PERSISTENCIA – “LA PIEDAD”

PERSISTENCIA – “LA PIEDAD”

Eligio Palacio Roldán

Foto Tito

“La Piedad”, como le decían algunos despectivamente, la misma que me inspira parte de la historia  “LA CASA AZUL” (https://eligiopalacio.com/2016/08/15/la-casa-azul-video/) se me vino a la memoria, hace algunos días, cuando escribía sobre los jóvenes de hoy. Pequeña en tamaño pero grande en presencia, correteaba por la plaza de Entrerríos, vestida con una faldita amarilla de boleros y unas sandalias. Imponía su autoridad con la certeza de sus palabras, su agilidad física y mental y hasta su fuerza. Era enérgica. Incluso, a veces, hasta despertaba temor, pero era tierna y extremadamente solidaria. En medio de una familia de más de diez hijos, con bastantes dificultades económicas, Piedad supo desde niña cómo enfrentar la vida.  Ahora es una profesional destacada, creo que la única de su familia.

Plasmaba en una reciente columna mi pensamiento sobre los jóvenes de hoy y decía que “Los hay fuertes, arriesgados y triunfadores con o sin adversidades en su historia personal; derrotados sin apenas comenzar la batalla; vencidos en la guerra injusta del capitalismo o atrapados en un socialismo innato en el que pretenden que todo se los den pues se consideran merecedores de lo humano y hasta de lo divino. ¿Qué puede marcar la diferencia entre unos y otros? Sin duda la formación.”  Hoy, si tengo dudas: “La Piedad”, la doctora Piedad de hoy, es un ejemplo de ello. Tenía el mismo hogar de sus hermanos, la misma formación, tal vez de menor calidad a la de otros niños de su edad, estudió en la misma escuela y, sin embargo, ¿qué la hizo construir una historia diferente?

Las teorías del porqué del éxito de Piedad son diversas y requieren análisis más profundos que los que tengo hasta ahora; lo que sí está claro es el cómo lo logró: persistiendo. Persistir está definido como “mantenerse firme o constante en algo” y eso lo han hecho ella, siempre, y miles de jóvenes de ayer y de hoy que han logrado salir adelante.

Al contrario de las personas que traigo a cuento hoy, conozco centenares de seres humanos que han deambulado de acá para allá sin concretar ningún proyecto, en su vida. Abandonándolos tan pronto los comienzan, desilusionados por la ausencia del éxito inmediato, sin darles el tiempo suficiente para madurar.

Si en algo deben trabajar los padres de familia, los educadores, el gobierno y la sociedad es en desarrollar en niños y jóvenes la persistencia como una característica de la personalidad. Obvio que, volvemos al discurso de siempre, es una tarea difícil en los tiempos del enriquecimiento rápido y fácil, en un mundo dominado por el consumismo y que trata de evitar la frustración a toda costa; desconociendo u olvidando que en ciertas dosis ésta también es importante en el desarrollo del ser humano.

ANTES DEL FIN

 “Cada quien habla de la fiesta según le vaya en ella” le decía esta semana a alguien que criticaba la forma como se desarrollaba la vacunación en el país. A mí me pusieron las dos dosis requeridas con tan solo algunas filas de por medio, sin citas previas. ¿Será que muchos están esperando que se las lleven a su casa?

Y hablando de vacunas e ignorancia, increíble la que reina en el mundo actual. El fanatismo religioso, como en los siglos pasados, hace su aparición para embaucar ingenuos. Tenía razón Carl Marx: “La religión es el opio del pueblo”. Bueno, la política también. Para la muestra lo que ocurre hoy en Colombia.

Increíble la ignorancia del pueblo colombiano en relación con el estado y en especial con sus finanzas.

¡JÓVENES! ¡JÓVENES! ¡JÓVENES!

¡JÓVENES! ¡JÓVENES! ¡JÓVENES!

Eligio Palacio Roldán

“La juventud anuncia al hombre como la mañana al día”

John Milton

¡Jóvenes! ¡Jóvenes! ¡Jóvenes! Jóvenes de todas las formas, bellezas y colores hay por doquier ahora en Colombia. Se hicieron visibles con las protestas y parecen ser todos víctimas de un sistema injusto que no fue capaz de crear las condiciones necesarias para su crecimiento personal y profesional. Pero no hay tal, o no para todos.  

Los 11.5 millones de jóvenes que hay en Colombia, un 26% de toda la población, al igual que el resto de los humanos, se pueden clasificar de diversas maneras, más allá de su apariencia física. Los hay fuertes, arriesgados y triunfadores con o sin adversidades en su historia personal; derrotados sin apenas comenzar la batalla; vencidos en la guerra injusta del capitalismo o atrapados en un socialismo innato en el que pretenden que todo se los den pues se consideran merecedores de lo humano y hasta de lo divino. ¿Qué puede marcar la diferencia entre unos y otros? Sin duda la formación.

Hablo de la formación desde el hogar, el colegio o desde el mismo medio social que los abriga. Formación que indefectiblemente ha cambiado, a grandes pasos, de generación en generación; esos cambios conducen cada vez más, o al menos en Colombia, al dinero como símbolo de grandeza y a la pérdida de otros valores como el sacrificio, la solidaridad o la espiritualidad. Obviamente, esto se potencializa con una sociedad de consumo muy influyente, unos medios de comunicación poco conscientes de su responsabilidad social y una educación cada vez más precaria.

En la formación de los jóvenes tiene mucho que ver, desde luego, el estado. Un estado que ha dejado gran parte de la responsabilidad en un magisterio que, también, ha perdido en gran parte sus valores y olvidó su responsabilidad frente a las nuevas generaciones. En deuda quedaron además los padres que sucumbieron ante la misma sociedad de consumo que privilegia el parecer sobre el ser.

En medio de una crisis económica y social como la que afronta el país, desatada por el coronavirus y la acumulación de frustraciones en parte de la juventud, el gobierno debe enfocar sus esfuerzos en fortalecer la educación y rescatarla de las manos de Fecode, una organización sindical que ha hecho más mal que bien de acuerdo con los resultados que saltan a la vista, y en la generación o consolidación de proyectos productivos, de emprendimientos. La estrategia de ingresos solidarios nos acerca peligrosamente a las políticas de otras naciones como Cuba donde los jóvenes, adultos y ya adultos mayores se acostumbraron a no trabajar porque el estado les brinda todo, aunque sea poco, y a eso, precisamente a eso, juegan ahora muchos colombianos que pretenden que el gobierno les cubra todas sus necesidades y deseos sin hacer el mayor esfuerzo.

Con la cultura del odio, como estrategia política, cimentada desde los centros educativos e incluso desde el hogar, los jóvenes colombianos serán más desgraciados que sus mayores. Es hora de invertir, también, en la salud mental de toda la sociedad.

ANTES DEL FIN

Escribiendo estas notas recuerdo a Reymington Rojas, guía en Caño Cristales y La Macarena, y en la difícil situación que afronta él y el sector turístico del país. Cuando la pandemia cese es un deber de colombiano recorrer los rincones de Colombia y resarcir en algo estos momentos difíciles. También pienso en quienes transformaron su vida alrededor del turismo en la Comuna 13 de Medellín y por la pandemia retrocedieron varios años en su camino hacia la prosperidad. Es necesario apoyarlos desde el emprendimiento.

“Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”

Rubén Darío

LOS JÓVENES, LAS PROTESTAS Y EL FUTURO

LOS JÓVENES, LAS PROTESTAS Y EL FUTURO

Eligio Palacio Roldán

Tengo la oportunidad de trabajar al lado de gente joven: inteligente, responsable, ágil, hábil y dispuesta a aprender, la mayoría de las veces. Soy afortunado. Los jóvenes, en su mayoría, son así; pero, también, tienen poca disposición al sacrificio y a emprender proyectos a largo plazo. Están inmersos en la cultura del siglo XXI; su deseo, ser rico y famoso, rápido. Y, como eso no siempre es posible o no en el grado que lo sueñan, se frustran fácilmente y abandonan lo que hacen buscando mejores posibilidades, que muy pocas veces aparecen sino se hace un gran esfuerzo.

Y, he ahí el problema: los gobiernos, los estados, la humanidad misma no fue capaz de brindar las oportunidades para que una creciente masa laboral, cada vez más exigente, se pudiera integrar al engranaje productivo de manera feliz y exitosa.

La situación de la juventud en Colombia y gran parte del mundo es compleja. En el país es hija de una sociedad que luchó a hombro partido para lograr el bienestar físico y económico, que abandonó el campo buscando mejores posibilidades en la ciudad y que se ve ahora impotente para brindar posibilidades de crecimiento profesional para miles de muchachos, la mayoría, con formación universitaria.

Esta semana, Juan Carlos Echeverry (https://twitter.com/JCecheverryCol) explicaba, en “El ahuecado embudo de la educación en Colombia”,  como de 755.000 niños que entran a estudiar, en nuestro país, solo 85 se gradúan en educación superior y consiguen empleo. Esa perspectiva es dramática y explica claramente las protestas de estos días. La situación, obviamente, no es culpa del presidente Duque y, creo, ningún mandatario a corto plazo podrá remediarla.

Aunque fatales e injustas por los perjuicios económicos, sociales y humanos que significan, las protestas son entonces explicables y al igual que la pandemia no son el “principio del fin del mundo”, ni de la democracia colombiana, como vaticinan algunos, pero sí el origen de una transformación en las formas de ser y de estar en Colombia. Será necesario buscar   opciones que permitan generar posibilidades de desarrollo económico, profesional y personal para miles de personas… Creo, es hora de volvernos atrás, de regresar al campo.

Así como a mediados del siglo pasado los colombianos acosados por el hambre huyeron hacia las ciudades, en la búsqueda de mejores oportunidades, va siendo hora de que se regrese a trabajar la tierra; máxime si se tiene en cuenta la difícil situación para generar agroindustria dada la escasez de mano de obra calificada, el envejecimiento de la que hay, y la crisis generada por el caos y la contaminación en las ciudades, agravada por el CORONAVIRUS.

Llegó el momento, a la fuerza, de redireccionar las políticas de educación, infraestructura y de desarrollo para el país, de vender a la niñez y la juventud las formas de vida en el campo. Tarea bastante compleja si se tiene en cuenta la imagen de riqueza, bienestar y esplendor de la ciudad que se ha vendido en los últimos siglos, la falta de disposición para el trabajo rural de las gentes y la delincuencia que se apoderó de gran parte de diversas generaciones; entre ellas las de los jóvenes de hoy.

ANTES DEL FIN

¿Cómo hacer, sin censurar, para frenar el uso y el abuso de las redes sociales? A la crisis hay que sumarle la gravedad de la desinformación.

¿Cómo hacer, para que los políticos no atraigan incautos a sus movimientos, utilizando como estrategia la inconformidad de los jóvenes?

¿Cómo hacer para que los periodistas cumplan con su deber de informar con la mayor objetividad posible y no tomen partido?