RECUERDOS DE MAMA

RECUERDOS DE MAMA
Eligio Palacio Roldán
Y después, en el asilo, viviendo de los recuerdos, disminuida físicamente, preguntando a cada instante la hora, esperando el domingo, cuando un hijo o un nieto, quizás, le visiten.
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El viajero quiere revivir los días de una niñez aciaga. Llega hasta el estrecho valle donde transcurrieron los días de la infancia. Recuerda el pequeño rancho: una habitación, una cocina diminuta, paredes de tapia y techo de paja. De la casa solo quedan algunos restos. De su mamá, muchos recuerdos y una pequeña fotografía, en sepia, que porta en su billetera.

El hombre que regresa al pasado, con la idea de reconstruir y entender lo que fue su existencia, cierra los ojos y ve pasar cientos de imágenes, que emergen con fuerza desde la oscuridad:

Son las cuatro de la madrugada y su madre ya está en pie. Con una melancólica sonrisa, vacía el caliente chocolate en botellas y envuelve en papel, de concentrado para las vacas, las arepas para el desayuno, que sus hijos llevan a la escuela.

Después la observa, allí en la puerta del rancho, luego de bendecirlos, mirando, con dolor, como se esfuman en medio de la neblina, de las primeras horas del día. La ve, en el mismo lugar, varios años después, envejecida, con un dolor superior, cuando la policía arresta a uno de sus hijos, por un crimen que, para ella, nunca cometió. Y la siente gritar y gritar, sin llorar, tratando de entender lo que sucede.

Son las diez de la mañana y su madre, luego de servir el desayuno a los hombres que terminaron el ordeño, está en la huerta, bajo el cielo azul, recogiendo, alverjas para el almuerzo. Se mueven las luces y las sombras con el paso del inclemente sol, de tierra fría, hasta que llega al rancho a preparar el almuerzo.

Y la ve feliz con el regreso de sus pequeños, y luego esquivando alguna lágrima cuando escucha los requerimientos económicos de sus hijos y las historias, de la abundancia, de los niños del pueblo.

Son las cinco de la tarde y la mamá saca algunos minutos para su pasión: cultivar rosas. Es feliz con cada capullo, con cada flor, comparando los colores, disfrutando los aromas, viendo las aves llegar a chupar su néctar. Recogiendo los pétalos muertos.

Son las siete de la noche y su madre, entona el Santo Rosario. Da gracias a Dios y reniega por la falta de fe de sus hijos, muchos de los cuales ya no la escuchan. Y la ve por el rabillo del ojo suspirar, tiernamente, mirándolos dormir.

Una noche, junto al fuego, del fogón de leña, contando historias de duendes y brujas, y de algún muerto qua regresó, a ajustar cuentas con su pasado.

Es domingo. El viajero la recuerda, con sus mejores galas: el vestido negro, sobre el cual rodaban caprichosamente los rubios bucles; las medias veladas y los zapatos en una bolsa, para ponérselos en la entrada del pueblo.

Ahora es un día de paseo: en la mañana los chorros de la quebrada y una sonrisa que quedó gravada, para siempre, en el corazón del viajero. Y, luego, una tormenta, granizo y ella, cual gallina protegiendo a los pollitos, para que sus hijos no sufrieran las inclemencias del clima.

Y la observa, en decenas de instantes, silenciosa, cuando, cada uno, de los hijos se marchó de la casa y cuando uno a uno, sus hermanos la fue abandonando, a su suerte, en este mundo.

Y luego envejeciendo, sola, en el rancho.

Y después, en el asilo, viviendo de los recuerdos, disminuida físicamente, preguntando a cada instante la hora, esperando el domingo, cuando un hijo o un nieto, quizás, le visiten.

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6 comments

    1. Qué pereza que el autor el único personaje que conoce es el viajero.
      Qué falta de imaginación!
      Estoy harta de escuchar el viajero, el viajero, el viajero…
      De resto está divino el cuento, nos toca las fibras del alma.

  1. Eligio, que buena historia, yo que soy mayor que tu, puedo xecir que era el diario vivir de nuestras mamas, abuelas y bisabuelas.
    Me regresaste a muchos años atras.

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