“UN CUENTO PARA QUE VIVA EL CINE”

“UN CUENTO PARA QUE VIVA EL CINE”
Osman Armando Urrea Martinez

Confieso ahora, que antes me hartaba ver una película de esas trasnochadas, que presentaba los canales tradicionales de T.V. creía en ese entonces que había otras formas menos tediosas de perder el tiempo. Y ante el espacio lúgubre me echaba a caminar, tal vez evocando a la escuela peripatética que dictaba sus lecciones hablando y caminando. Recuerdo muy bien cuando estaba en la primaria que el acontecimiento vecinal era los viernes al parecer los fines de mes cuando se anunciaba una película, y nos daban una boleta que costaba monedas, echa de cartulina azul con el sello y la firma del director. Entonces llegábamos todos muy juiciosos con nuestros pantalones cortos y nos hacían sentar en el piso mirando hacia la pared amplia y blanca del aula principal… más tarde y haciéndose esperar como novia hermosa llegaba un señor de mediana edad con una sutil sonrisa de vendedor de ilusiones, en una moto con un proyector atado a la parrilla, la entraba en reversa y la estacionaba atrás del auditorio y con una pasmosa lentitud sacaba de entre sus talegos dos rollos de cinta atadas entre si y las ponía a rodar al frente del reflector, todos mirábamos la acción empujando con nuestros ojos para que el aparato no se trabara, luego apagaban la luz mientras permanecíamos en silencio, y entonces se escuchaba el trictrictric de la cinta dando vueltas y empezaba la función.
Años más tarde descubrí que en el pueblo donde vivía, había un teatro a un lado del centro con un frente muy amplio y en la parte superior con letras grandes y desteñidas que decían “TEATRO SUCRE”. Nunca tuve el impulso inobjetable de conquistar una chica invitándola allí. El estreno más reciente que se anunciaba podía ya haber pasado un lustro en otras salas más afortunadas. El repertorio era escaso y no pasaba de ofrecer cine oriental con actores del corte de “Kung fu” o “bruce lee”. También alternaban con cine mexicano cuando estaba en todo su esplendor artistas tan famosos como Mario moreno “Cantinflas”, “capulina”, y para desvariar el enmascarado de plata alias “el santo”.
Ya trasladado a la capital de la república y en el principio del ocaso de mi adolescencia, cuando comenzaba a preocuparme por mi futuro, pues ya no había padre y los consejos de mi madre habían quedado atrás, encontré una salida a las gélidas tardes dominicales. Irme a cine. A ver que? No importaba. El desarrollo urbano se alistaba a ver la gran novedad de fin de siglo; la construcción de opulentos centros comerciales que con amplias tiendas daba paso a la magnificencia del séptimo arte. Pronto entenderíamos que el gran comercio no giraba alrededor de la venta de una camisa sino a la proyección de la inventiva de Hollywood.
Del cine-arte sabía muy poco, solo hasta cuando conocí, en mis ímpetus liberales a los compañeros de trabajo tulio Roberto, y juan José, excelsos personajes ya curtidos en las lides del cineclubismo. Ellos comenzaron en la Universidad Pública, en los albores de su juventud, con casettte en mano y con la ayuda de un betamax improvisaban en cualquier salón e invitaban a sus compañeros a cambio de una módica suma a ver la tendencia audiovisual que representaba la resistencia humana actual ante los desafíos mundiales y la búsqueda de la libertad y la lucha social a través del relato de historias basadas en muchos casos en la vida real, y también lamentablemente en los desafueros del sistema.
Pienso que la idea les surgió, ya fuera para tener dinero extra que mitigara algunas ausencias; que es muy probable, o para masificar ante sus compañeros el mismo amor que ellos sentían por las artes cinematográficas.
A finales de los años noventa fundamos en la oficina de la 68, junto con mis nuevos mejores amigos, en el comedor de los empleados de la aduana de Bogotá el cineclub Stanley kubrick. El nombre fue idea de don tulio, quien dijo que era en honor al cineasta norteamericano. No hubo objeciones. La producción y la puesta en escena quedo a cargo de don juan José, prohombre dedicado desde su niñez a reseñar y coleccionar toda la muestra cinematográfica a nivel latinoamericano y europeo. Pronto tuvo gran acogida entre los demás, quienes ayudaron a difundirlo. Desde ese entonces se institucionalizo y goza de gran prestigio, el día jueves a la hora del almuerzo en que los funcionarios pueden aprovechar además de su alimento un buen bocado de cine.
Pero la Joya del Nilo estaba por descubrirse y no me refiero literalmente al “film” era algo que celosamente se lo tenían guardado. Nunca me habían invitado al festival internacional de cine de Cartagena. Solo hasta el año 2006 y con ocasión del trabajo desplegado sindicalmente, es que llegamos al corralito en el periodo exacto del evento. Una vez instalados comencé a interesarme por el tema y desde entonces nació un fuerte idilio con la pantalla grande que perdura hasta hoy. Por esa época comencé a conocer gente de apariencias muy extrañas, mediana estatura y de cabellos largos y descuidados que asistían infaltables cada temporada al certamen. Era usual encontrárselos caminando apurados, vestidos con ropa playera, desde el centro de convenciones hasta el teatro Heredia, o en las noches despejadas converger con ellos en la esquina de “Fidel” apaciguando el calor con una cerveza, o en la madrugada al final de la calle de los mártires en el “quiebracanto” lugar donde los más bohemios acuden al son de una melodía a rememorar sus amores imposibles y que siempre están ahí, así uno ya no quiera. En la medida en que los fui conociendo mostraron ser todo lo contrario a mi idea preconcebida, y al final resultaron ser bastante simpáticos. De esta manera tuve la fortuna de conocer grandes amigos, como Ricardo, Hugo, juan Carlos, Octavio y Harold playa, quienes en la práctica de la cinefilia ya eran almas versadas.
Es mi deber decir que desde mi primera asistencia al festival de cine de Cartagena, la sensación que tuve fue placentera. Ya en la inauguración, se siente el entusiasmo de la gente, el ambiente se torna de fiesta y en el imaginario colectivo se percibe la expectativa de lo que está por verse.Cada día es mejor que el anterior, y de tanto ir y venir por las callecitas empedradas y de ver a los famosos, también se cree que uno es el artista. A medida que van transcurriendo las proyecciones se entra en un mundo maravilloso ya que cada una de ellas es el reflejo de lo que sentimos de lo que llevamos en la sangre, y lo que quisiéramos decir o gritar al mundo pero q nunca lo hemos hecho tal vez por miedo o cobardía, o porque no hay nadie quien empuje. Pero ahí están mostrándonos nuestras desdichas y nuestros anhelos y como no, también nuestras propias frustraciones. Todo ello junto, construye.
En estos tiempos de transformación el cine ha evolucionado al igual que nosotros. La industria se desprende de las capturas económicas y va más por el reconocimiento. La tendencia actual es la de dejar atrás el relato de los sueños irrealizables y de las fabulas de hadas para pasar a un cuento actual y que se parezca más al que vivimos, abandonando la personificación maquillada del actor construido en estudios, en beneficio de la repentización y la libertad del personaje en su papel natural. En la medida en que avanza el cine mundial también lo hace el nuestro. Y en esto quiero destacar el cambio aplicado en la fotografía, el encuadre y la perspectiva, también es loable resaltar la dedicación que han puesto en favorecer el arte por medio del enfoque, los ángulos y el color. Veo con una positiva impresión que este campo la inventiva y el progreso no se detiene.
Ya recorrido un largo trecho por estas huestes heroicas puedo decir que he aprendido de la mano del cine que uno no escoge su propio camino. La vida está llena de encuentros buenos y malos alternados uno a al otro como hermanitos. El bueno como bueno es agradable pero el malo es posible enderezarlo. Nada está hecho para suframos y más bien todo está dado para que seamos felices. La historia se compone de sucesos que devienen constantemente. Cada mañana amanecemos con un cuento que contar y unos hechos que narrar.Y el mundo ha evolucionado porque alguien aprendió a decirlo por medio de imágenes.

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