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EL SECTARISMO NUESTRO DE CADA DÍA

EL SECTARISMO NUESTRO DE CADA DÍA

Eligio Palacio Roldán

“Corría el 12 de abril de 1633 cuando el científico italiano Galileo Galilei (1564-1642) compareció, a la edad de 69 años, ante el Santo Oficio, la Inquisición romana, para dar cuenta de un libro que había publicado un año atrás, el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, en el que defendía el modelo heliocéntrico propuesto por Copérnico. En él planteaba que la Tierra y los planetas giraban alrededor del Sol, y ridiculizaba el geocentrismo, que colocaba a la Tierra en el centro fijo del universo y que está basado en la física aristotélica y, sobre todo, en el modelo ptolemaico, el que mejor encajaba con las Sagradas Escrituras”.

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/el-juicio-contra-galileo_7184)

El anterior párrafo relata una de las épocas más aciagas de nuestra historia, la época donde el fanatismo de la iglesia católica implementó la Inquisición para luchar contra la herejía. La herejía, como en el caso de Copérnico, era solo ejercer la facultad de pensar, así fuera con fundamentos científicos.

Esa época, cuatrocientos años atrás, debiera ser un relato del pasado, pero no lo es. Es la historia de nuestra prehistoria como humanos, de la historia, del pasado reciente y de un eterno presente que permite inferir que la evolución del hombre se frenó en algún instante, para siempre.

Y es que en el siglo XXI,  el siglo de las comunicaciones, de la Aldea Global que predijo hace 50 años Marshall Mcluhan, seguimos atrapados en el sectarismo. La Real Academia de la lengua Española lo define como “Fanatismo e intransigencia en la defensa de una idea o una ideología”.

Una de las características propias de los sectarios es que se creen dueños de la verdad. No los asaltan las dudas y si apareciera alguna la desechan de inmediato. El resto del mundo está equivocado y tienen pocas capacidades mentales y/o intelectuales para dilucidar las situaciones y las posibles soluciones a las dificultades.

El sectarismo religioso, en Colombia, se ha ido atomizando con la aparición de diversos grupos y profetas pero sigue exactamente igual de retrógrado que en los tiempos de Copérnico e incluso del mismo Jesucristo. Cuenta la historia que el líder religioso fue asesinado por el mismo fanatismo, de las gentes del comienzo de nuestra era.

En lo político, después del apaciguamiento de la repartición del poder del Frente Nacional y la reducción de la izquierda  a una guerrilla sangrienta; a comienzos de este siglo,  apareció el Dios de la derecha, Alvaro Uribe Vélez, cuyos seguidores tratan de imponer su verdad a la manera de la Inquisición de hace cuatro centurias. Y obvio, en la eterna lucha entre los polos opuestos, surge el Dios de la izquierda, Gustavo Petro, con adeptos tal vez más sectarios y dispuestos a eliminar al enemigo que los de Uribe.

Al igual que en la religión y en la política, sucede en el deporte, el arte, la economía  y, en fin, en cada actividad humana. También se establecen sectas alrededor de la raza, el sexo o la cultura. Pareciera que el ser humano estuviera estructurado para imponerse a la fuerza y que la profundización en el conocimiento, como herramienta de entendimiento, fuera solo una utopía.

ANTES DEL FIN

Hace muchos años, al pueblo donde vivía, llegaron los evangélicos a ganar adeptos. Un grupo de laicos organizaron una marcha para expulsarlos. El párroco, en vez de hacer un llamado a la calma, los arengaba y celebraba con alborozo su expulsión del lugar.

Llega la época de mayor fanatismo en Colombia: La de las elecciones populares de alcaldes. También al de mayor inversión en la industria de la corrupción.

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¿DUQUE UN PRESIDENTE DISTINTO?

¿DUQUE UN PRESIDENTE DISTINTO?

Eligio Palacio Roldán

El presidente de Colombia, Iván Duque, se parece a los expresidentes Cesar Gaviria (1990–1994) por su juventud e inexperiencia, a Ernesto Samper (1994-1998) por no tener “luna de miel” con el electorado y por la oposición fortalecida a sus gobiernos, a Andrés Pastrana (1998-2002) en el rechazo injustificado de la prensa y en la falta de química con las gentes de menores recursos, a Uribe en algunas posiciones cavernícolas y en un gobierno diseñado para favorecer a los empresarios, a Santos en su falta de votos y una deuda con el mismo mentor: Uribe.

Tiene mucho de todos y una gran diferencia: “La mermelada”, que tiene y esparce con discreción, no ha sido suficiente para saciar la voracidad de una clase política, que no se satisface fácilmente como consecuencia de las concesiones que hicieron los dos anteriores mandatarios para mantenerse en el poder, por un segundo período consecutivo. Se suma a este panorama la crisis venezolana y una izquierda tan fortalecida y con métodos de lucha tan retrógrados como la de los años setenta, del siglo pasado.

Como resultado de las anteriores situaciones, realmente, por primera vez, desde el surgimiento del  Frente Nacional, a mediados del siglo pasado, se tiene en Colombia un Congreso que no le marcha a las iniciativas del ejecutivo, como respuesta a la “mermelada” y lo que para muchos es una catástrofe, podría ser el escenario perfecto para que se desarrollara por fin nuestra democracia y, en consecuencia, una bendición  para el país.

Y lo puede ser, porque nuestra Carta Política está cimentada teóricamente en la división de los poderes. División que no funcionaba porque se absorbían entre si, haciendo un bloque que propiciaba y generaba corrupción.

El mejor ejemplo de cómo debe funcionar una democracia es la forma como se desarrolla la objeción del presidente a seis artículos de la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la PAZ (JEP), objeción que el mandatario estaba en todo su derecho a hacer, si a bien lo consideraba, pues así lo indica nuestro ordenamiento jurídico; objeciones que el Congreso debe considerar y apoyar o no, si a bien lo considera y, si las apoya, la Corte Constitucional tendrá a bien declarar o no la constitucionalidad de lo aprobado en el Congreso, si a bien lo considera.

La situación es clara y es una oportunidad para enaltecer nuestra democracia si las tres ramas del poder público, a bien lo tienen.  Y ahí está el secreto: Tenerlo a bien. Es decir, que en sus actuaciones prime el análisis y las mejores intenciones por el futuro del país. Quien gane o quien pierda es secundario. Lo importante es que gane Colombia y eso se logra más fácil si hay independencia de poderes. Una independencia que alarma a una sociedad que no sabe que es eso, que se ha acostumbrado a la unanimidad, sin importar que haya sido conseguida corrompiendo las tres ramas del poder público. Y si al presidente Duque le niegan las objeciones o cualquier proyecto que presente al Congreso, no deberá sentirse derrotado sino con un presidente que defiende la democracia.

Obviamente se está pensando en que las decisiones de uno u otro órgano del poder público actúe pensando y luchando por el bienestar del país y eso, claro, pude ser utópico. Pero, creo, Duque está marcando la pauta correcta.

Ser vencido en franca lid no es una derrota.

ANTES DEL FIN

Una de las críticas más frecuentes al presidente Duque es su apoyo a la oposición al gobierno venezolano. Pareciera que sus opositores, en esta materia, no vivieran la realidad de hoy en Colombia: no hay ciudad ni poblado, por pequeño que sea, al que no hayan llegado venezolanos en búsqueda de trabajo. La diáspora venezolana arrasa con el empleo y la calidad del mismo para los colombianos. No sé por qué el Dane no registra aun lo que esto significa para el país, en cifras.

Los venezolanos están desplazando a los colombianos hasta en los buses, de nuestras ciudades, como cantantes.

LOS MISMOS CON LAS MISMAS

LOS MISMOS CON LAS MISMAS

Eligio Palacio Roldán

“15 altos funcionarios de Duque vienen del gobierno Santos” tituló el portal de internet “La Silla Vacía”, el pasado 20 de agosto, mostrando como la transición entre los gobiernos entrante y saliente “no había sido tan brusca”. Y si eso sucede entre los altos funcionarios, mucho más ocurre en los mandos medios y bajos, que pasan de una a otra posición sin que casi nadie lo perciba, sin que casi nadie se pregunte por sus idearios políticos. Esta característica de los gobiernos colombianos se origina, sin duda, en El Frente Nacional.

El Frente Nacional fue una extraña fórmula de alternancia en el poder entre los partidos Liberal y Conservador para “poner fin” a la violencia de mitad del siglo XX, en Colombia. Operó entre 1958 y 1974,  y sentó las bases de la repartición de la burocracia en las ramas del poder público  y, obvio, de la corrupción que nos agobia.

Desde los inicios del Frente Nacional Colombia ha sido gobernada por una misma clase política que se “renueva”, con el pasar natural de los años, con los descendientes de unas pocas castas políticas. Por eso es normal ver como en los medios de comunicación e incluso en la plaza pública los dirigentes de los “diferentes” partidos políticos se enfrentan en intensas e interminables discusiones para luego verlos trabajando juntos, sin importar la supuesta ideología de los gobiernos de turno.

También se ve, como los presidentes al iniciar sus mandatos recortan burocracia y despiden contradictores, para sintonizarse con el querer popular, pero que poco a poco van reubicando en otras instituciones estatales, en una repartición obligada de favores. Favores que generan una especie de clase social zángana que solo se dedica a vegetar mientras logra su jubilación, en un desgreño administrativo que carcome las instituciones públicas.

Lo que fue una solución para lograr la paz entre liberales y conservadores se convirtió con el tiempo en un hecho generador de exclusiones, debilitamiento de la democracia y de muchas otras formas de violencia similares y aún peores que las que se pretendían evitar. Como consecuencia de ello surgieron las guerrillas de izquierda Farc, ELN y EPL y el movimiento paramilitar de derecha. Esta fue una lección que no se aprendió o no se tuvo en  cuenta en las negociaciones de paz entre el gobierno Santos y las Farc y cuyo desconocimiento generó nuevos fanatismos y confrontaciones que, seguramente, desembocarán, otra vez, en la muerte de centenares de colombianos, repitiendo otra historia sinfín de nuestra Colombia.

Terminado el Frente Nacional, los liberales, conservadores y alguno que otro personajillo   tecnócrata o de izquierda en el poder, no fueron capaces de dejar de depender del estado  y entonces se fueron camuflando, gobierno tras gobierno, con la manida teoría de que “La política es dinámica”

ANTES DEL FIN

Terminado el Frente Nacional, en el comienzo de la era del camuflaje entre uno u otro partido, un conocido personaje de Entrerríos – Antioquia afirmaba: Yo soy el más liberal de este pueblo, pero el pueblo solo va hasta “vuelta bonita”. En Medellín trabajaba con un gobernante conservador, partido contrario al suyo, del que denigraba constantemente.

Lo mismo que le sucedía a mi paisano, le ocurre a centenares de colombianos que viven denunciando los gobiernos por corruptos, posan de decentes, organizan marchas anticorrupción y a la vez reciben ingresos de esos mismos gobiernos, que critican, por desarrollar costosos proyectos cuyos efectos nunca se hacen tangibles.

Las embajadas del gobierno Duque, al igual que las de Santos, Uribe y todos los demás son otra prueba de que siempre son los mismos con las mismas. No importa que se dediquen a negocios particulares o las reciban como un premio por su “lealtad” con el gobierno de turno y le aporten poco o nada al país.

ELECCIONES, 48 AÑOS DESPUÉS… ¿SERÁN LA REVANCHA DE LOS SEGUIDORES DE ROJAS PINILLA?

ELECCIONES, 48 AÑOS DESPUÉS… ¿SERÁN LA REVANCHA DE LOS SEGUIDORES DE ROJAS PINILLA?

Eligio Palacio Roldán

Fue solo hasta 1970 cuando el General Gustavo Rojas Pinilla tuvo la oportunidad de saldar una vieja rencilla con la clase política colombiana. En ese entonces estuvo a punto de llegar a la presidencia de la república en una reñida competencia con el candidato, de la clase política tradicional, Misael Pastrana Borrero.

La historia había comenzado en 1953 cuando el General derrocó al presidente Laureano Gómez y asumió la presidencia hasta 1957. En ese entonces, tuvo que ceder el mando a una Junta Militar que daría paso al Frente Nacional, una alternancia en el poder entre liberales y conservadores que, con el tiempo, desfiguraría las dos ideologías.

El 19 de abril de 1970, Rojas Pinilla, habría ganado las elecciones cuyo escrutinio fue suspendido por el gobierno de Carlos Lleras, hasta el día siguiente, para dar como ganador al candidato Pastrana.

En 1974 nació el M19, movimiento guerrillero originado en el descontento producido por la ilegitimidad de las elecciones del 19 de abril de 1970: Lo integraron y lideraron, entre otros,  algunos dirigentes de la ANAPO, partido de Rojas Pinilla.

Fue en 1977, cuando el hoy candidato a la presidencia Gustavo Petro, se hizo unió a los insurgentes del M19. En 1984 entró en la clandestinidad y en 1985 fue torturado y llevado a la cárcel, durante dos años. Luego fue liberado y permaneció en la ilegalidad hasta que el gobierno de Virgilio Barco firmara la paz, con el movimiento insurgente, en 1990, para dar paso a la Constituyente de 1991.

Hoy, 48 años después de las elecciones que dieron origen al M19, la situación política es muy similar a la de ese año electoral. Otra vez, se enfrenta un candidato populista, que ya se puede calificar de caudillo, como el General Rojas, Gustavo Petro. Otra vez, como en el 70, toda la clase política tradicional, el mismo Frente Nacional de entonces, liberales y conservadores, se unen para tratar de detener al candidato de las mayorías silenciosas, generalmente de clase humilde, opuestas a los políticos tradicionales. Y, otra vez, los radicales de izquierda y derecha polarizan al país cargados de promesas y acusaciones mutuas.

No obstante, hay algunas diferencias entre la campaña electoral de 1970 y la de hoy. En ese entonces el presidente, Carlos Lleras Restrepo, tenía un amplio respaldo de la población y apoyaba al candidato de la clase política tradicional; el de ahora, Juan Manuel Santos, quien arrastra los índices más bajos de popularidad de la historia presidencial, desde que existen mediciones, respalda al candidato de la oposición, en lo que se podría constituir en una traición a la clase social que lo vio crecer y lo hizo presidente de Colombia.

De ganar Petro, las próximas elecciones del 17 de junio, sería la revancha de los seguidores de Rojas Pinilla que vieron frustrada su aspiración presidencial hace 48 años. De perder, podría ser el nacimiento de otro movimiento insurgente. Y si pierde Duque, ¿podría nacer una insurgencia de derecha?

Muchas cosas se juegan en las próximas elecciones: el futuro de Colombia y los colombianos. Es necesario pensar el voto en presente y en futuro. El pasado ya es historia.

ANTES DEL FIN

Todo parece indicar que los jóvenes y los intelectuales apoyan a Petro, también uno que otro viejito “mamerto” de la izquierda tradicional colombiana; ¿Será que pueden los sueños inocentes contra el pragmatismo de la sociedad colombiana, derechizada por el peso de la historia de las guerrillas y el incierto presente y futuro de Venezuela?

LA PAZ DE LAS ELITES

LA PAZ DE LAS ELITES

Eligio Palacio Roldán

En el año 1956, se llegó a un acuerdo entre las élites de los partidos liberal y conservador para terminar con la violencia partidista en Colombia y tratar de frenar el movimiento político del exdictador populista Gustavo Rojas Pinilla. Incluía la alternancia en el poder de las dos vertientes políticas, en gobiernos de coalición, entre 1958 y 1974, pero excluía al pueblo colombiano.  Se trataba del El Frente Nacional.

Esta historia no parece tan lejana para los colombianos…

En el año 2016, se llegó a un acuerdo entre las élites del gobierno Santos, incluidos los partidos liberal y conservador, con las Farc, guerrilla surgida como consecuencia de la exclusión del Frente Nacional, para terminar con la violencia en Colombia y “tratar de frenar el movimiento político del expresidente populista Alvaro Uribe Vélez”. No incluye la alternancia en el poder, en gobiernos de coalición, pero si su perpetuación en el mismo. Este pacto, excluye, también, al pueblo colombiano.

La situación de Colombia, luego del acuerdo de paz con las Farc, guarda similitudes, además,  con lo sucedido tras la muerte de Pablo Escobar o la disolución del Cartel de Cali. En esas ocasiones se habló, al igual que hoy, del fin de la guerra y de los carteles de la droga, del cese de la violencia y la llegada de una nueva era para Colombia; sin embargo, las organizaciones criminales fueron sustituidas por otras que se multiplicaron y extendieron por todo el país.

A diferencia las cúpulas de  los carteles de Medellin y Cali, que fueron derrotadas, condenadas o eliminadas, los integrantes de la de las Farc alcanzaron lo inimaginable: ser perdonados, sanear sus fortunas y hacer parte de jet set nacional e internacional.

Cada día es más evidente que el acuerdo con las Farc fue solo un acuerdo entre élites (ver LA PAZ DE LOS VIEJITOS https://eligiopalacio.com/2015/09/29/la-paz-de-los-viejitos/). Los recientes disturbios en Tumaco, que incluyeron la muerte de varias personas es una prueba fehaciente de que la paz está muy lejos de Colombia.

Era obvio que el grueso de la organización guerrillera se iba a desplazar hacia otras organizaciones criminales, incluso, se ha generado mayor desesperanza y resentimiento social: ¿Que pueden sentir estas gentes, acostumbradas a delinquir, sin oportunidades reales para el presente y el futuro cercano, viendo a sus exlíderes haciendo ostentación de los privilegios de su nueva vida, sin pagar por sus crimines y con un futuro definido y halagador.

¿Qué pueden sentir los miles de ciudadanos que no encuentran un trabajo digno y una manera de subsistir cuando ven a los delincuentes que los doblegaron, por más de medio siglo, exhibiendo su nueva posición? Lo obvio: Que en Colombia los buenos somos más pero que es mejor ser malo que bueno. Que los malos son premiados.

¿Qué pueden sentir unos y otros? Que en este pacto, como siempre, han sido excluidos, que han sido utilizados por unos y otros para alcanzar un poder en beneficio de unas pocas élites.

ANTES DEL FIN

  • El movimiento del expresidente Alvaro Uribe guarda grandes similitudes con el del general  Gustavo Rojas Pinilla. ¿También se repetirá la historia de las elecciones de 1970?
  • Dice un pequeño comerciante, de un municipio cocalero de Antioquia: “Por mi tienda desfilan los mismos hombres de siempre: los que me exigieron “vacunas ayer”, los que llevan insumos para la producción de coca. Ahora no tienen que ocultarse bajo un camuflado. Es la diferencia. Mi vida, la misma: trabajando para sostener los delincuentes.”

CREI EN LOS PARTIDOS POLITICOS… UN DIA

CREI EN LOS PARTIDOS POLITICOS… UN DIA.
Eligio Palacio Roldán
Ahora a mis paisanos hay que pagarles su voto: puestos, carreteras, bultos de cemento, arena o plata. Y el día de elecciones es uno de los más productivos: reciben almuerzos, dinero, y regalos, en todos los directorios políticos.

Cuando fui tomando conciencia del mundo que habitaba, por allá a comienzos de la década del 70, del siglo pasado, supe que en Colombia habían dos partidos políticos: el Conservador y el Liberal. Yo era conservador, desde luego; como no serlo si mi tío “Danielito” era un ejemplo de servicio para la comunidad. Además, conservadores eran los hombres y mujeres más prestantes del pueblo, los que estudiaban en Medellín y los más riquitos (Yo, supuestamente, también lo era; sin embargo, que pobreza, la que se vivía en mi casa).

Después, descubrí que los políticos visitaban mi pueblo en época electoral. Sin dinero, nos tocaba atenderlos: nos poníamos nuestras mejores ropas y, con esfuerzos insospechados, se servían manjares y viandas, solo visibles en esos acontecimientos; era una verdadera fiesta: Don Juan Antonio prestaba sus caballos, el más bonito, “Torbellino” era para el político de turno, y en la tarde nos sentíamos orgullosos: El político X o Y nos había dado la mano, nos había dicho que éramos inteligentes y que seríamos los futuros líderes. Nuestra mirada era altiva; sobre todo, si encontrábamos un liberal. Ah… y en las elecciones nos peleábamos y odiábamos al contrincante: nosotros éramos los mejores. Cuando perdíamos llorábamos y decíamos que nos habían robado las elecciones.

Y se terminó el Frente Nacional y nos dio mucho miedo y ganó un liberal, Alfonso López Michelsen, y pensamos que los conservadores vivirían tiempos difíciles. Y sí, siempre hemos vivido tiempos difíciles, pero no por ser conservadores; solo por ser colombianos. Y los conservadores continuaron en el poder y seguían disfrutando de sus mieles, como siempre.

Y el desdichado invento para acabar con la violencia, El Frente Nacional, un acuerdo para repartir el poder entre liberales y conservadores, se perpetuó en la historia de Colombia. Claro que, un día, en 1986, el Presidente Virgilio Barco pensó que era necesario acabar con el esperpento y pasó al esquema Gobierno-Oposición y el Partido Conservador, pensó que podía ser un partido digno y podía hacer oposición y casi se acaba. Es que ser un partido político sin burocracia es morir: No hay ideales, no hay ideas, no hay nada que lo sostenga. Entonces del Frente Nacional se pasó a la “Unidad Nacional”, donde también se repartieron el poder entre los dos partidos tradicionales.

Mientras tanto, en mi pueblo, la historia no cambiaba mucho. Bueno, lo hacía un poco: ahora los dirigentes conservadores, con cada vez menos seguidores, decían que “El Partico Conservador es la Reserva Moral de la Patria” y la “Reserva Moral” por fin tuvo un alcalde; y ese alcalde fue tan o quizás más corrupto que los otros alcaldes, del Partido Liberal de ese pueblo y de todos los partidos políticos, de los demás pueblos de Colombia.

Y entonces comprendí que el Partido Conservador no tenía nada que ver con mis ideales. Bueno, que no existía tal partido y que, aquello, era una montonera de tipos tratando de sacar ventaja de todo y no para todos; sino para unos pocos.

Un tiempo más tarde, demasiado tarde, desafortunadamente, entendí que nuestras peleas pueblerinas eran ridículas: todos éramos de la familia y en elecciones no nos hablábamos y el resto del tiempo nos mirábamos con recelo. Mientras tanto, el pueblo permanecía en el olvido y sus dirigentes, conservadores y liberales, trabajaban juntos en la ciudad; sin importar quien llegara al poder.

Y luego tuve la oportunidad de conocer el Partido Liberal y era igual de perverso al Conservador. Claro, cada partido a su interior se cree salvador de la patria. Y después comprendí lo mismo de los demás partidos. Y desde entonces siempre voté en blanco.

Pero volviendo a la historia de Colombia, el partido Conservador comprendió que era minoría y que sin poder “la cosa” era muy dura y que era necesario mimetizarse. Y se mimetizó. Y mantuvo la burocracia. Y mimetizado logró llegar a la presidencia, con Andrés Pastrana, y tuvo que repartir los puestos con los liberales y con los de izquierda y con todos los partidos… Por aquello de la Unidad Nacional o la “Unidad Burocrática”; diría yo.

Pero la “Unidad Burocrática” no bastó y entonces fue necesaria la “Unidad Corrupcrática”; porque además de la burocracia ahora era necesaria la corrupción y así se eligió a Alvaro Uribe Vélez y éste en vez de reducir la corrupción a sus justas proporciones, como lo proponía el presidente Turbay, con desfachatez, por allá a comienzos de la década del 80; la dejó desbordar.

Y llegó Santos y todo continuó igual, o peor: Con la “Unidad Corrupcrática” y el Partido Conservador allí.

ANTES DEL FIN:
De regreso a mi pueblo me doy cuenta que la historia dio un giro de 180 grados: ahora, en las campañas, los políticos costean las fiestas, pagan los almuerzos, los caballos, el aguardiente. Ahora a mis paisanos hay que pagarles su voto: puestos, carreteras, bultos de cemento, arena o plata. Y el día de elecciones es uno de los más productivos: reciben almuerzos, dinero, y regalos; en todos los directorios políticos.

¿Quién, porqué y para qué financiarán las campañas políticas?