EL LEGADO DE JENARO PÉREZ

EL LEGADO DE JENARO PÉREZ

Eligio Palacio Roldán

El lunes, el gran amigo periodista Luis Gonzaga Ochoa Morales me preguntaba, en una entrevista para Rionegro Estéreo,  cuál era el legado del doctor Jenaro Pérez, fallecido el pasado domingo 06 de septiembre.  Por milésimas de segundo mis pensamientos recorrieron los territorios del norte antioqueño y su transformación en los últimos 40 años: la belleza de sus verdes y de sus vacas en madrugadas y atardeceres, campesinos convertidos en pequeños empresarios, trabajadores del campo bien pagos y con seguridad social, carreteras, acueductos y electrificación en todas las veredas; en fin, progreso por todas las zonas donde el doctor Pérez llegó con su amada Colanta.

Puede leer: COLANTA – JENARO PEREZ https://eligiopalacio.com/2015/02/04/colanta-jenaro-perez/

Pensé también en la nueva personalidad de los campesinos que ahora creen en sí mismos, gracias al camino que les abrió Jenaro, al creer en ellos, en sus productos y en su forma de organizarse; en las miles de familias que tienen su sustento gracias al trabajo en Colanta; en las míticas asambleas de la cooperativa; en el amor que siempre dio a los campesinos…

Pude haber hablado de todo esto, o de tantas otras cosas que Jenaro Pérez, entregó al país;  pero no hice mención a ninguno de estos milagros que saltan a la vista,  fue de la semilla de la solidaridad que había sembrado, vio florecer y que pareciera llegar al ocaso simultáneamente con él.

La solidaridad, entre seres sin mayor futuro, en apariencia, pero que con convicción despertó el doctor Jenaro, es la misma que originó la transformación de la vida de los habitantes del norte antioqueño y la fauna, la flora y la misma geografía de la región. Esa solidaridad derrotó la ignorancia de los campesinos, dados los bajos niveles de escolaridad de los años setenta, venció la sumisión frente a un destino aparentemente aciago, trasformó la naturaleza, la cultura y al mismo hombre.   Esa solidaridad hizo realidad una revolución inimaginable por líderes de derecha o izquierda, sin empuñar una sola arma, sin agredir al otro, sumando y sumando esfuerzos, sumando y sumando obras y sumando y sumando éxitos.

Esa solidaridad pareciera llegar a su fin y transformarse en ambición por diferenciarse del otro, por superar al otro, por ser más rico y visible que el otro. Talvez, la crisis que afronta Colombia, agravada por la pandemia del coronavirus, sea la oportunidad para recuperar el legado del doctor Jenaro: más allá de las protestas sociales, más allá del uso de las armas, más allá de la guerra política por el poder; es hora de hacer florecer, de nuevo, la solidaridad, como en los primeros años de Colanta.

Colombia necesita líderes como el doctor Jenaro Pérez, pero estos parecen no existir o quizás sí; quizás están por ahí luchando por sacar adelante a sus comunidades pero medios de comunicación, sociedad y gobierno no hacen mucho para hacerlos visibles y potenciarlos al futuro.

La solidaridad sigue siendo el alma de Colanta y bajo esa bandera acoge a sus asociados. No parece serlo, o al menos no con la intensidad de ayer, la de los miles de campesinos que la integran.

ANTES DEL FIN

Grave la situación del país que enfrenta la pandemia del coronavirus y las protestas sociales. Una y otras unidas pueden generar una catástrofe en la salud de miles de personas sin precedentes. El descontento crece y los gobiernos local y nacional parecen impotentes para hacerle frente. Otra vez, el único camino para salir de la crisis es la solidaridad, entre todos: población, gobierno, oposición, empresarios.

El año 2020, fue el de la peste. ¿Qué será de Colombia y el mundo en el 2021?

A pesar de todo, ya casi llega la Navidad.

LOS MALOS HIJOS… DE COLANTA.

LOS MALOS HIJOS… DE COLANTA

Eligio Palacio Roldán

Érase una vez una familia muy pobre y feliz, en ella reinaba la solidaridad. Entre todos se ayudaban. Para ello, daban una módica cuota que entregaban a la mamá y ella la administraba ayudándole a los más pobres con algo de mercado, educación y préstamos, a bajas tasas de interés, para que adelantaran modestos proyectos. Todo era armonía en el hogar y poco a poco  cumplían sus pequeños grandes sueños, hasta que llegó el diablo, y “el diablo es puerco”, a hacer de la suyas.  

El diablo, comenzó a sembrar cizaña entre los hermanos más prósperos diciéndoles que dejaran de ser bobos, que los hermanos con dificultades económicas las tenían por su poco talento y pereza y que la mamá les estaba alcahueteando, que si dejaban de ayudar a la familia  serían mucho más ricos. Dice la historia que, los hijos, de a poco,  se fueron marchando de la casa, llevándose hasta sus más ínfimas pertenencias  y dejando a la mamá abandonada, sin dinero, pasando muchas necesidades, hasta que fue recluida en un asilo. Allí murió sola y triste. Afirman que su mayor dolor se debía a que la solidaridad, que había infundido en su hogar, había terminado cuando dejaron de ser pobres, como si la riqueza fuese una maldición.

Algunos habitantes de la región recuerdan a la anciana madre, tras las cortinas, disimular las lágrimas cuando veía a sus hijos, ostentando riqueza y poder,  montando briosos caballos que parecían estrellar contra la ventana de su modesto cuarto.

Esta historia simple, cotidiana y dramática es la misma de miles de familias en Colombia y quizás en el mundo. Para corroborarlo solo se precisa escuchar a los ancianos de cualquier asilo u observar los hechos que nos rodean. La madre de la que hablamos podría tener cualquier nombre de mujer; incluso, el de un hombre. El nombre es lo de menos, lo importante es saber que más que solidarios o tal vez amorosos somos avaros e ingratos y para hablar de ingratitud la protagonista no tendrá un nombre humano, se llamará: Colanta.

Colanta, como lo he dicho varias veces, transformó la economía y la forma de ser y de estar, en la tierra, de los campesinos del norte de Antioquia y de gran parte de Colombia, tal como lo cuento en https://eligiopalacio.com/2015/02/04/colanta-jenaro-perez/. De su mano crecieron económica y socialmente varias generaciones, en un lapso de ya casi sesenta años,  a tal punto que muchos olvidaron el origen de su riqueza: la solidaridad.

Pues bien, desde hace algunos años llegaron nuevos apostadores del mercado de la leche a la región y algunos de los asociados con mayor trayectoria y producción se retiraron de Colanta, deslumbrados por algunas promesas y por la posibilidad de hacer efectivo el capital que tenían invertido, como socios de la cooperativa. Olvidaron la esencia de la cooperativa, la solidaridad, y que sus aportes eran la semilla para la proyección del futuro de la empresa y para ayudas al campesino que van desde la asistencia técnica y el suministro de insumos agrícolas, créditos a bajas tasas de interés en AyC Colanta, hasta el “fiar” el mercado en los minimercados merColanta a quienes no tienen suficiente flujo de efectivo.

Obvio, la historia de Colanta no tiene el dramatismo del final de la mamá de esta historia porque a ella llegan diariamente cientos de nuevos “hijos”, dispuestos a recorrer el camino de sus predecesores en la búsqueda de lograr sus sueños.

No obstante, queda el sinsabor de la ingratitud y de saber que la solidaridad infundida diez, veinte, treinta o más años, durante la permanencia del asociado en Colanta, quede en el olvido por ir tras unas monedas o quizás tan solo deslumbrados por fuegos fatuos. Solo cabría decir que el humano sigue estando muy lejos de  pensar y sentir por su semejante, tal vez mucho más que el resto de los animales, entre ellos, las vacas que los lecheros dicen conocer.

ANTES DEL FIN

El coronavirus nos amenaza, se acerca, nos rodea. Cada vez parece más difícil escapar.

EL TRABAJO… EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS VI

5iEL TRABAJO… EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS VI

Eligio Palacio Roldán

Los tiempos más aciagos de mi existencia han sido aquellos en los que no he tenido empleo (lejanos y escasos gracias a Dios y a la DIAN que me ha acogido durante30 años). El no tener empleo o trabajo, además de las consideraciones económicas que de hecho son muy graves, tiene serias implicaciones sicológicas: el desespero, la desesperanza, la sensación de inutilidad, la baja en la autoestima y hasta la depresión. Dejó tantas huellas en mi existencia, no tener empleo, que en muchas noches, en sueños, aparece este fantasma haciendo de las suyas.

El efecto más grave del coronavirus, después de la muerte, es la falta de trabajo y como consecuencia las necesidades básicas insatisfechas y los problemas sicológicos, descritos en el párrafo anterior, haciendo de las suyas en un ambiente cerrado que agrava las situaciones. Día a día, llegan noticias de familiares, amigos, conocidos y desconocidos que pierden su trabajo. Desde grandes ejecutivos y artistas famosos, hasta peluqueros, venteros ambulantes y gentes que se ganan el sustento con su esfuerzo diario.

En medio de este panorama desolador los que continuamos laborando tenemos una responsabilidad mayor con el país, la sociedad, la empresa en que laboramos y con nosotros mismos. En mi caso, el trabajo, desde el pasado 20 de marzo, se convirtió en 24-7. Todo el tiempo en función de qué se puede hacer para mejorar las formas y los resultados del trabajo desde casa.

Leyendo sobre el trabajo en casa y haciendo uso de la intuición y, obvio, de las herramientas tecnológicas para comunicarse, decidí continuar con una rutina que induzca, al grupo de trabajo, a tener una rutina normal. Para ello, se plantearon reuniones diarias, a partir de las ocho horas, reuniones que fueron transformándose en capacitaciones que, en el momento, incluyen más de cien personas en línea, en un ejercicio productivo y motivador.

El día transcurre entre reuniones con cada uno de los integrantes del grupo,  con dos o tres personas al tiempo, o con los jefes, También en la redacción y revisión de documentos. Ha sido tanto el trabajo, que cumplir con mi columna semanal ha sido complejo.

En medio de la cuarentena, las reuniones virtuales de trabajo se convierten en algo más productivo y fraternal. La posibilidad de vernos, saludarnos, saber del otro y de trabajar juntos en pro de un mismo objetivo, desde la distancia.

Lo que no tendría perdón de la vida, de Dios o del universo es que quienes tienen trabajo, en este momento, no cumplieran con el desafío que plantea la historia, de este año 2020.

ANTES DEL FIN

El Jueves Santo, un colaborador me llamó para consultarme una inquietud sobre su trabajo. Le indagué el por qué estaba trabajando ese día, a lo que contestó que era una forma de sentirse bien y útil, en medio del encierro.

Desde la Comuna 13 me escriben y me piden ayuda para conseguir trabajo. En lo que sea. Están desesperados. Igual que miles de colombianos.

En el sector rural, hasta ahora, todo normal. La pandemia aún no llega. En la región lechera de Antioquia, Colanta  sigue apoyando, comprando la leche. Sin embargo, en la medida en que el hambre se extienda por falta de trabajo, no va a haber dinero para comprar leche y derivados lácteos. Entonces, los campesinos no tendrán a quien vender sus productos y el hambre podría cubrir los campos.

LOS ESPANTOS… EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS V

LOS ESPANTOS… EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS V

Eligio Palacio Roldán

Hablaban los abuelos de brujas y duendes, seres maléficos que hacían de las suyas en los tiempos, sin horas, del ayer. También de espantos, aquellos espíritus de quienes un día habitaron la tierra y que después de la muerte regresaban para decirnos o hablarnos de algo que les había quedado oculto o pendiente. Incluso hay decenas de historias de escondites de tesoros, revelados por estos espíritus. La real academia de la lengua define espanto como fantasma (imagen de una persona muerta)

Siempre he querido encontrarme con un espanto. Fueron tantos los cuentos que escuché sobre el tema, de niño, alrededor del fuego, que pienso sería una experiencia realmente inolvidable la ocurrencia de un hecho como estos; aunque creo el pánico sería terrible que, como suele decirse, literalmente, “me cagaría del susto”

En mi confinamiento en los tiempos del coronavirus he recorrido los espacios de la infancia, esos que inevitablemente están adheridos a tu piel; es más, realmente, hacen parte de tu esencia y, por ello, volver a andarlos es encontrarte con los seres que han hecho parte de tu existencia y ahora ya no están. Te los encuentras en la vegetación, en las flores, en los riachuelos, en cada árbol, en cada paraje, en cada recodo del camino, en cada pliegue del paisaje. En las casas, aquellas que contuvieron alegrías y tristezas, sueños y pesadillas, amores y pasiones. La vida misma.

Visitar los lugares que contuvieron tus seres queridos, durante su estadía en la tierra, es percibirlos a ellos mismos.  De ahí a verlos físicamente es tan reducida la limitación de tus sentidos que de hecho puedes afirmar, sin temor a mentir, que lo haces.

Y si transportas esa realidad que sientes a cincuenta años atrás, comprendes que los espantos no son nada más que la materialización de la sensación de encontrarte con lo seres en los espacios que habitaron y amaron y, entonces, cualquier temor se convierte en placidez y el regreso a la realidad en una triste quimera.

Eran tiempos de quietud en el transcurrir de la existencia, de largas estadías en las regiones que se habitaban, de arraigo. De ahí la importancia de tener una casa como elemento de protección y abrigo. La casa que hoy, ante la crisis desatada por el coronavirus, retoma su importancia para la sociedad del siglo XXI. Hoy como ayer, el hogar es el escenario más importante para el desarrollo del ser humano.

ANTES DEL FIN

Si algo ha quedado claro en la presente emergencia es que tenemos buenos gobernantes. Tanto el presidente, como la mayoría de los gobernadores y los alcaldes se han lucido en el manejo de la crisis. También, desde luego, los integrantes de la rama de la salud y muchos colombianos.

La verdad, sigo esperando la solidaridad del sector cooperativo,  a excepción de Colanta que ya ha mostrado sus donaciones para los más necesitados, y de las diferentes iglesias. Es tiempo de demostrar que la solidaridad son hechos y no letra muerta en los anaqueles de estas instituciones.

…EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS IV

…EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS IV

Eligio Palacio Roldán

El sábado fui al pueblo a mercar. Si no fuera por la ausencia de borrachos, tendidos en las aceras, creería que era un primero de enero. Negocios y viviendas cerrados, música silente, uno que otro vehículo estacionado. Cuatro o cinco supermercados abiertos al público, empleados debidamente protegidos, y en cada uno una estricta fila, con una distancia entre uno y otro integrante de un metro. Más que a una tienda de víveres pareciera el ingreso a una clínica. Todo era extraño. Tal vez asistía a una película de ciencia ficción en mi propio pueblo y yo era uno de los actores

Al salir, con los víveres, no encontré transporte  y como pocas veces en mi existencia pensé en la necesidad de poseer un vehículo. Bueno, no era el momento y entonces emprendí el camino hacia la vereda Tesorero, recorriendo “las travesías” que han transitado cientos de personas, con mercados y vidas a cuestas. Ese camino está lleno de historias y leyendas de las gentes y de mi propia familia incluso. La mía, ahora, era otra más que quedaba marcada con la huella de mis zapatos al andar, mi historia en tiempos del coronavirus.

La semana laboral fue bien intensa, como en los mejores días de estos 30 años de trabajo en la DIAN: Estudio a primera hora, múltiples reuniones y varias horas al frente del computador. Todo el tiempo una inquietud latente sobre el futuro laboral de millones de colombianos y uno más incierto aún, quizás, con economías de subsistencia como fue en el norte antioqueño antes de Jenaro Pérez y Colanta, un retorno al pasado de los años 50 y 60 del siglo pasado.

Puede leer COLANTA – JENARO PEREZ https://eligiopalacio.com/2015/02/04/colanta-jenaro-perez/

El trabajo en casa, en estos primeros días, ha tenido una dificultad: la idea de que estás disponible todo el tiempo y entonces trabajas mucho más. Incluso eso me ha impedido publicar algunos trabajos que tengo pendientes. Eso hace que a pesar de estar en casa termines el día más agotado. En un futuro cercano será necesario poner horarios, no estar disponible 24/7.

De todas formas el aislamiento en el campo tiene muchas ventajas: el aire puro, la vista solo limitada por tu propia mirada, el contacto con la naturaleza, el silencio y como consecuencia un mejor dormir. También un ambiente más propicio para la meditación y para el encuentro contigo mismo.

Imagino cómo será el encierro en la ciudad, en pequeños apartamentos o en el hacinamiento de las comunas y me estremezco. Se están pasando momentos difíciles y creo cualquier ayuda estatal será insuficiente. Pienso que el hambre desatará una nueva guerra, esta vez por la subsistencia.

Bueno, dejemos los malos augurios. Ahora ingreso a las vacaciones de Semana Santa más atípicas de mi existencia y, obvio de todos los creyentes que habitan la tierra en estos momentos. También le tocó a la Iglesia Católica modernizarse a la fuerza y dejar a un lado las tradiciones para concentrase en un mensaje de aliento, para un mundo en caos por la peste, inimaginable hasta ahora.

ANTES DEL FIN

Muy bien la radio en tiempos del coronavirus. Se siente su compañía y las nuevas tecnologías facilitan su producción sin arriesgar a sus estrellas, cosa que no ocurre con la televisión. Situación que también deja cientos de damnificados al no poderse realizar dramatizados y programas de entretenimiento.

Regresó la mítica radionovela Kaliman a la Radio Nacional. Creo que es el momento propicio para que, en tiempos del coronavirus, regresen los dramatizados a la radio colombiana.