FALSOS POSITIVOS: DE 15 DÍAS DE DESCANSO A 40 AÑOS DE CÁRCEL

FALSOS POSITIVOS: DE 15 DÍAS DE DESCANSO A 40 AÑOS DE CÁRCEL

Eligio Palacio Roldán

Con el paso del tiempo, la experiencia, los conocimientos adquiridos, la observación y el análisis he llegado a la conclusión de que la verdad no existe, tal como lo he expresado en diferentes oportunidades. Y si la verdad no existe, pues es lógico que la que difunda algún día la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición no dejará de ser una más a la que creerán unos y repudiarán otros.

Por estos días, conocí a un protagonista de la macabra historia de los “Falsos Positivos” que me relató “la verdad” de su historia.

Nacido en las montañas de Antioquia, campesino de escasos recursos y bajo nivel educativo, se enroló en el ejército apenas cumplió su mayoría de edad, como suelen hacerlos miles de campesinos de nuestro país buscando una mejor oportunidad para sus vidas.  Allí hizo parte de un pelotón en el gobierno Álvaro Uribe. Él, recuerda, exigía resultados en cada visita a la Brigada, en cada reunión y los resultados no eran detenidos, eran bajas. Y esa misma exigencia, la hacían los comandantes, los generales del ejército. El expresidente nunca pidió asesinar personas inocentes, pero si resultados, efectividad.

Tener una baja era motivo de alegría y de recompensa.

Alguna vez se encontraron con un pelotón amigo que le regaló una baja. Era un hombre joven, vestido de insurgente; pero en realidad no era tal, era un indigente, asesinado, trasladado desde Medellín al que hicieron pasar por guerrillero.  Fueron quince días de descanso remunerado y muchas felicitaciones. Pasado un tiempo comenzaron las investigaciones de la Fiscalía General de la Nación.  Un día, hasta su casa campesina llegaron a detenerlo, dejando atrás una historia de amor por sus padres y su terruño.

No fue fácil, un día en el calabozo del pueblo, otros más en el búnker de la Fiscalía en Medellín, su encarcelamiento en Bellavista, el miedo, el hambre, las dificultades para encontrar un espacio donde dormir, las presiones internas y externas, las peleas entre los presos, vivir inmerso en el mundo de las drogas en el que se convirtieron las cárceles colombianas, una riña que lo dejaría con problemas físicos para el resto de su vida y las palabras de aliento que se tuvo que inventar para no afligir más a sus avergonzados padres campesinos. Luego, la cruda realidad: Cuarenta años de cárcel.

Después, una rebaja de trece años por aceptar los cargos que le imputaban hasta que, después de siete años de prisión, llegó la libertad condicional acogiéndose a los beneficios de la Ley 1820 y la espera del llamado de la JEP.

Ahora trata de rehacer su vida de manera honesta como le enseñaron sus padres, borrar los años de cárcel que le dejaron cicatrices en cuerpo y alma, pero es difícil dados sus antecedentes judiciales y el señalamiento de la sociedad. Al igual que él, más de tres mil exsoldados esperan el veredicto de la JEP con el sinsabor de que su trato es desigual con el dado a los excombatientes de las Farc, pues mientras los exguerrilleros tienen múltiples beneficios por parte del gobierno ellos no encuentran la forma de salir de la crisis personal, económica y social que se originó en los falsos positivos.    

ANTES DEL FIN

¿En qué momento nuestra sociedad se dejó llevar por el todo vale, por “el fin justifica los medios” de que hablase Maquiavelo en el siglo XV, donde quedó la ética?

Dura lección la que deja la trágica historia de los “Falsos Positivos”, falsos positivos que se repiten en el estado, en la empresa privada, en los colegios; en fin en todos los estamentos de nuestra sociedad: hacer para ser visto, para deslumbrar, para brillar a costa de lo que sea, hasta de la vida de los demás. ¡Lamentable! ¡Trágico!

Puede leer: DE LA ETICA DE LOS RESULTADOS A LA TRAGEDIA DE LOS FALSOS POSITIVOS https://eligiopalacio.com/2021/03/26/de-la-etica-de-los-resultados-a-la-tragedia-de-los-falsos-positivos/

¡DE ACUERDO! AMNISTIA GENERAL

¡DE ACUERDO! AMNISTIA GENERAL

Eligio Palacio Roldán

Espero que gentes que dicen dedicar su vida al logro de la paz, como el premio Nobel, Juan Manuel Santos, sean los primeros en apoyar y promover la iniciativa de Uribe Vélez.

Escribo estas notas a riesgo de perder lectores. Cuando reflexiono de manera positiva sobre la vida o las opiniones del expresidente Álvaro Uribe Vélez me llueven críticas y se manifiesta la desidia por mis opiniones… es que está de moda ser antiuribista, criticarlo, ofenderlo, señalarlo. No conozco a alguien más a quien la opinión pública le haya volteado la espalda de esa manera y pues, tengo que repetir, yo fui de los pocos críticos del expresidente cuando toda Colombia se rendía a sus pies para implorarle su protección ante los ataques de los delincuentes de las Farc. En ese entonces, todo lo que decía Uribe era aprobado sin pensarlo; ahora, todo es rechazado sin un análisis medianamente serio.

Habló el expresidente Uribe, esta semana, en un encuentro con la Comisión de la Verdad sobre una amnistía general. El comentario lo hizo en una alusión a la condena a cinco años de cárcel de la famosa Epa Colombia – Daneidy Barrera por los ataques contra una estación de Transmilenio, en Bogotá,  en un proceso ajustado a la Ley, pero criticado por los medios de comunicación y la ciudadanía en general.

El expresidente comparaba la condena a la influenciadora con “el premio” a los exintegrantes de las Farc a quienes se les retribuyó, por sus crímenes, con curules en el Congreso sin pagar un solo día de cárcel, en el marco de la paz con el gobierno Santos. Esa comparación, resulta siendo la misma que hice en esta página el 12 de octubre de 2017 titulada LA PAZ DE LAS ELITES https://eligiopalacio.com/2017/10/12/la-paz-de-las-elites/.

En esa columna decía que el acuerdo de paz con las Farc era similar al alcanzado entre liberales y conservadores, en 1956, para frenar el movimiento popular de Gustavo Rojas Pinilla. Parece increíble como la historia de las gentes y las naciones se repite y como en nuestro país se hacen pactos entre las élites y siempre se deja al pueblo por fuera.  No dejar al pueblo por fuera, es precisamente la propuesta de Uribe de una amnistía general. Si queremos una paz de verdad debemos sacrificarnos por ella, sanar las heridas y hacer el máximo esfuerzo para perdonar y rehabilitar a una sociedad enferma por la violencia, la guerra, la corrupción, el crimen, el narcotráfico y la delincuencia.

Me preguntaba, en la citada columna:

¿Que pueden sentir estas gentes, acostumbradas a delinquir, sin oportunidades reales para el presente y el futuro cercano, viendo a sus exlíderes haciendo ostentación de los privilegios de su nueva vida, sin pagar por sus crimines y con un futuro definido y halagador?

¿Qué pueden sentir los miles de ciudadanos que no encuentran un trabajo digno y una manera de subsistir cuando ven a los delincuentes que los doblegaron, por más de medio siglo, exhibiendo su nueva posición? Lo obvio: Que en Colombia los buenos somos más pero que es mejor ser malo que bueno. Que los malos son premiados.

¿Qué pueden sentir unos y otros? Que, en este pacto, como siempre, han sido excluidos, que han sido utilizados por unos y otros para alcanzar un poder en beneficio de unas pocas élites.

Y obvio, las repuestas a estas preguntas no traen más que desosiego y más violencia, continuar en pactos de paz solo con las élites será prolongar la guerra por siempre.

Espero que gentes que dicen dedicar su vida al logro de la paz, como el premio Nobel, Juan Manuel Santos, sean los primeros en apoyar y promover la iniciativa de Uribe Vélez. Ese si sería un verdadero gesto de reconciliación con el expresidente y con la Colombia que dejó radicalizada.

ANTES DEL FIN

Agotador el caos vehicular en la ciudad de Medellín, pareciera que el alcalde de la ciudad Daniel Quintero no se diera cuenta que el asilamiento por el COVID terminó.

Tampoco parece darse cuenta el gobierno y el Banco de la República del precio del dólar. Es tiempo de intervenir.

Muy buen equipo periodístico conformó La FM en las mañanas.

GANANCIAS Y PÉRDIDAS DE LA OLA DE PROTESTAS EN COLOMBIA

GANANCIAS Y PÉRDIDAS DE LA OLA DE PROTESTAS EN COLOMBIA

Eligio Palacio Roldán

Perdió Juan Manuel Santos. ¿Cómo así que un Premio Nobel de Paz no tiene la menor capacidad para generar alguna solución al conflicto que se dio en el país, cuando apenas acaba de terminar su gobierno?

La vida es una sucesión de ganancias y pérdidas originadas en cada decisión de hacer o no hacer. “Cuánto gané, cuanto perdí. Cuánto de niño pedí. Cuánto de grande logré…”, la pregunta que todos los seres humanos nos hemos hecho alguna vez, canta Pablo Milanés. Alguna vez le hice esa pregunta al entonces presidente Álvaro Uribe Vélez en relación con su reelección. No me contestó como es su costumbre, ante preguntas incómodas. Perdió, perdió mucho y sigue perdiendo aún él y el país.

Pero bueno, las protestas dejan millonarias pérdidas económicas, cientos de desempleados y varios muertos. ¿Cuánto ganó, cuánto perdió cada colombiano? Veamos algunos casos:

Los jóvenes ganaron porque, por fin, se hizo visible su tragedia: la sociedad del siglo XXI, la del consumo, no pudo responder a sus demandas. Pasa igual acá, en Chile, Venezuela o Cuba y en menor grado, pero sucede, en los países desarrollados. Llegó la hora de reinventarse para atender las quejas de las nuevas generaciones; creo, se deben propiciar las condiciones para el regreso al campo. Perdieron porque entraron en la sinrazón del odio, la desinformación y el sectarismo político.

La izquierda ganó porque consiguió adeptos entre los jóvenes y algunas de sus tesis tuvieron reconocimiento. Perdió porque la violencia desatada, de alguna manera, está atada a sus movimientos. Igual sucede con Petro, quien en vísperas de las elecciones presidenciales profundizó aún más la polarización.

La derecha perdió porque sus tesis se desgastaron y al igual que la izquierda son señalados como generadores de violencia. Ganó porque muchos ven en un gobierno fuerte la solución a los problemas del país. En ese aspecto, también, pueden ganar a mediano plazo Uribe y Germán Vargas Lleras.

Perdió Juan Manuel Santos. ¿Cómo así que un Premio Nobel de Paz no tiene la menor capacidad para generar alguna solución al conflicto que se dio en el país, cuando apenas acaba de terminar su gobierno?

Perdió el acuerdo de paz con las Farc. En el imaginario queda la idea de que las protestas son otra de las formas de lucha de la insurgencia, ahora en la legalidad.

Perdieron todos los empresarios, desde el más pequeño hasta el más grande, por el estancamiento de la economía y la destrucción de cientos de empresas y/o establecimientos de comercio. Ni hablar de los campesinos que perdieron cosechas, animales e ingresos.

Perdieron las clases sociales menos favorecidas porque ahora hay más desempleo, hambre y miseria y menos dinero para apoyarlas.

Perdió el periodismo y la información en si misma porque las redes sociales tuvieron el llamado “cuarto poder” en sus manos. La tecnología al servicio del terrorismo tuvo toda la capacidad para desinformar y generar una credibilidad que perdieron los medios de comunicación tradicionales.

Ganó el terrorismo que logró paralizar al país. Perdió el estado que no fue capaz de controlar la situación. Perdió el presidente Duque.

Perdió la Policía Nacional a pesar de sus esfuerzos por controlar los desmanes.

Perdieron los defensores de derechos humanos por su sesgo al defender a los civiles y condenar a las autoridades a sabiendas que unos y otros abusaron de los demás.

Perdieron los autodenominados candidatos de centro: ni fu, ni fa.

Perdieron las ciudades como centros de bienestar para los humanos. Ya habían perdido estatus con la pandemia.

Se perdió el control al COVID 19.  

Perdimos todos los colombianos porque ahora no solo somos más pobres sino porque el pesimismo se apoderó de gran parte de la población y no se avizoran soluciones, ni a corto ni mediano plazo, a la problemática actual.

ANTES DEL FIN

La historia es circular: los que ganan hoy, mañana pierden. Bueno, la historia es la vida misma. Calma, solo el tiempo dará la respuesta definitiva sobre quien ganó y quien perdió en esta escena cruenta de la Colombia 2021.

Y… Usted, amigo lector, ¿Cuánto ganó, cuanto perdió en este mes de protestas? ¿Cuál es su balance?

Cuando merme la pasión desenfrenada de estos días, de unos y otros, estoy seguro, resurgirán elementos fundamentales para la democracia como una prensa seria y responsable. ¡Qué falta hace!

URIBE ES INOCENTE

URIBE ES INOCENTE

Eligio Palacio Roldán

Álvaro Uribe es inocente. Estoy seguro. Estoy seguro, porque desde cuando asumió el reto de liberar a Colombia, de la opresión de la delincuencia armada, los colaboradores directos e indirectos de la guerrilla de las Farc, muchos de ellos agazapados en la clase política, el periodismo y el mismo gobierno, emprendieron otra lucha: la de liquidar al presidente Uribe. Y se agazaparon a su alrededor, como en el caso de Juan Manuel Santos, para darle una estocada final y así cumplir con un sueño “revolucionario” de muchos años atrás.

Me refiero a que Uribe es inocente de los delitos atroces que la guerrilla, algunos periodistas y la izquierda colombiana han tratado de endilgarle en su vida pública, no al reciente y controvertido proceso por manipulación de testigos que adelantó la Corte Suprema de Justicia, luego la Fiscalía General de la Nación y que hoy sigue su trámite ante un juez de la república. Este delito, en últimas, resulta siendo menor en comparación con los que dicen cometió y de ser declarado culpable sería una pobre victoria para sus opositores.

Por lo único que los enemigos de Uribe han podido llevarlo a los estrados judiciales es por, supuestamente, tratar de conseguir cambiar el testimonio de un testigo, sobre su posible participación en la conformación de grupos paramilitares; una práctica común en todas las investigaciones judiciales y/o administrativas en este país. Me pregunto, ¿Qué implicado en un proceso no busca que los testigos se acerquen a su verdad? Y, ¿Qué acusador no ha hecho lo mismo? El problema no es ese, el problema es que los jueces de la república no tengan la capacidad para dilucidar la verdad a través de los interrogatorios a los “testigos” de los hechos o que sencillamente se nieguen a aceptarla. En toda esta historia quien, verdaderamente se está haciendo el harakiri, es la justicia colombiana y de paso, está “volviendo trizas” la institucionalidad de la nación y a Colombia entera.

Uribe es inocente, estoy seguro, porque alguien con tantos y tan poderosos enemigos no podría estar libre después de veinte años de enfrentarlos, sin que haya aparecido alguna prueba contundente en su contra. Y han sido tantos y tan infructuosos los intentos de vincularlo a algún delito que de aparecer alguno, al cabo de tanto tiempo, ya no sería creíble. Además, ¿Cómo es posible que ni siquiera sus enemigos mimetizados en su gobierno hayan logrado recaudar una prueba en su contra?

A estas alturas ya ni interesa si Uribe es absuelto o condenado por algún organismo nacional o internacional, el expresidente ya pasó a la historia como el hombre más importante de Colombia, en las primeras dos décadas del siglo XXI. Seguro, con el pasar de los años, se convertirá en un mito. Bueno, ya lo es. Sus seguidores seguirán adorándolo y sus detractores odiándolo como ha ocurrido con los grandes líderes de la humanidad. Difícil que otro presidente lo iguale, así haya conseguido un premio Nobel.

ANTES DEL FIN

Nunca fui Uribista, nunca lo seré. Cuando Colombia se rendía a los pies de Uribe, critiqué el manejo que le daba a la economía y la oportunidad perdida de cambiar nuestro sistema político. El expresidente fue el único con el poder de convocatoria necesario para hacerlo y no lo hizo, el único que ha tenido a Colombia dispuesta a participar en una verdadera revolución.

Hablando de revolución, ¿Cuándo harán los partidos de izquierda una revolución similar a la que hizo Jenaro Pérez y Colanta en el norte antioqueño, o el empresario Arturo Calle, o el Grupo Carvajal o tantos otros empresas y empresarios colombianos?… “Mucho tilín tilín y nada de paletas”.

LA OTRA VERDAD

LA OTRA VERDAD

Eligio Palacio Roldán

Verdad resultó ser que esa guerrilla, que atentaba contra la sociedad, tenía cómplices en todas las ramas del poder público y privado…

Llevo casi toda mi vida buscando la otra verdad, aquella que se escapa de mis sentidos, de mis saberes, de la verdad de mis semejantes. No en vano soy periodista, ingeniero y auditor. Tras un recorrido de ya más de cincuenta años, buscándola, tengo que llegar a la conclusión que esa otra verdad no existe y que tan solo existen las verdades individuales que por tiempos se cubren de colectivo, agazapadas tras la manipulación de uno o varios líderes ya sean políticos, religiosos o científicos, entre otros. Manipulación con la exposición de razones, publicidad, propaganda, o a la fuerza.

Verdad han sido dioses como Jesucristo, Alá, Zeus  y hasta el Sol. Verdad fue la tierra plana y que el sol girara alrededor de nuestro planeta. Verdad fue que los niños los trajera la cigüeña y que en Navidad llegara el niño Dios, cargado de regalos… Han sido tantas verdades derrotadas por el tiempo.

En Colombia, verdad fue que hubo unas guerrillas que luchaban por reivindicaciones sociales, casi todas de origen campesino. Verdad que se convirtieron en bandas criminales, dedicadas al secuestro, la extorsión y a atentar contra la comunidad que decía defender. Verdad fue que el mismo pueblo se tuvo que armar contra ella, desencadenando la barbarie del paramilitarismo. Verdad que ese pueblo temeroso y maltratado encontró en Álvaro Uribe Vélez su salvador y como tal lo adoró.

Verdad fue todo eso, en nuestro país, hasta que un presidente, Juan Manuel Santos, comenzó a imponer soterradamente otra verdad: una en que la otrora guerrilla dejó de ser sanguinaria y pasó a hacer parte de la dirigencia nacional y en que el llamado salvador de la patria pasó a ser un detenido más; quizás el más ilustre de los detenidos, pero uno más.

Verdad resultó ser que esa guerrilla, que atentaba contra la sociedad, tenía cómplices en todas las ramas del poder público y privado y hasta entre los educadores de colegios y universidades y en el periodismo, del que siempre se enseñó debía ser objetivo y ajeno a intereses mezquinos. Si de algo ha servido el proceso de paz con las Farc, ha sido para evidenciar esa complicidad.

¿Cuál otra verdad nos deparará la historia de Colombia en los próximos años? ¿La de otro país socialista, sin libertades ni aspiraciones individuales? ¿La de la miseria sin esperanza? Tal vez sea la hora de hacer un pare, rectificar el camino y lograr un país, si no en paz, por lo menos libre y con oportunidades para todos. Para ello, se requiere pensar en el futuro y no en las próximas elecciones y sacrificar el individualismo en pro de la comunidad.

Vuelven a ser eco las palabras del gran Álvaro Gómez Hurtado: En Colombia es necesario lograr «un acuerdo sobre lo fundamental».

ANTES DEL FIN

¿Cuántas verdades se cuentan entre los políticos colombianos? ¿Será posible que coincidan en las fundamentales?

A propósito, ¿Cuándo conoceremos la otra verdad del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado?

¿Será premonitorio el nombre del programa radial de Fernando Londoño Hoyos, “La Hora de la Verdad”?

«Uno si creía bobadas», dice mi hermana. Uno si cree bobadas, digo yo.