, la lluvia lo lavó todo, hasta las conciencias.

Que no la pudieron llevar a la iglesia por miedo a un contagio, contaban los abuelos. Algunos se atrevieron a decir que el sacerdote no le quiso dar cristiana sepultura. Alguna vez, unas señoras, al salir de la iglesia, dijeron que el padre de Esperanza marchó hacia el pueblo vecino, con una pequeña canasta, vestida de blanco, y que la dejó donde las monjas, a las que ayudó, económicamente, toda su vida.

De Martín no se volvió a saber nada; algunos afirmaron que partió a recorrer el mundo cargado de desgracia, “sin esperanza”; otros que se había vuelto un ermitaño y vivía en la alta cordillera; lucía largas barbas y nadie se le podía acercar, comía vegetales y uno que otro animal que cazaba. A lo lejos, en las noches, se le escuchaba llorar.

Muchos no entendieron que tenía que ver la historia de Martín con la de Esperanza; otros, más suspicaces; dijeron que al padre de Esperanza le había podido más el rencor y el deseo de venganza,  que el amor por su hija.

Y allí, en esas hojas amarillentas, estaba toda la historia:

Esperanza había sido sorprendida en brazos de Martín, en la cocina de leña de la casa.

Ella era un ejemplo de mujer, bonita, hacendosa y cariñosa con sus padres; él un trabajador de la casa, Negro.

Unos vecinos, declararon ante el Juez, que cuando los padres dormían, Martín saltaba la tapia del solar y llegaba hasta la cocina donde Esperanza lo esperaba. Era un amor imposible. El Juez, no les creyó.

Cuando fueron sorprendidos, era demasiado tarde: Esperanza esperaba un hijo.

Martín fue condenado a la cárcel, por violación. Tuvo que huir de Lapario, nunca más pudo volver a ver a Esperanza y ella estuvo esperando el hijo que le devolvería la fe en la vida… Llegó una hija que Esperanza no pudo ver, la hemorragia y la desatención en el parto, para que los habitantes del pueblo no se enteraran, provocaron su muerte.

 

 

 

 

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