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SANDRA PIAROLO

SANDRA PIAROLO
Eligio Palacio Roldan

Son las 7:30 de la noche en Colombia, quizás las 9:30 en altamar y el avión de Iberia, que cubre la ruta Bogotá Madrid, se estremece ante la furia de los vientos. Hay turbulencia.

Sandra siente miedo. Le atemoriza la muerte. Bueno, no tanto la muerte: el sufrimiento que puede provocar.

Acaba de tener una experiencia dolorosa: el pasado 13 de febrero murió Tino, su esposo. Falleció, a causa de un cáncer en el colon que le duro cinco años y fue muy traumático. Le teme a un sufrimiento similar, a ese “antes de morir”. Cree que Tino está descansando en su regazo, en su corazón.

Sandra vive en la población de Sondrio, unos cien kilómetros al norte de Milán. Allí transcurrió toda su existencia, de la cual, estuvo acompañada de Tino durante 50 años.

Un día, Fabrizio, su único hijo, vino a Cartagena de paseo con un amigo y se enamoro de la ciudad, a donde regresaría un año después a trabajar. Un año mas tarde, contrajo matrimonio con Tatiana, una cartagenera que le robo el corazón.

Fabrizio lleva diez años viviendo en Colombia y, desde entonces, Sandra lo visita cada año para estar con el y su nieto, Andrés, de tres años, que la ama y a quien ama con todo su corazón.

El primer año de Fabrizio en Colombia fue muy difícil, para ella: lloraba y lloraba. Le hacía mucha falta su hijo, Después lo fue aceptando. Tino le decía que estuviese tranquila que su hijo podría estar donde quisiese.

De Cartagena Sandra afirma que: Voy a Cartagena porque esta mi hijo. Tengo, mi vida en Italia. Bogotá me gusta mucho por el clima, parecido al de Sondrio.

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LA BENDECIDA

LA BENDECIDA
Eligio Palacio Roldán
A los 64 años de edad, doña Gina, se siente bendecida por Dios, por su familia y en especial por un trabajo, que desempeña con mucho amor.

El reloj marca la una y veinticinco minutos de la madrugada y, mientras algunos apenas ingresan a su casa y otros duermen plácidamente, la jornada laboral comienza para doña Gina. A la una y treinta, cuando suena el despertador, ya ha tenido tiempo de dar gracias a Dios por el nuevo día.

Hace 26 años la vida laboral de doña Gina se transformó: Luego de ser despedida de la Asamblea Departamental, donde prestaba sus servicios, y con el apoyo del ex diputado Rodrigo Mesa Cadavid comenzó con una actividad que la ha acompañado durante todo este tiempo: un puesto de cafetería ambulante en la plazoleta del Centro Administrativo La Alpujarra, en Medellín.

Comenzó a vender café, chocolate, empanadas y gaseosas y hoy tiene el desayunadero ambulante más popular de la zona: vende, además, tortas de “chócolo” y carne, pan con queso, chorizos y toda la fritanga más sabrosa de la ciudad.

Prepara todo lo que vende, con excepción de los chorizos que se los llevan de Marinilla y los panes. Su vida y las de sus dos hijos, su nuera y el nieto giran alrededor del negocio. Ellos se levantan a las tres y treinta de la madrugada a fritar y, a esa hora, doña Gina ya ha preparado el chocolate y el café que se vende en tres presentaciones: Muy caliente, caliente y tibio.

Para Doña Gina, su trabajo es sinónimo de tenacidad: solo descansa los viernes, cuando duerme todo el día. Tanto que, cuando se levanta, le duele todo el cuerpo. En el resto de la semana no hay descanso: de lunes a viernes levantada a la una y treinta de la madrugada para estar antes de las seis en La Alpujarra, donde permanece hasta el medio día. Luego de una a cinco de la tarde un sueño reparador y de cinco a ocho o nueve de la noche a preparar alimentos para el próximo día y luego a dormir. Los sábados y los domingos a mercar y a prepararse para la semana que comienza.

Para doña Gina, que vive en un Barrio Popular, al norte de la ciudad, “lo mejor de este trabajo es porque yo relaciono acá con mucha gente que es muy formal y ya como que yo no vengo acá y me hace mucha falta”

El anterior gobernador, Luis Alfredo Ramos Botero, la reubicó en el centro de la plazoleta, por razones de seguridad, y su negocio se hizo mucho más visible. Ahora pareciera otro de los atractivos del centro administrativo.

Los mejores días, en ventas, para doña Gina son los de quincena, cuando mucha gente llega a hacer sus vueltas, y los de las protestas contra el gobierno, cada vez más frecuentes. En los días malos, la comida que no se vende la consume su familia y los vecinos del barrio. “Ese día es toda una fiesta en la vecindad”, dice.

Doña Gina porta una manilla con el número 666 que, según ella, no es el número del demonio sino el de la prosperidad: Esa idea corresponde a su creencias en la secta ‘Creciendo en Gracia’ al igual que la teoría de que Jesús ya llegó por segunda vez. Lleva siete años, perteneciente a esta organización y se siente “feliz, llena de Dios, creciendo en gracia”.

El sueño de esta mujer es que su actual nieto y los que lleguen, a su vida, en el futuro, estudien. Piensa “trabajar hasta que le permitan seguir haciéndolo o hasta que el cuerpo aguante, porque este trabajo, agota”, dice.

A los 64 años de edad, doña Gina, se siente bendecida por Dios por la familia que tiene y, en especial, por su trabajo, que desempeña con mucho amor.

ANTES DEL FIN
Pregunta zanahoria: ¿Para el DANE, doña GINA, sus dos hijos y su nuera estarán empleados?

 

 

 

 

 

 

UN NUEVO AMANECER

UN NUEVO AMANECER
Eligio Palacio Roldán

A unos 90 kilómetros, al norte de Medellín, en los límites entre Entrerríos y Belmira, cerca al Páramo de Belmira, Fabián Giraldo Callejas lucha con todas sus fuerzas para que, un día, el amanecer que presencien sus tres Marías sea mucho más hermoso, que el que las despierta cada mañana, en medio del monte.

Construir un rancho en medio del monte no fue problema para Fabián, quien ante la posibilidad de tener un trabajo para sostener su familia y ojalá hacer un ahorro para el futuro, no le importa afrontar dificultades. Dificultades como las de vivir en medio del monte, sin energía eléctrica y a merced de las inclemencias de la naturaleza. Solo fue pedir autorización a los dueños del terreno, conseguir con los vecinos unas latas, cortar alguna madera del mismo monte, unos clavos, y armar lo que hoy es su casa.

A él y a su familia, les hace falta la luz eléctrica, desde luego, y sobre todo un inodoro, pero cree, que esta situación es temporal y que a veces es necesario aguantar necesidades. El problema mayor es la conservación de la carne, cuando tienen la oportunidad de comprarla.

Fabían Giraldo y Ana María López decidieron compartir su vida hace unos tres años. Ahora, bordeando los 20 años, son padres María Alejandra y Marisol, dos niñas de tres y dos años respectivamente, por las que luchan con entusiasmo y para las que sueñan una vida mejor, a las que les ha tocado vivir a ellos.

Fabián llegó a la zona, siendo un adolescente. Buscaba el sustento para su familia. Desde entonces trabaja con los cultivadores de papa, provenientes del municipio de La Unión, en cosechas de dos años, que luego dan paso al verde del pasto para la ganadería lechera.

Se gana unos trescientos mil pesos al mes, trabajando a destajo. No le pagan prestaciones sociales aunque le cubren los gastos de salud primarios. Con ese dinero, compra el mercado para la quincena. A veces no le alcanza sino para una paca de pañales, afirma.

La familia Giraldo Callejas llegó a la zona desplazada del municipio de Toledo, norte antioqueño, por la violencia de la guerrilla. Fabián recuerda: “Yo nací en Medellín, me crié en Toledo de donde nos desplazó la guerrilla; mi mamá tuvo que abandonar la zona con sus tres hijos. Mi sueño es ir algún día a recuperar la tierra, que ahora me cuentan está también en monte… Antes cultivábamos café, yuca y plátano… Daba gusto ir, pero ahora no… Aún tenemos los papeles de esas tierras… Un día, hace unos siete años nos dieron cuatro horas para salir de la zona… Esa es una historia, muy triste.”

Fabian y Ana María se sienten tranquilos viviendo en el monte. El, con una sonrisa melancólica, afirma que “Estamos en este rancho, pero tenemos paz.”