CREI EN LOS PARTIDOS POLITICOS… UN DIA

CREI EN LOS PARTIDOS POLITICOS… UN DIA.
Eligio Palacio Roldán
Ahora a mis paisanos hay que pagarles su voto: puestos, carreteras, bultos de cemento, arena o plata. Y el día de elecciones es uno de los más productivos: reciben almuerzos, dinero, y regalos, en todos los directorios políticos.

Cuando fui tomando conciencia del mundo que habitaba, por allá a comienzos de la década del 70, del siglo pasado, supe que en Colombia habían dos partidos políticos: el Conservador y el Liberal. Yo era conservador, desde luego; como no serlo si mi tío “Danielito” era un ejemplo de servicio para la comunidad. Además, conservadores eran los hombres y mujeres más prestantes del pueblo, los que estudiaban en Medellín y los más riquitos (Yo, supuestamente, también lo era; sin embargo, que pobreza, la que se vivía en mi casa).

Después, descubrí que los políticos visitaban mi pueblo en época electoral. Sin dinero, nos tocaba atenderlos: nos poníamos nuestras mejores ropas y, con esfuerzos insospechados, se servían manjares y viandas, solo visibles en esos acontecimientos; era una verdadera fiesta: Don Juan Antonio prestaba sus caballos, el más bonito, “Torbellino” era para el político de turno, y en la tarde nos sentíamos orgullosos: El político X o Y nos había dado la mano, nos había dicho que éramos inteligentes y que seríamos los futuros líderes. Nuestra mirada era altiva; sobre todo, si encontrábamos un liberal. Ah… y en las elecciones nos peleábamos y odiábamos al contrincante: nosotros éramos los mejores. Cuando perdíamos llorábamos y decíamos que nos habían robado las elecciones.

Y se terminó el Frente Nacional y nos dio mucho miedo y ganó un liberal, Alfonso López Michelsen, y pensamos que los conservadores vivirían tiempos difíciles. Y sí, siempre hemos vivido tiempos difíciles, pero no por ser conservadores; solo por ser colombianos. Y los conservadores continuaron en el poder y seguían disfrutando de sus mieles, como siempre.

Y el desdichado invento para acabar con la violencia, El Frente Nacional, un acuerdo para repartir el poder entre liberales y conservadores, se perpetuó en la historia de Colombia. Claro que, un día, en 1986, el Presidente Virgilio Barco pensó que era necesario acabar con el esperpento y pasó al esquema Gobierno-Oposición y el Partido Conservador, pensó que podía ser un partido digno y podía hacer oposición y casi se acaba. Es que ser un partido político sin burocracia es morir: No hay ideales, no hay ideas, no hay nada que lo sostenga. Entonces del Frente Nacional se pasó a la “Unidad Nacional”, donde también se repartieron el poder entre los dos partidos tradicionales.

Mientras tanto, en mi pueblo, la historia no cambiaba mucho. Bueno, lo hacía un poco: ahora los dirigentes conservadores, con cada vez menos seguidores, decían que “El Partico Conservador es la Reserva Moral de la Patria” y la “Reserva Moral” por fin tuvo un alcalde; y ese alcalde fue tan o quizás más corrupto que los otros alcaldes, del Partido Liberal de ese pueblo y de todos los partidos políticos, de los demás pueblos de Colombia.

Y entonces comprendí que el Partido Conservador no tenía nada que ver con mis ideales. Bueno, que no existía tal partido y que, aquello, era una montonera de tipos tratando de sacar ventaja de todo y no para todos; sino para unos pocos.

Un tiempo más tarde, demasiado tarde, desafortunadamente, entendí que nuestras peleas pueblerinas eran ridículas: todos éramos de la familia y en elecciones no nos hablábamos y el resto del tiempo nos mirábamos con recelo. Mientras tanto, el pueblo permanecía en el olvido y sus dirigentes, conservadores y liberales, trabajaban juntos en la ciudad; sin importar quien llegara al poder.

Y luego tuve la oportunidad de conocer el Partido Liberal y era igual de perverso al Conservador. Claro, cada partido a su interior se cree salvador de la patria. Y después comprendí lo mismo de los demás partidos. Y desde entonces siempre voté en blanco.

Pero volviendo a la historia de Colombia, el partido Conservador comprendió que era minoría y que sin poder “la cosa” era muy dura y que era necesario mimetizarse. Y se mimetizó. Y mantuvo la burocracia. Y mimetizado logró llegar a la presidencia, con Andrés Pastrana, y tuvo que repartir los puestos con los liberales y con los de izquierda y con todos los partidos… Por aquello de la Unidad Nacional o la “Unidad Burocrática”; diría yo.

Pero la “Unidad Burocrática” no bastó y entonces fue necesaria la “Unidad Corrupcrática”; porque además de la burocracia ahora era necesaria la corrupción y así se eligió a Alvaro Uribe Vélez y éste en vez de reducir la corrupción a sus justas proporciones, como lo proponía el presidente Turbay, con desfachatez, por allá a comienzos de la década del 80; la dejó desbordar.

Y llegó Santos y todo continuó igual, o peor: Con la “Unidad Corrupcrática” y el Partido Conservador allí.

ANTES DEL FIN:
De regreso a mi pueblo me doy cuenta que la historia dio un giro de 180 grados: ahora, en las campañas, los políticos costean las fiestas, pagan los almuerzos, los caballos, el aguardiente. Ahora a mis paisanos hay que pagarles su voto: puestos, carreteras, bultos de cemento, arena o plata. Y el día de elecciones es uno de los más productivos: reciben almuerzos, dinero, y regalos; en todos los directorios políticos.

¿Quién, porqué y para qué financiarán las campañas políticas?

JULIA Y LUISA

JULIA Y LUISA
Eligio Palacio Roldán
“Luisa, guarde Dios el cielo para ti y reserve las penas del purgatorio para mí. Es mi voluntad pagar por nuestros pecados”
Julia.

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El viajero trata de armar el rompecabezas de la lápida de Luisa, buscando los trozos de mármol, entre los escombros, que dejó la ambición de la Diócesis.

El viajero trae a su memoria escenas del ayer:

El caballo voló por el aire. Atrás, quedaba un cúmulo de cenizas del rancho y las pobres pertenencias; también recuerdos de días y noches felices, llenos de pasión y lujuria. El fuego consumía los arbustos cercanos. Sobre el animal, Julia cargaba con sus miserias.

Una media hora más tarde, las herraduras del animal sacaron chispas a las piedras del callejón y del patio de la casa. Tomás a regañadientes suspendió los deberes conyugales, de la noche de bodas, para recibir a la mujer.

¡Julia, que sucede!, le dijo
¡Se quemó mi casa!, respondió la mujer sollozando. No tengo nada, ni a nadie. Me quedé sin donde vivir.

Esa noche Julia tuvo que morder la almohada por horas incontables, para contener el llanto, mientras Tomás disfrutaba de su pasión por Luisa.

Y fueron muchas noches de dolor, y muchas de pasión. Y las mujeres no perdieron oportunidad para demostrarse su amor.

A Luisa y Julia se les vio siempre juntas: cabalgando, bañándose en el río; yendo a misa por meses y años. Muchos años. Hasta cuando las mujeres dejaron de sangrar.

En las fotografías, color sepia, que desaparecieron con el tiempo, se veía una familia de tres adultos: Tomás, Luisa y Julia y varios niños.

Los infantes siempre tuvieron dos mamás y a ambas las amaron como tales. Tomás tuvo siempre gran aprecio por Julia: Trató de conseguirle un novio. Ella se sonrojaba y bajaba la cabeza. Nunca se le conoció uno. Una abnegada mujer, decían las gentes del pueblo.

Un día, cuando ya en la casa solo habitaban los tres, Luisa sangró de nuevo. Al comienzo fue una pequeña hemorragia, pero fue creciendo con el paso de los días, mientras la mujer se debilitada. Sus colores rosáceos desaparecieron pronto, para dar paso a una palidez que se confundía con las paredes, dijeron unas vecinas.

Esa tarde Luisa y Julia llegaron hasta donde Doña Ramona, aquella rolliza mujer negra que sanaba los cuerpos y las almas de los habitantes del pueblo, en medio de bocanadas de humo de tabaco.

Usted está pagando un pecado, un pecado de ambas. Un pecado que Dios no perdona. Un pecado que a pesar de ser un secreto, será conocido por todos. Dijo, Doña Ramona,

Luisa se arrepintió y se confesó con el Cura del pueblo. Éste le aconsejó que expulsara a Julia de la casa. Las gentes no entendieron el porqué, Tomás tampoco.

Esa tarde, Julia salió de la casa como había llegado. Bueno, no: mucho más vieja y sin fuerzas para tomar un caballo. Y se fue caminando, lentamente. Sus lágrimas alcanzaron a dejar una pequeña huella en la polvorienta carretera.

En la casa, Luisa también lloro por muchos días. Tomás trató de consolarla. Le pidió que perdonara a Julia; él no encontraba la razón del disgusto, le dijo. La mujer le manifestó que no había nada que perdonar. Sólo quería una oportunidad para disfrutar la vida a su lado; nunca lo había podido lograr. Siempre entre ellos estuvo la sombra de Julia, manifestó.

Luisa se fue quedando sin sangre, sumida en los remordimientos; acompañada por el Cura del pueblo que le “daba fuerzas” diciéndole que estaba purificando el alma.

La noche en que terminó la novena por la muerte de Luisa se vio fuego en el cementerio. Al otro día, los visitantes del campo santo descubrieron los restos de un cadáver de mujer incinerado y sobre la tumba de Luisa una lápida; la misma lápida que el viajero terminaba hoy de armar. Una lápida en la que se leía:

“Luisa, guarde Dios el cielo para ti y reserve las penas del purgatorio para mí. Es mi voluntad pagar por nuestros pecados”
Julia.