RELIGION-ES

RELIGION-ES
Eligio Palacio Roldán
“Para ser dirigente religioso se requiere, desde luego, ser un vivo; también, para ser un político”.

Define la Real Academia de la Lengua Española, la palabra Religión como el Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto. Y  temor como “Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso.”

Y es precisamente el temor a la divinidad por los castigos implícitos en la mayoría de las religiones, en especial en una posible vida más allá de la muerte, como se ha podido manipular al ser humano, en favor de intereses particulares. Que muchos beneficios trae la religión al hombre, dirán algunos; por supuesto que sí, lo mantiene controlado, ilusionado con un porvenir; ¿pero no va ese control, la mayoría de las veces, precisamente, en contra del crecimiento espiritual y material de los seres humanos?; no en vano decía Karl Marx que “La religión es el opio del pueblo”, es decir, la religión lleva al hombre a vivir alejado de la realidad, lo aliena, no lo deja progresar.

Freud encontró que la religión es “un símbolo encargado de apaciguar las angustias humanas”, angustias originadas en la primera infancia y apaciguadas por una cierta omnipotencia de los padres; omnipotencia que deriva, concluida esa etapa, en una fantasía por una cierta paternidad de Dios.

Administrando el temor e ilusionando a los humanos con la presencia de un DIOS de “Mano dura y Corazón Grande”, un Dios que castiga pero ama y también premia, las religiones han cometido abusos, desde siempre, con sus seguidores y con sus opositores; abusos con propósitos no siempre bien intencionados. Y entonces, por ejemplo, han sido comunes en las historias de las religiones las guerras santas, que buscan mayor poder y dominio sobre distintos grupos sociales, al estilo de las guerras mundiales, por el control político y económico de vastas regiones.

Pero además de instrumentos de poder, las religiones han sido, desde sus orígenes más arcaicos, instrumentos de bienestar y riqueza para sus dirigentes; la mayoría de los líderes religiosos no hacen nada más que “guiar” a sus fieles, no producen, son mantenidos por sus seguidores. De ahí que para nadie resulte extraño, ni cuestionable, el poder acumulado por las iglesias, su ostentación y su excentricidad.

Hablar de la religión católica, protestante, musulmana y de las cientos de sectas “de garaje” de diversos orígenes, en especial nacidas en Estados Unidos, y hasta de la de la “Piraquive” es hablar de privilegios para sus líderes, de lujos y derroche a costa de incautos.  En Colombia, un país de mayoría católica, la ambición de los padres de familia de las generaciones del siglo pasado era tener un hijo sacerdote; este logro garantizaba ascenso social y económico y hasta la posibilidad de llegar al cielo por “un atajo”; por ello, era común la obsesión de preparar a los hijos varones, desde muy niños, para ser curas y a las mujeres para ser monjas.

Ha sido tal la manipulación de las iglesias, que conozco casos de familias que aguantan hambre con tal de ofrendar los diezmos a su iglesia; un pobre seguidor de una de las decenas de sectas de Medellín, vendedor de semáforo, decía: “Yo tengo un pequeño rancho en el sector de San Cristobal, no tengo con que dar vestido a mis hijos y muchos menos estudio, pero si no doy los diezmos, Dios no me deja morir de hambre…”; un importante empresario afirmaba más o menos lo mismo: “mi fortuna se ha multiplicado, yo doy y Dios me devuelve con creces; un año no di el diezmo y me fue muy mal, entregar los diezmos es un buen negocio…”. ¿Qué dirá María Luisa Piraquive y a quién pagará sus diezmos?, ¿Será un auto diezmo?

ANTES DEL FIN:

Un adagio popular expresa que “Los vivos viven de los bobos y los bobos de su trabajo”; para ser dirigente religioso se requiere, desde luego, ser un vivo; también, para ser un político; al fin y al cabo, la religión y la política son dos actividades humanas bien parecidas, ambas buscan aprovecharse de los demás, ganándose el pan con el sudor de los otros, utilizando todo tipo de herramientas para manipular a los demás.

LO TANGIBLE DE LO INTANGIBLE

LO TANGIBLE DE LO INTANGIBLE
Eligio Palacio Roldán
La elección, hoy, de Jorge Mario Bergoglio, FRANCISCO, como el primer Papa Latinoamericano, en la historia de la Iglesia Católica, implicará seguramente un renacer de la fe cristiana en esta zona del mundo.

La Real Academia de la Lengua Española define tangible: “Que se puede tocar” e intangible: “Que no debe o no puede tocarse”. Pues bien, el ejemplo más claro de tangible e intangible se encuentra en la Biblia, en la historia del apóstol y santo, Tomás:

“Juan 20:24-29
Incredulidad de Tomás
24 Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino.
25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.
26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
27 Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
28 Entonces Tomás respondió y le dijo: !!Señor mío, y Dios mío!
29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”

Bueno, y la mayoría de los humanos creímos, pero no sin ver. Nos ideamos la manera de ver y tocar, a través de las religiones y, de ahí, su importancia, para la humanidad: Unas instituciones que le permiten al hombre tocar ese más allá, que todos anhelamos, ese espacio y ese tiempo, después de nuestras vidas.

Y tangible, muy tangible es la iglesia católica: En ella podemos tocar las imágenes de los santos, los grandes edificios (Iglesias) emblemáticos, de un tiempo ya pasado, y los “Ministros de Dios” con sus estrafalarios vestidos, suntuosos palacios y arrogante presencia.

Estos individuos, que sirven de puente entre lo tangible de esta vida y lo intangible del más allá, tienen una estructura política, que los agrupa, bien fuerte, bien antigua y bien humana. Tanto, que se ve afectada por los mismos vicios de las demás organizaciones políticas y aplica sus mismas reglas: “El Fin Justifica los Medios”, dijo hace ya muchos años Maquiavelo. Y no importa cuales: el engaño, la envidia, la traición, la manipulación de sus bases, etc.

Por estos días vivimos una contienda más por ese poder en la iglesia católica, tras la renuncia, por motivos poco claros, de Benedicto XVI. Y de esa contienda estuvimos pendientes en primera instancia 1.196 millones de bautizados en el mundo (17% de la población mundial) y en segunda instancia el resto de la humanidad, dado el poder acumulado por la iglesia católica, en los dos mil años de nuestra era.

Y. ¿Porqué el mundo católico estuvo pendiente de esta elección si, independientemente de quien resultase elegido, la organización seguirá manipulando a sus seguidores y éstos continuarán creyendo y aportando sus limosnas, diezmos y regalos sin mayores cuestionamientos?; y ¿seguirán unos más, otros menos, atendiendo sus orientaciones en el transcurrir de su existencia? Pues precisamente por satisfacer esa necesidad de sentirse inmortales y tener un puente con ese Dios, real en el imaginario, capaz de solucionar sus dificultades y satisfacer sus más íntimos deseos. Ese Dios tangible a través de una presencia humana: El Santo Padre.

La elección, hoy, de Jorge Mario Bergoglio, FRANCISCO, como el primer Papa Latinoamericano, en la historia de la Iglesia Católica, implicará seguramente un renacer de la fe cristiana en esta zona del mundo y que muchos de los habitantes de la región encuentren en él, el *Nombre del Padre, hoy ausente, por el que muchos se afirmen huérfanos y por el que se siente una inmensa nostalgia. Además, este Santo Padre, será el más tangible de toda la historia de este continente.

ANTES DEL FIN:
A pesar de la necesidad de los seres humanos de lo tangible, de ver y tocar al otro; en la mayoría de los pueblos de Antioquia, las gentes tienen la costumbre de dejarle, en herencia, sus bienes a la iglesia católica y en especial a las ánimas del purgatorio, los seres más intangibles de la tradición religiosa católica, para que intercedan, por el difunto, en la otra vida.

* Tema tratado en COLOMBIA HUÉRFANA y en Y AHORA… VENEZUELA TAMBIEN HUERFANA

EL FIN DEL ESPEJO

EL FIN DEL ESPEJO
Eligio Palacio Roldán

Las brumas comienzan a apoderarse del entorno, un vientecito helado asciende desde la quebrada. El viajero regresa al cementerio. Quiere saber si aún las aves llevan cabellos hasta la tumba de Luciana. Se detiene. Un sol tenue y pálido ilumina la escena, no logra distinguir las formas del campo santo. No encuentra el simbólico arco gótico bajo el cual se abrían las puertas del más allá, a los habitantes del pueblo.

Jadeante asciende por la ladera de la pequeña la colina, recorre un número de escalas que se le hace infinito. Trata de encontrar el Angel del Silencio, quien tantas veces fue su confidente. No lo encuentra. Unas moles que se le antojan gigantes o quizás “molinos de viento” impiden su paso.

Deambula de un lado a otro: anhelante, delirante, ofuscado, rabioso, lloroso. No encuentra el Angel, ni los pinos similares a los del parque del pueblo, ni los agapantos, ni las callejuelas, ni las tumbas, ni los habitantes del cementerio.

Tropieza una y otra vez. Cae para volverse a levantar. Recuerda lágrimas y amores vividos en cada espacio, en cada tiempo, en este lugar. Cientos de historias: los grandes y suntuosos funerales, los entierros en secreto, el llanto de alguna madre que no pudo ver crecer a su hijo; las explicaciones que pidió algún día un joven por no tener padres, las de muchos seres que nunca nacieron, las de otros que no crecieron. Muchas iras, amenazas y maldiciones. Alguna bendición.

El viajero se detiene. Unas bóvedas vacías se le antojan cuencas de ojos de monstruos, que parecen devorarle. Algunas aves alzan su vuelo, a su llegada. Y, allí, en el piso, un manojo de cabellos, le indican que esta frente a la tumba de Luciana. Toma el cabello en sus manos, lo lleva a su rostro, lo huele, lo aspira, lo acaricia. Solloza. Quiere recordar, no lo consigue. La indignación se apodera de sus ser. No puede.

El cementerio había sido construido por los habitantes de la localidad para perpetuarse, para vigilar los descendientes que ocupaban sus lugares en el área urbana, para ser eternos. Era el espejo del pueblo. Todos habían contribuido a la obra, desde los más pobres hasta los grandes gamonales, habían entregado sus dineros a la iglesia para construir una vida, más allá de la muerte. Ahora, sus descendientes, hacían lo mismo; pero esta vez para expulsarlos, para dejar sus restos a la intemperie y permitir, a esa misma iglesia, un negocio rentable.

El viajero no entiende por qué los seres humanos pasan su vida engañados, por una religión, que utiliza la imagen martirizada de Jesús, para perpetrarse en el poder, en la opulencia; con ropajes de secta y maneras de reyezuelos; en altares construidos para honrar a Dios, usados para engañar al hombre y exprimirle hasta la última gota de sudor, y así saciar su ambición de dinero y poder.

El viajero no resiste la presión de sus pensamientos, le duele la cabeza. Los recuerdos se le agolpan tumultuosos. Siente que fueron engañados. Quiere encontrar a Everardo, Daniel, Paz, Estefanía, Pedro Antonio, Antonio José, Gabriel, Israel, Cruz, Anita, Mercedes, Jorge… en fin, a todos los que habitaron primero el pueblo y luego el cementerio y mostrarles esta gran estafa; decirles que el dinero que entregaron a la Iglesia fue utilizado en su contra. Que los traicionaron.

Era demasiado tarde: el espejo del pueblo lo habían hecho trizas. Solo quedaban restos esparcidos sobre la colina y unas moles, símbolo de la soberbia de los “Ministros de Dios”.