Archivos mensuales: agosto 2013

NOMBRES DE MUJER (VIDEO)

Anuncios

CREI EN LOS PARTIDOS POLITICOS… UN DIA

CREI EN LOS PARTIDOS POLITICOS… UN DIA.
Eligio Palacio Roldán
Ahora a mis paisanos hay que pagarles su voto: puestos, carreteras, bultos de cemento, arena o plata. Y el día de elecciones es uno de los más productivos: reciben almuerzos, dinero, y regalos, en todos los directorios políticos.

Cuando fui tomando conciencia del mundo que habitaba, por allá a comienzos de la década del 70, del siglo pasado, supe que en Colombia habían dos partidos políticos: el Conservador y el Liberal. Yo era conservador, desde luego; como no serlo si mi tío “Danielito” era un ejemplo de servicio para la comunidad. Además, conservadores eran los hombres y mujeres más prestantes del pueblo, los que estudiaban en Medellín y los más riquitos (Yo, supuestamente, también lo era; sin embargo, que pobreza, la que se vivía en mi casa).

Después, descubrí que los políticos visitaban mi pueblo en época electoral. Sin dinero, nos tocaba atenderlos: nos poníamos nuestras mejores ropas y, con esfuerzos insospechados, se servían manjares y viandas, solo visibles en esos acontecimientos; era una verdadera fiesta: Don Juan Antonio prestaba sus caballos, el más bonito, “Torbellino” era para el político de turno, y en la tarde nos sentíamos orgullosos: El político X o Y nos había dado la mano, nos había dicho que éramos inteligentes y que seríamos los futuros líderes. Nuestra mirada era altiva; sobre todo, si encontrábamos un liberal. Ah… y en las elecciones nos peleábamos y odiábamos al contrincante: nosotros éramos los mejores. Cuando perdíamos llorábamos y decíamos que nos habían robado las elecciones.

Y se terminó el Frente Nacional y nos dio mucho miedo y ganó un liberal, Alfonso López Michelsen, y pensamos que los conservadores vivirían tiempos difíciles. Y sí, siempre hemos vivido tiempos difíciles, pero no por ser conservadores; solo por ser colombianos. Y los conservadores continuaron en el poder y seguían disfrutando de sus mieles, como siempre.

Y el desdichado invento para acabar con la violencia, El Frente Nacional, un acuerdo para repartir el poder entre liberales y conservadores, se perpetuó en la historia de Colombia. Claro que, un día, en 1986, el Presidente Virgilio Barco pensó que era necesario acabar con el esperpento y pasó al esquema Gobierno-Oposición y el Partido Conservador, pensó que podía ser un partido digno y podía hacer oposición y casi se acaba. Es que ser un partido político sin burocracia es morir: No hay ideales, no hay ideas, no hay nada que lo sostenga. Entonces del Frente Nacional se pasó a la “Unidad Nacional”, donde también se repartieron el poder entre los dos partidos tradicionales.

Mientras tanto, en mi pueblo, la historia no cambiaba mucho. Bueno, lo hacía un poco: ahora los dirigentes conservadores, con cada vez menos seguidores, decían que “El Partico Conservador es la Reserva Moral de la Patria” y la “Reserva Moral” por fin tuvo un alcalde; y ese alcalde fue tan o quizás más corrupto que los otros alcaldes, del Partido Liberal de ese pueblo y de todos los partidos políticos, de los demás pueblos de Colombia.

Y entonces comprendí que el Partido Conservador no tenía nada que ver con mis ideales. Bueno, que no existía tal partido y que, aquello, era una montonera de tipos tratando de sacar ventaja de todo y no para todos; sino para unos pocos.

Un tiempo más tarde, demasiado tarde, desafortunadamente, entendí que nuestras peleas pueblerinas eran ridículas: todos éramos de la familia y en elecciones no nos hablábamos y el resto del tiempo nos mirábamos con recelo. Mientras tanto, el pueblo permanecía en el olvido y sus dirigentes, conservadores y liberales, trabajaban juntos en la ciudad; sin importar quien llegara al poder.

Y luego tuve la oportunidad de conocer el Partido Liberal y era igual de perverso al Conservador. Claro, cada partido a su interior se cree salvador de la patria. Y después comprendí lo mismo de los demás partidos. Y desde entonces siempre voté en blanco.

Pero volviendo a la historia de Colombia, el partido Conservador comprendió que era minoría y que sin poder “la cosa” era muy dura y que era necesario mimetizarse. Y se mimetizó. Y mantuvo la burocracia. Y mimetizado logró llegar a la presidencia, con Andrés Pastrana, y tuvo que repartir los puestos con los liberales y con los de izquierda y con todos los partidos… Por aquello de la Unidad Nacional o la “Unidad Burocrática”; diría yo.

Pero la “Unidad Burocrática” no bastó y entonces fue necesaria la “Unidad Corrupcrática”; porque además de la burocracia ahora era necesaria la corrupción y así se eligió a Alvaro Uribe Vélez y éste en vez de reducir la corrupción a sus justas proporciones, como lo proponía el presidente Turbay, con desfachatez, por allá a comienzos de la década del 80; la dejó desbordar.

Y llegó Santos y todo continuó igual, o peor: Con la “Unidad Corrupcrática” y el Partido Conservador allí.

ANTES DEL FIN:
De regreso a mi pueblo me doy cuenta que la historia dio un giro de 180 grados: ahora, en las campañas, los políticos costean las fiestas, pagan los almuerzos, los caballos, el aguardiente. Ahora a mis paisanos hay que pagarles su voto: puestos, carreteras, bultos de cemento, arena o plata. Y el día de elecciones es uno de los más productivos: reciben almuerzos, dinero, y regalos; en todos los directorios políticos.

¿Quién, porqué y para qué financiarán las campañas políticas?

JULIA Y LUISA

JULIA Y LUISA
Eligio Palacio Roldán
“Luisa, guarde Dios el cielo para ti y reserve las penas del purgatorio para mí. Es mi voluntad pagar por nuestros pecados”
Julia.

20130720_155202
El viajero trata de armar el rompecabezas de la lápida de Luisa, buscando los trozos de mármol, entre los escombros, que dejó la ambición de la Diócesis.

El viajero trae a su memoria escenas del ayer:

El caballo voló por el aire. Atrás, quedaba un cúmulo de cenizas del rancho y las pobres pertenencias; también recuerdos de días y noches felices, llenos de pasión y lujuria. El fuego consumía los arbustos cercanos. Sobre el animal, Julia cargaba con sus miserias.

Una media hora más tarde, las herraduras del animal sacaron chispas a las piedras del callejón y del patio de la casa. Tomás a regañadientes suspendió los deberes conyugales, de la noche de bodas, para recibir a la mujer.

¡Julia, que sucede!, le dijo
¡Se quemó mi casa!, respondió la mujer sollozando. No tengo nada, ni a nadie. Me quedé sin donde vivir.

Esa noche Julia tuvo que morder la almohada por horas incontables, para contener el llanto, mientras Tomás disfrutaba de su pasión por Luisa.

Y fueron muchas noches de dolor, y muchas de pasión. Y las mujeres no perdieron oportunidad para demostrarse su amor.

A Luisa y Julia se les vio siempre juntas: cabalgando, bañándose en el río; yendo a misa por meses y años. Muchos años. Hasta cuando las mujeres dejaron de sangrar.

En las fotografías, color sepia, que desaparecieron con el tiempo, se veía una familia de tres adultos: Tomás, Luisa y Julia y varios niños.

Los infantes siempre tuvieron dos mamás y a ambas las amaron como tales. Tomás tuvo siempre gran aprecio por Julia: Trató de conseguirle un novio. Ella se sonrojaba y bajaba la cabeza. Nunca se le conoció uno. Una abnegada mujer, decían las gentes del pueblo.

Un día, cuando ya en la casa solo habitaban los tres, Luisa sangró de nuevo. Al comienzo fue una pequeña hemorragia, pero fue creciendo con el paso de los días, mientras la mujer se debilitada. Sus colores rosáceos desaparecieron pronto, para dar paso a una palidez que se confundía con las paredes, dijeron unas vecinas.

Esa tarde Luisa y Julia llegaron hasta donde Doña Ramona, aquella rolliza mujer negra que sanaba los cuerpos y las almas de los habitantes del pueblo, en medio de bocanadas de humo de tabaco.

Usted está pagando un pecado, un pecado de ambas. Un pecado que Dios no perdona. Un pecado que a pesar de ser un secreto, será conocido por todos. Dijo, Doña Ramona,

Luisa se arrepintió y se confesó con el Cura del pueblo. Éste le aconsejó que expulsara a Julia de la casa. Las gentes no entendieron el porqué, Tomás tampoco.

Esa tarde, Julia salió de la casa como había llegado. Bueno, no: mucho más vieja y sin fuerzas para tomar un caballo. Y se fue caminando, lentamente. Sus lágrimas alcanzaron a dejar una pequeña huella en la polvorienta carretera.

En la casa, Luisa también lloro por muchos días. Tomás trató de consolarla. Le pidió que perdonara a Julia; él no encontraba la razón del disgusto, le dijo. La mujer le manifestó que no había nada que perdonar. Sólo quería una oportunidad para disfrutar la vida a su lado; nunca lo había podido lograr. Siempre entre ellos estuvo la sombra de Julia, manifestó.

Luisa se fue quedando sin sangre, sumida en los remordimientos; acompañada por el Cura del pueblo que le “daba fuerzas” diciéndole que estaba purificando el alma.

La noche en que terminó la novena por la muerte de Luisa se vio fuego en el cementerio. Al otro día, los visitantes del campo santo descubrieron los restos de un cadáver de mujer incinerado y sobre la tumba de Luisa una lápida; la misma lápida que el viajero terminaba hoy de armar. Una lápida en la que se leía:

“Luisa, guarde Dios el cielo para ti y reserve las penas del purgatorio para mí. Es mi voluntad pagar por nuestros pecados”
Julia.

LUCHO, EL MINERO

LUCHO, EL MINERO
Eligio Palacio Roldán
Toda su vida luchó por evadir a los ilegales: ladrones, guerrilleros y paramilitares. Veía con emoción cuando llegaban los soldados porque aquellos eran los días en que podía trabajar. Hoy, con dolor, no alcanza a comprender porque él es otro ilegal para el gobierno y por qué tiene que huir del ejército que antes lo protegió.
20130802_182127***

Aquel día de rutina, Lucho, El Minero, se había sumergido en el río, desde las siete de la mañana, como casi todos los días de su vida. Serían tal vez las diez cuando se le vino encima la barranca que lo sepultó, por unos 25 minutos que le parecieron infinitos; mientras rescató el “regulador”, se sintió ahogado. Una vez recuperado el aire, sus piernas hicieron esfuerzos, inimaginables, para moverse en el agua y llamar la atención de los demás compañeros que buceaban cerca de él.

Lucho, El Minero, cree que en los 49 años de vida que tiene, siempre ha estado inmerso en la minería. Esta forma de subsistir ha sido una tradición familiar que comenzó, para él, en su primera infancia, de la mano de su padre, en los pueblos abandonados del Bajo Cauca Antioqueño.

Un día, después de trabajar con su padre por varios años, ya jovencito, éste le regaló una motobomba para que comenzara a “chorriar” (Lavar la tierra). Ese es uno de los mejores recuerdos, que guarda, de su papá, dice.

A pesar del trabajo infantil que tenía que desempeñar para ayudar a su papá, con la comida para sus otros diez hermanos (Nueve hombres y una mujer), Lucho, El Minero, logró culminar sus estudios en la escuela: Fueron cuatro años en el corregimiento Vijaagual, del municipio de Nechí y el quinto grado y primero de bachillerato en Caucasia.

Con los primeros gramos de oro de que pudo disponer Lucho, El Minero, se compró una muda de ropa y un par de zapatos. Tendría 13 o 14 años, recuerda con nostalgia.

Y su vida continuó: trabajando, luchando, viviendo. Se casó, hoy tiene una esposa y cuatro hijos que son su apoyo y a quienes adora.

El mayor número de horas de la vida de Lucho, el Minero, han trascurrido en el cauce de un río: Puede ser Nechí, Porce, Riogrande, San Bartolo o cualquier otro. El rito es el mismo: bucear horas y horas, bajar hasta la peña y con una pala y una canoa sacar la carga para caquearla (Lavarla) y mirar, con ansiedad, que granito de oro se puede obtener.

Después de una largo recorrido en carro, en motocicleta, en caballo o a pie por senderos peligrosos y acampar, en medio de la selva; el trabajo comienza a eso de a las siete de la mañana y va hasta la una de la tarde, si se trabaja con un compañero; si no, la jornada va hasta las cinco, cuenta Lucho, el Minero

Los ojos del hombre se iluminan cuando recuerda los días de buena fortuna: 20 a 30 castellanos (Un castellano equivale a 4.6 gramos de oro). ¡Quizás una libra! La mina es una aventura: de pronto Dios te socorre y otros días no se saca nada, concluye.

En el monte, a la intemperie siempre hay que estar a la defensiva: los peligros están en cada momento: en los animales, en los ladrones, las guerrillas, los paramilitares y sobre todo en el río. En la mina. La minería se ha llevado a dos de sus hermanos: los sepultó una barranca, buceando.

Hace unos dos años, Lucho, El Minero comenzó a escuchar que su trabajo; aquel que le dio el sustento a él, a su familia y a sus mayores, era ilegal. Y no entiende por qué es ilegal un trabajo al que el ha dedicado su vida entera, un trabajo que le permite el sustento de su familia, un trabajo que parece contradecir las enseñanzas de su padre, que siempre le inculcó la honradez.

Lucho, el Minero, con solo escuchar que su trabajo es ilegal se ruboriza. No entiende. No puede entender.

Toda su vida luchó por evadir a los ilegales: ladrones, guerrilleros y paramilitares. Veía con emoción cuando llegaban los soldados porque aquellos eran los días en que podía trabajar. Hoy, con dolor, no alcanza a comprender porque él es otro ilegal para el gobierno y por qué tiene que huir del ejército que antes lo protegió.

Ahora, la draga, de Lucho, El Minero, está escondida por el temor a que el ejército la destruya; la máquina es una extensión de su cuerpo, de su alma. Reflexiona y concluye que su ilegalidad está en no ser una multinacional extranjera, de las que se están apoderando de la riqueza del suelo colombiano.

Ahora, su esposa le habla de cambiar de actividad. Piensa que es mejor incursionar en el sector lechero.

***Para proteger al protagonista de esta historia, no se publica su fotografía.

« Entradas Anteriores