LAS ARENAS DEL DESIERTO

LAS ARENAS DEL DESIERTO

Eligio Palacio Roldán

Languidecía la tarde cuando ingresó al supermercado de la ciudad que visitaba de vez en cuando. Aún había tiempo de mirar el brillo del sol sobre la montaña que se asomaba tras la vidriera; no en vano, allí se celebraban “Las Fiestas del Atardecer”. Sin saber cómo atravesó el cristal que daba paso al desierto encerrado entre algunos edificios, el sol hacía brillar las arenas a tal punto que era imposible mirarlas con detenimiento. Le dolían los ojos.

Caminaba solo en medio de un desierto que se ampliaba a cada paso, en cada susurro, en cada pensamiento, en cada respiración. Las montañas crecían y aumentaban su inclinación, el piso se movía y él se hundía en una arena cada vez más negra, cada vez más brillante.

Miró a su alrededor, el paisaje le era extraño, desconocido, estremecedor. Oscurecía. Sintió miedo. Debía regresar, claro, pero no sabía cómo. Estaba perdido, en medio de las arenas del desierto.

EL TRASTEO

EL TRASTEO

Eligio Palacio Roldán

Siempre quiso cambiar de casa, pero no de esa manera. Lo había hecho de afán, no recordaba muy bien por qué; quizás fue la guerra, una tragedia anunciada que se cernía sobre la zona que habitaba, una amenaza, su locura o el desamparo que produce la enfermedad y la vejez. Lo cierto es que allí abajo estaba el vehículo que lo llevaría a esa nueva vida y él no estaba preparado para marcharse.

Como pudo recogió parte de sus cosas, las que primero vio o las que más le dolían. No todas, muchas se quedaron esparcidas por el piso o guardadas en lugares que ni recordaba. El descenso fue difícil, las piernas no le respondían y desde el vehículo lo acosaban. No había tiempo, era necesario marcharse ya.

Recorrió pequeños montículos que se le antojaron montañas. En el momento de subir al carro, donde dos pares de ojos fríos y despiadados lo esperaban, vio en la parte más alta de su jardín la caja que contenía sus libros, como pudo se arrastró hasta allí enfrentando el peso de su cuerpo y la presión que le hacían desde el vehículo. A punto de alcanzarlos rodó cuesta abajo y solo despertó a la entrada de su nueva casa.  Allí no había lugar para él, aunque sabía tenía parte en ella. Le tocó alojarse en la buhardilla, pero su peso, ese peso que le dificultaba el movimiento no le permitió alcanzarla.