SUBSIDIOS: ENTRE LA AYUDA Y LA ALCAHUETEARÍA

SUBSIDIOS: ENTRE LA AYUDA Y LA ALCAHUETEARÍA

Eligio Palacio Roldán

“En el tiempo del coronavirus hubo mucha comida para los perros, sobre todo arroz. Es que no nos gustaba lo que nos daba el gobierno y pues cocinábamos los alimentos para los animales”, escuché decir a alguien.

“… el Congreso de la República en conjunto con el Gobierno nacional elevó a $68,2 billones el Presupuesto de Inversión para el 2022, monto superior en un 16% frente al del presente año.

Así quedo contemplado en el Presupuesto General de la Nación del 2022, el cual ascenderá a $350,4 billones…

Los aumentos de los recursos de inversión se concentran en los sectores de Inclusión Social (21,1% del total incrementado), Minas y Energía (16,4%), Transporte (8,3%) y Vivienda (7,5%).

La partida para inclusión social y reconciliación fue reforzada en $1,3 billones, lo que permitirá irrigar recursos adicionales para Familias en Acción y Jóvenes en Acción, así como a los programas de Obras para la Prosperidad, Compensación del IVA, entre otros. Con estos recursos, el presupuesto de inversión del sector ascenderá a $21,3 billones lo que evidencia el compromiso con la política social.”

Mientras en Colombia la inversión social y la política de subsidios crece como espuma, la percepción de que el gobierno está de espaldas a las clases menos favorecidas hace lo propio. La idea de que el estado tiene que brindar cada vez más a los ciudadanos obedece a las exigencias propias de una sociedad más educada, con las necesidades básicas satisfechas y con una idea creada desde la formación familiar de que se merece todo a cambio de poco o ningún esfuerzo, idea reforzada por la cultura traqueta del dinero fácil que nos envuelve desde hace ya más de cuarenta años.

Hasta para las mentes más creativas de nuestros mayores sería inimaginable la cantidad de ayudas que ofrece el gobierno actual; veamos algunas: Alimentación y lucha contra la malnutrición, Recursos naturales y gobernanza de los bosques, las tierras y el agua, Innovación social y tecnológica para sistemas agroalimentarios sostenibles, Agricultura familiar y mercados inclusivos, Gestión del riesgo y rehabilitación de medios de vida; además de subsidios familiares, de vivienda, concurrente, de desempleo, Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Ingreso solidario, devolución del IVA y Colombia Mayor. Sin embargo, ahora, como nunca, crecen las protestas y la insatisfacción de la población; toma fuerza la teoría de que el ser humano es desagradecido por naturaleza.

El desagradecimiento o las exigencias desmedidas frente a la realidad económica del estado son aprovechados por los politiqueros de turno para alimentar el resentimiento de clases y generar audiencias que les permitan llegar al poder. Ya en el poder, quienes alimentan las bajas pasiones de los colombianos la tendrán difícil para satisfacer los monstruos que han ayudado a crear; les quedará una sola opción: la represión que tanto dicen combatir. Los ejemplos son muchos, véanse Cuba o Venezuela.

Los gobiernos, los líderes, los educadores y los padres deben tener la medida hasta qué punto es subsidiar, ayudar, y hasta dónde es alcahuetear; de lo contrario los perros de toda Colombia serán alimentados con los subsidios que genera el gobierno con los impuestos que pagamos todos; labor bien compleja en la sociedad del menor esfuerzo porque, aún sin un gobierno de izquierda, nos parecemos cada vez más a la Cuba de hoy, con generaciones perdidas entre el desgano por hacer algo, el ron, la mendicidad y la prostitución.

El próximo gobierno, si es responsable, deberá limitar los subsidios y entregarlos a quienes realmente los necesiten, labor bien compleja si se tiene en cuenta su manejo amañado, con fines electoreros, de los gobiernos locales.

ANTES DEL FIN

El hombre, o al menos el colombiano, es desagradecido, negativo y criticón por naturaleza.

Hablando de desagradecimiento, el año pasado Colanta dio unos bonos a los productores de leche para contrarrestar el incremento de los insumos; los asociados nunca entendieron y siempre dijeron tener el precio del lácteo por debajo de la competencia; se les olvidó sumar.

¿Cuándo entenderán los de izquierda que cuando se habla de hombre se incluye a la mujer y a todos los demás seres humanos? Ni a la Real Academia de la Lengua le hacen caso, el lenguaje incluyente que dicen usar es más cansón que sus discursos setenteros inspirados en unos hechos y unos paradigmas que la historia ya derrotó.

¡JÓVENES! ¡JÓVENES! ¡JÓVENES!

¡JÓVENES! ¡JÓVENES! ¡JÓVENES!

Eligio Palacio Roldán

“La juventud anuncia al hombre como la mañana al día”

John Milton

¡Jóvenes! ¡Jóvenes! ¡Jóvenes! Jóvenes de todas las formas, bellezas y colores hay por doquier ahora en Colombia. Se hicieron visibles con las protestas y parecen ser todos víctimas de un sistema injusto que no fue capaz de crear las condiciones necesarias para su crecimiento personal y profesional. Pero no hay tal, o no para todos.  

Los 11.5 millones de jóvenes que hay en Colombia, un 26% de toda la población, al igual que el resto de los humanos, se pueden clasificar de diversas maneras, más allá de su apariencia física. Los hay fuertes, arriesgados y triunfadores con o sin adversidades en su historia personal; derrotados sin apenas comenzar la batalla; vencidos en la guerra injusta del capitalismo o atrapados en un socialismo innato en el que pretenden que todo se los den pues se consideran merecedores de lo humano y hasta de lo divino. ¿Qué puede marcar la diferencia entre unos y otros? Sin duda la formación.

Hablo de la formación desde el hogar, el colegio o desde el mismo medio social que los abriga. Formación que indefectiblemente ha cambiado, a grandes pasos, de generación en generación; esos cambios conducen cada vez más, o al menos en Colombia, al dinero como símbolo de grandeza y a la pérdida de otros valores como el sacrificio, la solidaridad o la espiritualidad. Obviamente, esto se potencializa con una sociedad de consumo muy influyente, unos medios de comunicación poco conscientes de su responsabilidad social y una educación cada vez más precaria.

En la formación de los jóvenes tiene mucho que ver, desde luego, el estado. Un estado que ha dejado gran parte de la responsabilidad en un magisterio que, también, ha perdido en gran parte sus valores y olvidó su responsabilidad frente a las nuevas generaciones. En deuda quedaron además los padres que sucumbieron ante la misma sociedad de consumo que privilegia el parecer sobre el ser.

En medio de una crisis económica y social como la que afronta el país, desatada por el coronavirus y la acumulación de frustraciones en parte de la juventud, el gobierno debe enfocar sus esfuerzos en fortalecer la educación y rescatarla de las manos de Fecode, una organización sindical que ha hecho más mal que bien de acuerdo con los resultados que saltan a la vista, y en la generación o consolidación de proyectos productivos, de emprendimientos. La estrategia de ingresos solidarios nos acerca peligrosamente a las políticas de otras naciones como Cuba donde los jóvenes, adultos y ya adultos mayores se acostumbraron a no trabajar porque el estado les brinda todo, aunque sea poco, y a eso, precisamente a eso, juegan ahora muchos colombianos que pretenden que el gobierno les cubra todas sus necesidades y deseos sin hacer el mayor esfuerzo.

Con la cultura del odio, como estrategia política, cimentada desde los centros educativos e incluso desde el hogar, los jóvenes colombianos serán más desgraciados que sus mayores. Es hora de invertir, también, en la salud mental de toda la sociedad.

ANTES DEL FIN

Escribiendo estas notas recuerdo a Reymington Rojas, guía en Caño Cristales y La Macarena, y en la difícil situación que afronta él y el sector turístico del país. Cuando la pandemia cese es un deber de colombiano recorrer los rincones de Colombia y resarcir en algo estos momentos difíciles. También pienso en quienes transformaron su vida alrededor del turismo en la Comuna 13 de Medellín y por la pandemia retrocedieron varios años en su camino hacia la prosperidad. Es necesario apoyarlos desde el emprendimiento.

“Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”

Rubén Darío

GANANCIAS Y PÉRDIDAS DE LA OLA DE PROTESTAS EN COLOMBIA

GANANCIAS Y PÉRDIDAS DE LA OLA DE PROTESTAS EN COLOMBIA

Eligio Palacio Roldán

Perdió Juan Manuel Santos. ¿Cómo así que un Premio Nobel de Paz no tiene la menor capacidad para generar alguna solución al conflicto que se dio en el país, cuando apenas acaba de terminar su gobierno?

La vida es una sucesión de ganancias y pérdidas originadas en cada decisión de hacer o no hacer. “Cuánto gané, cuanto perdí. Cuánto de niño pedí. Cuánto de grande logré…”, la pregunta que todos los seres humanos nos hemos hecho alguna vez, canta Pablo Milanés. Alguna vez le hice esa pregunta al entonces presidente Álvaro Uribe Vélez en relación con su reelección. No me contestó como es su costumbre, ante preguntas incómodas. Perdió, perdió mucho y sigue perdiendo aún él y el país.

Pero bueno, las protestas dejan millonarias pérdidas económicas, cientos de desempleados y varios muertos. ¿Cuánto ganó, cuánto perdió cada colombiano? Veamos algunos casos:

Los jóvenes ganaron porque, por fin, se hizo visible su tragedia: la sociedad del siglo XXI, la del consumo, no pudo responder a sus demandas. Pasa igual acá, en Chile, Venezuela o Cuba y en menor grado, pero sucede, en los países desarrollados. Llegó la hora de reinventarse para atender las quejas de las nuevas generaciones; creo, se deben propiciar las condiciones para el regreso al campo. Perdieron porque entraron en la sinrazón del odio, la desinformación y el sectarismo político.

La izquierda ganó porque consiguió adeptos entre los jóvenes y algunas de sus tesis tuvieron reconocimiento. Perdió porque la violencia desatada, de alguna manera, está atada a sus movimientos. Igual sucede con Petro, quien en vísperas de las elecciones presidenciales profundizó aún más la polarización.

La derecha perdió porque sus tesis se desgastaron y al igual que la izquierda son señalados como generadores de violencia. Ganó porque muchos ven en un gobierno fuerte la solución a los problemas del país. En ese aspecto, también, pueden ganar a mediano plazo Uribe y Germán Vargas Lleras.

Perdió Juan Manuel Santos. ¿Cómo así que un Premio Nobel de Paz no tiene la menor capacidad para generar alguna solución al conflicto que se dio en el país, cuando apenas acaba de terminar su gobierno?

Perdió el acuerdo de paz con las Farc. En el imaginario queda la idea de que las protestas son otra de las formas de lucha de la insurgencia, ahora en la legalidad.

Perdieron todos los empresarios, desde el más pequeño hasta el más grande, por el estancamiento de la economía y la destrucción de cientos de empresas y/o establecimientos de comercio. Ni hablar de los campesinos que perdieron cosechas, animales e ingresos.

Perdieron las clases sociales menos favorecidas porque ahora hay más desempleo, hambre y miseria y menos dinero para apoyarlas.

Perdió el periodismo y la información en si misma porque las redes sociales tuvieron el llamado “cuarto poder” en sus manos. La tecnología al servicio del terrorismo tuvo toda la capacidad para desinformar y generar una credibilidad que perdieron los medios de comunicación tradicionales.

Ganó el terrorismo que logró paralizar al país. Perdió el estado que no fue capaz de controlar la situación. Perdió el presidente Duque.

Perdió la Policía Nacional a pesar de sus esfuerzos por controlar los desmanes.

Perdieron los defensores de derechos humanos por su sesgo al defender a los civiles y condenar a las autoridades a sabiendas que unos y otros abusaron de los demás.

Perdieron los autodenominados candidatos de centro: ni fu, ni fa.

Perdieron las ciudades como centros de bienestar para los humanos. Ya habían perdido estatus con la pandemia.

Se perdió el control al COVID 19.  

Perdimos todos los colombianos porque ahora no solo somos más pobres sino porque el pesimismo se apoderó de gran parte de la población y no se avizoran soluciones, ni a corto ni mediano plazo, a la problemática actual.

ANTES DEL FIN

La historia es circular: los que ganan hoy, mañana pierden. Bueno, la historia es la vida misma. Calma, solo el tiempo dará la respuesta definitiva sobre quien ganó y quien perdió en esta escena cruenta de la Colombia 2021.

Y… Usted, amigo lector, ¿Cuánto ganó, cuanto perdió en este mes de protestas? ¿Cuál es su balance?

Cuando merme la pasión desenfrenada de estos días, de unos y otros, estoy seguro, resurgirán elementos fundamentales para la democracia como una prensa seria y responsable. ¡Qué falta hace!

LA IGNORANCIA, LAS PROTESTAS Y LA POLÍTICA

LA IGNORANCIA, LAS PROTESTAS Y LA POLÍTICA

Eligio Palacio Roldán

“Nada hay en el mundo tan común como la ignorancia y los charlatanes.”

Cleóbulo de Lindos – (s. VI a. C.-s. VI a. C.) Filósofo griego. Uno de los siete sabios de Grecia.

Decían los críticos de los gobiernos colombianos, tal vez, de los últimos cien años, que a la clase política no le convenía tener un pueblo educado porque así sería más complejo manipularlo. Creo que esos críticos, casi siempre de izquierda, tenían la razón; lo que no se esperaban era que esa ignorancia, con el transcurrir, de los años, iba a favorecerlos. Lo que tampoco conocían los de la derecha, que casi siempre gobernaron al país, era que el no invertir en educación y sostener unos profesores funestos, protegidos por Fecode, y mantener el oscurantismo entre las gentes, era entregar el país a los charlatanes.

La ignorancia es “falta de conocimiento” y de capacidad para dilucidar alguna parte, aunque sea mínima, de la realidad. Charlatán es un embaucador; alguien que “engaña o alucina, prevaliéndose de la inexperiencia y el candor del engañado”; es decir, del ignorante.

Esta semana, en alguno de los informativos radiales de la mañana, entrevistaban personas comunes y corrientes sobre las motivaciones para continuar protestando; algunas exponían causas que lo justificaba, pero otras hacían gala de su ignorancia. Decían, por ejemplo, que seguían marchando porque estaban en contra del proyecto de reforma tributaria, proyecto abortado desde el tres de mayo, unos ocho o diez días antes.

Ignorancia y manipulación por parte de charlatanes.

Pero si es hasta jocoso pelear contra algo que no existe, como el Quijote contra los molinos de viento creyendo eran gigantes; deplorable resulta hacerlo porque el gobierno nos quiera ayudar con subsidios. Y es que, el proyecto de reforma tributaria, favorecía a los que protestaban y era adverso a quienes se tienen que resguardar hoy de quienes protestan (la clase media). Paradojas de nuestra Colombia.

Singularidad, también, que los medios de comunicación y la ciudadanía renieguen de la clase política; pero cuando llega un técnico a la presidencia como Duque, luzcan desconcertados y asustados con la situación. Es decir, prefieren seguir en manos de los políticos tradicionales… de los charlatanes.

Ahora, cientos, miles de colombianos, esperan con ansias el triunfo de la izquierda en las elecciones presidenciales de 2022. Muchos ya se ven viviendo en una Cuba o en una Venezuela imaginarias que tienen como símbolo, a pesar de las dificultades que atraviesan. Sueñan con maná cayendo del cielo. Otra vez la ignorancia y los charlatanes vendiendo una realidad que solo existe en sus calenturientas cabezas.

Puede leer y ver RETAZOS DE LA HABANA – CUBA https://eligiopalacio.com/2021/01/29/retazos-de-la-habana-cuba/

ANTES DEL FIN

“El tiempo pasa y se nos va la vida…” ya llevamos más de un año en los Tiempos del Coronavirus”. Muchos aprendizajes que pareciera no conducirán a ninguna transformación positiva de la sociedad. Más bien los años pasan, se va la vida y el tiempo se pierde en luchas de poder estúpidas.

Dolorosa pero excelente oportunidad para investigar sobre la trasmisión de coronavirus, en las aglomeraciones por las protestas. ¿Será que alguien saca alguna conclusión positiva en medio de tanta tragedia?

LOS JÓVENES, LAS PROTESTAS Y EL FUTURO

LOS JÓVENES, LAS PROTESTAS Y EL FUTURO

Eligio Palacio Roldán

Tengo la oportunidad de trabajar al lado de gente joven: inteligente, responsable, ágil, hábil y dispuesta a aprender, la mayoría de las veces. Soy afortunado. Los jóvenes, en su mayoría, son así; pero, también, tienen poca disposición al sacrificio y a emprender proyectos a largo plazo. Están inmersos en la cultura del siglo XXI; su deseo, ser rico y famoso, rápido. Y, como eso no siempre es posible o no en el grado que lo sueñan, se frustran fácilmente y abandonan lo que hacen buscando mejores posibilidades, que muy pocas veces aparecen sino se hace un gran esfuerzo.

Y, he ahí el problema: los gobiernos, los estados, la humanidad misma no fue capaz de brindar las oportunidades para que una creciente masa laboral, cada vez más exigente, se pudiera integrar al engranaje productivo de manera feliz y exitosa.

La situación de la juventud en Colombia y gran parte del mundo es compleja. En el país es hija de una sociedad que luchó a hombro partido para lograr el bienestar físico y económico, que abandonó el campo buscando mejores posibilidades en la ciudad y que se ve ahora impotente para brindar posibilidades de crecimiento profesional para miles de muchachos, la mayoría, con formación universitaria.

Esta semana, Juan Carlos Echeverry (https://twitter.com/JCecheverryCol) explicaba, en “El ahuecado embudo de la educación en Colombia”,  como de 755.000 niños que entran a estudiar, en nuestro país, solo 85 se gradúan en educación superior y consiguen empleo. Esa perspectiva es dramática y explica claramente las protestas de estos días. La situación, obviamente, no es culpa del presidente Duque y, creo, ningún mandatario a corto plazo podrá remediarla.

Aunque fatales e injustas por los perjuicios económicos, sociales y humanos que significan, las protestas son entonces explicables y al igual que la pandemia no son el “principio del fin del mundo”, ni de la democracia colombiana, como vaticinan algunos, pero sí el origen de una transformación en las formas de ser y de estar en Colombia. Será necesario buscar   opciones que permitan generar posibilidades de desarrollo económico, profesional y personal para miles de personas… Creo, es hora de volvernos atrás, de regresar al campo.

Así como a mediados del siglo pasado los colombianos acosados por el hambre huyeron hacia las ciudades, en la búsqueda de mejores oportunidades, va siendo hora de que se regrese a trabajar la tierra; máxime si se tiene en cuenta la difícil situación para generar agroindustria dada la escasez de mano de obra calificada, el envejecimiento de la que hay, y la crisis generada por el caos y la contaminación en las ciudades, agravada por el CORONAVIRUS.

Llegó el momento, a la fuerza, de redireccionar las políticas de educación, infraestructura y de desarrollo para el país, de vender a la niñez y la juventud las formas de vida en el campo. Tarea bastante compleja si se tiene en cuenta la imagen de riqueza, bienestar y esplendor de la ciudad que se ha vendido en los últimos siglos, la falta de disposición para el trabajo rural de las gentes y la delincuencia que se apoderó de gran parte de diversas generaciones; entre ellas las de los jóvenes de hoy.

ANTES DEL FIN

¿Cómo hacer, sin censurar, para frenar el uso y el abuso de las redes sociales? A la crisis hay que sumarle la gravedad de la desinformación.

¿Cómo hacer, para que los políticos no atraigan incautos a sus movimientos, utilizando como estrategia la inconformidad de los jóvenes?

¿Cómo hacer para que los periodistas cumplan con su deber de informar con la mayor objetividad posible y no tomen partido?