DESESPERANZA

DESESPERANZA

PALACIO DE JUSTICIA 090

Estado del ánimo en que se ha desvanecido la esperanza
Eligio Palacio Roldán

Son las 4:30 de la tarde, de cualquier día, de lunes a viernes, de cualquier semana, de cualquier mes, de cualquier año desde la segunda mitad de la década del 70, cuando fue construido el Edificio de Justicia, en el sector La Alpujarra de Medellín.

Puede que llovizne, incluso caiga una pertinaz lluvia, o el sol alumbre y caliente el asfalto como nunca. No importa. Allí; en inmediaciones de la antigua Estación del Ferrocarril de Antioquia, donde se vivieron  encuentros y despedidas, llenos de abrazos, risas y lágrimas; hoy se aglomera un sinnúmero de ciudadanos, generalmente de origen humilde, para dar un triste adiós a sus seres queridos, con un movimiento desesperado de manos, que luego sucumbe ante la desesperanza. Ahora, a diferencia de ayer, no se sabe si aquel ser que se marcha puede ver, esas manos temblorosas, deseosas de atraparlo y de no dejarlo ir.

Y es que, en este lugar, junto a la estatua  imponente de Francisco Cisneros, las familias de los detenidos, sometidos a Audiencia durante el día, se reúnen para darles un adiós  antes de ser conducidos, en autobuses herméticos, con vidrios polarizados, hasta una de las cárceles del Valle del Aburrá.

Una joven, de unos 20 años, alza un niño al aire, para que alguien lo vea, antes de partir. Una anciana, hace esfuerzos por empinarse y dejarse ver. Una niña, de unos diez años, llora desconsolada por la ausencia de un padre que no le podrá prodigar mimos y caricias; mientras sus familiares hacen esfuerzos para que no la vean, en ese estado, desde el bus. Una mujer le relata a otra como su hermano cayó en la cárcel por un crimen pasional: “las mujeres la hacen y los hombres la pagan”, afirma una de ellas. Un amigo le cuenta al otro: “Al man lo cogieron por la terminal de transporte con dos kilos”. Un campesino cuenta: “No… el hombre no se dejó robar, le quebró la cabeza al ladrón con el cabo del azadón”.

Durante todo el día, seguramente, estos ciudadanos hicieron parte de los entre diez y doce mil visitantes diarios del Edificio de Justicia; ascendieron a alguno de los 27 pisos, por uno de los 6 ascensores dispuestos para los no detenidos y estuvieron en alguno de los 80 Juzgados Penales que operan en la sede, atendidos por alguno de los 2.595 funcionarios o empleados que laboran allí.

Tal vez alguno, de ellos, se vio tentado por seguir el ejemplo de uno de los cinco suicidas, que se lanzaron por las ventanas del edificio, en los últimos nueve años. Muchos otros caminaron sigilosamente por los corredores externos temiendo la caída de algún cuerpo desde lo alto.

Pasadas las 5:30 de la tarde, el lugar comienza a quedarse solo. Después las sombras harán de las suyas.

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4 comments

  1. Hola eligio he leido detenidamente este comentario, me perece muy interesante y bonita la redacción y la inspiración.

    Creo que te falto algo muy interesante en este comentario, pues no he estudiado periodismo, ni redacción no se si seria prudente que te falto el comentario de todos los que se han tirado o mas bien el comentario del suicidio que esto tambien va acompañado con la desesperanza en el edificio de justicia.

    Te felicito,

    Un abrazo

    1. Felicitaciones Eligio, tienes unas grandes dotes como escritor, pero mejor aún como narrador, los relatos están llenos de un misterio nihilista, de un cierto existencialismo realista y a la vez fantástico, por mi parte no dejo de sentir temor al cruzar por el palacio de justicia, recuerdo al personaje de uno de los cuentos de “el Muro” de J. P. Sartre, quien siempre camina alerta por las aceras para cuidarse de que algún suicida lo aplaste desde lo alto. Se necesita coraje, aunque a usted le sobra, para hablar de nuestros políticos como lagartos, sobretodo con el anterior expresidente, al que muchos “ciegos” lo siguen viendo como un mesías. Animo Eligio se que pronto llegarás a los 10, 20 y 100 mil visitantes.

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