JULIA Y LUISA

JULIA Y LUISA
Eligio Palacio Roldán
“Luisa, guarde Dios el cielo para ti y reserve las penas del purgatorio para mí. Es mi voluntad pagar por nuestros pecados”
Julia.

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El viajero trata de armar el rompecabezas de la lápida de Luisa, buscando los trozos de mármol, entre los escombros, que dejó la ambición de la Diócesis.

El viajero trae a su memoria escenas del ayer:

El caballo voló por el aire. Atrás, quedaba un cúmulo de cenizas del rancho y las pobres pertenencias; también recuerdos de días y noches felices, llenos de pasión y lujuria. El fuego consumía los arbustos cercanos. Sobre el animal, Julia cargaba con sus miserias.

Una media hora más tarde, las herraduras del animal sacaron chispas a las piedras del callejón y del patio de la casa. Tomás a regañadientes suspendió los deberes conyugales, de la noche de bodas, para recibir a la mujer.

¡Julia, que sucede!, le dijo
¡Se quemó mi casa!, respondió la mujer sollozando. No tengo nada, ni a nadie. Me quedé sin donde vivir.

Esa noche Julia tuvo que morder la almohada por horas incontables, para contener el llanto, mientras Tomás disfrutaba de su pasión por Luisa.

Y fueron muchas noches de dolor, y muchas de pasión. Y las mujeres no perdieron oportunidad para demostrarse su amor.

A Luisa y Julia se les vio siempre juntas: cabalgando, bañándose en el río; yendo a misa por meses y años. Muchos años. Hasta cuando las mujeres dejaron de sangrar.

En las fotografías, color sepia, que desaparecieron con el tiempo, se veía una familia de tres adultos: Tomás, Luisa y Julia y varios niños.

Los infantes siempre tuvieron dos mamás y a ambas las amaron como tales. Tomás tuvo siempre gran aprecio por Julia: Trató de conseguirle un novio. Ella se sonrojaba y bajaba la cabeza. Nunca se le conoció uno. Una abnegada mujer, decían las gentes del pueblo.

Un día, cuando ya en la casa solo habitaban los tres, Luisa sangró de nuevo. Al comienzo fue una pequeña hemorragia, pero fue creciendo con el paso de los días, mientras la mujer se debilitada. Sus colores rosáceos desaparecieron pronto, para dar paso a una palidez que se confundía con las paredes, dijeron unas vecinas.

Esa tarde Luisa y Julia llegaron hasta donde Doña Ramona, aquella rolliza mujer negra que sanaba los cuerpos y las almas de los habitantes del pueblo, en medio de bocanadas de humo de tabaco.

Usted está pagando un pecado, un pecado de ambas. Un pecado que Dios no perdona. Un pecado que a pesar de ser un secreto, será conocido por todos. Dijo, Doña Ramona,

Luisa se arrepintió y se confesó con el Cura del pueblo. Éste le aconsejó que expulsara a Julia de la casa. Las gentes no entendieron el porqué, Tomás tampoco.

Esa tarde, Julia salió de la casa como había llegado. Bueno, no: mucho más vieja y sin fuerzas para tomar un caballo. Y se fue caminando, lentamente. Sus lágrimas alcanzaron a dejar una pequeña huella en la polvorienta carretera.

En la casa, Luisa también lloro por muchos días. Tomás trató de consolarla. Le pidió que perdonara a Julia; él no encontraba la razón del disgusto, le dijo. La mujer le manifestó que no había nada que perdonar. Sólo quería una oportunidad para disfrutar la vida a su lado; nunca lo había podido lograr. Siempre entre ellos estuvo la sombra de Julia, manifestó.

Luisa se fue quedando sin sangre, sumida en los remordimientos; acompañada por el Cura del pueblo que le “daba fuerzas” diciéndole que estaba purificando el alma.

La noche en que terminó la novena por la muerte de Luisa se vio fuego en el cementerio. Al otro día, los visitantes del campo santo descubrieron los restos de un cadáver de mujer incinerado y sobre la tumba de Luisa una lápida; la misma lápida que el viajero terminaba hoy de armar. Una lápida en la que se leía:

“Luisa, guarde Dios el cielo para ti y reserve las penas del purgatorio para mí. Es mi voluntad pagar por nuestros pecados”
Julia.

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