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¿CUÁL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

¿CUÁL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

Eligio Palacio Roldán

Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.
HENRY MILLER

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¿Cuál es el sentido de la vida?

  1. “Nacer, crecer, multiplicarse y morir”. Demasiado animal para ser verdad.
  2. “Purificarse para llegar a Dios”. Demasiado derrotista e incierto.
  3. “Servir al prójimo”: Demasiado sacrificado.
  4. “Gozar”. Demasiado hedonista.
  5. “Aprender para trascender a otra escala de la evolución”. Demasiado optimista.

Atendiendo estas teorías una inteligencia superior podría pensar para cada una de las posibilidades:

  1. ¿Cómo otra especie animal, quizás más similar a las ratas que a las demás: dañan, destruyen y devoran sin importar acabar con el propio espacio que habitan?
  2. ¿Unos “bobos” que no viven en el más acá por pensar en el más allá?
  3. ¿Unos tontos que no viven su vida por vivir la de los demás?
  4. ¿Al estilo de un drogadicto?, ¿El placer por el placer?
  5. ¿Haciendo un esfuerzo quizás inútil?, ¿Cómo aves tratando de alcanzar el sol?

¿Cuál es el sentido de la vida? Difícil una respuesta.

¿Cuál es el sentido de la vida de los demás seres vivos? ¿Su “vida” girará alrededor del hombre así como alguna vez, antes de Copérnico, se creía el sol lo hacía alrededor de la tierra, o será al contrario. Un día tal vez descubramos que el hombre gira alrededor de ellos?

El sentido de la vida debe ser, creo, una mezcla de los que he enumerado. Amalgama en diferentes proporciones dependiendo de la esencia de cada ser, esencia que nos hace únicos. Eso sí, debería estar enmarcada en principios universales como no hacerse daño a sí mismo y no hacerlo a los demás; entre ellos, nuestros semejantes humanos, los animales y la naturaleza misma. La tierra en particular y el universo en general.

Difícil hacerlo: La alimentación es necesaria, el vestido también. Y eso, precisamente eso, nos hace más semejantes a los animales y más cercanos a la definición número 1 del sentido de la vida.  Los otros sentidos son más espirituales pero cada vez más alejados de la realidad del día a día, salvo el 4.

Una combinación de los sentidos de la vida enumerados con el 1. y el 4. están poniendo en peligro el planeta y obvio la vida de los seres que contiene: la cantidad de basuras incrementadas por el exceso en consumo de bienes, la contaminación atmosférica originada en las grandes industrias y en los combustibles, utilizados para movilizar los vehículos, generaron el cambio climático que hace estragos en todos los rincones de la tierra.

La conciencia ecológica crece a un ritmo muy lento en comparación con el de la contaminación. Es difícil controlar la situación y al final, al final, pareciera que el sentido de la vida del hombre fuera acabar con ella,

La única salvación, como lo diría un religioso, está en pensar en el prójimo o en el más allá. Por lo menos, esas concepciones (2,3,5) limitan el consumo, impulsado por las grandes corporaciones a través de la publicidad y el mercadeo.

El hombre debe hacer un alto en el camino, preguntarse que hace acá, cuál su futuro en la tierra y actuar en consecuencia.

No siempre es bueno vivir de espaldas a la realidad, como si no nos importara.

ANTES DEL FIN

Los conductores del servicio de transporte público (No poseo vehículo) son mis informantes más importantes.  Esta semana uno se refería en malos términos al alcalde de Medellín por no construir vías y, a cambio, peatonalizar muchas del centro de la ciudad. A él no le importa el cambio climático como no nos importa nada que pueda afectar nuestra situación económica, por dañino que sea para la sociedad. ¿Algún parecido con el narcotráfico?

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EL FIN DEL MUNDO

EL FIN DEL MUNDO
Eligio Palacio Roldán

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El Viajero quiere volver a sentir el vértigo que experimentaba, en un tiempo de la niñez, cuando su madre le prohibía acercarse a los bordes del barranco, que generó, alguna vez,  la furia del agua detenida a la fuerza. Ahora, no había precipicio, una pequeña y redonda colina permitía llegar hasta, el casi, desaparecido riachuelo.

Recuerda la ofuscación de Yomaira, la rolliza profesora de la escuela campesina, que  hacía esfuerzos infructuosos para explicarle a Ramón que la tierra era redonda y  la obstinación de éste por advertir que era plana y que caminando, por centenares de noches y días continuos, se llegaría hasta el borde de un precipicio, por donde al caer se viajaría a dimensiones desconocidas, incluso al cielo, o quizás, al infierno.

A veces, Yomaira, no lograba controlarse y le manifestaba, a gritos, que su teoría era la de los antiguos y que había sido desvirtuada por  filósofos como Pitágoras, Aristóteles y Aristarco. Decía que Pitágoras afirmaba, incluso, que la tierra era una esfera perfecta.

Ramón se defendía diciendo, en medio de burlas de quienes lo escuchaban, que en las noches, en sueños, él viajaba hasta el precipicio, se lanzaba y llegaba a pueblos y paisajes desconocidos; hablaba de montañas blancas y heladas, de lagunas azules inmensas, de agua salada, de grandes extensiones llenas de arena, sin vegetación y con temperaturas muy altas, del sol de medianoche, de noches al medio día… de seres con vestidos y costumbres extrañas, del Tren del Fin del Mundo.

Fue, entonces, cuando se sospechó de la locura del niño; el sacerdote del pueblo trató de ayudarle, le explicó que desde la biblia se hablaba de la redondez de la tierra, le citó: Isaías 40,22 y 55,9.  No pudo convencerlo. Sin embargo, había algo que estremecía al prelado y le generaba gran inquietud: lo que relataba Ramón era real, sucedía en países lejanos;  pero, ¿cómo tenía esa información, si no sabía leer, en el pueblo no habían libros que relataran esos hechos y sus padres y allegados eran ignorantes?

Poco a poco Ramón fue marginado, era considerado una mala compañía. Se habló de una posesión diabólica. Se fue quedando solo. Alguna vez, el padre dijo sentir vergüenza de su hijo y maldijo el momento y la mujer con la que lo concibió.

A Ramón se le veía dormir en las clases de la escuela, en misa, sentado en las bancas del parque del pueblo, en los andenes, en la puerta de su casa. Decían que era un ser del más allá, casi un fantasma. Se fue poniendo triste, ojeroso; no tuvo ganas de jugar, de compartir con los otros, de vivir. Alguien dijo haberlo visto, varias veces, sentado sobre el barranco, que hoy visitaba El Viajero.

Una noche de octubre no apareció en la casa; los niños de la escuela lo despidieron en medio de chanzas, se había orinado en los pantalones, mientras dormía, cuando los acompañaba en un partido de fútbol. No dijo nada. Se fue por la vereda caminando lento, muy lento.

A los dos días, unos campesinos encontraron a Ramón, con la cabeza sangrante, en medio de los matorrales, en lo profundo del barranco.