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ÁNIMAS SIN VELORIO

ÁNIMAS SIN VELORIO

Eligio Palacio Roldán

En el centro de la inmensa y fría sala de velación una mujer llora inconsolable la muerte de su hijo, cuyo cadáver mira conmovida. A unos metros dos mujeres, que recuerdan alguna escena de una telenovela mexicana o quizás a Tola y Maruja, miran a su alrededor tratando de descubrir algún misterio, alguna historia sobre la desgracia de la familia, que las saque de dudas.

Como pueden, desarrollando su “olfato periodístico” interrogan a familiares y amigos y van construyendo una “versión libre” de la historia del fallecido y de su familia. La historia habla de infidelidades, amores imposibles, traiciones y, por supuesto, de la herencia.

Esas dos mujeres no son una excepción. Son un ejemplo real de los personajes que se encuentran en este tipo de “eventos sociales” que pretenden despedir a quien no se verá más, por un largo tiempo. Un largo tiempo, hasta la “resurrección de los muertos”… De ahí que se despida el cuerpo pues el alma o el espíritu siguen vagabundeando por el espacio, como un “ánima bendita” por los siglos de los siglos. “Amén”.

Una de las acepciones de velorio es una reunión con bailes, cantos y cuentos con ocasión de alguna faena doméstica, quizás por ello, para muchos, un velorio despierta ansiedad y yo diría que un gozo. Gozo que interpreto, además, como una satisfacción o “un fresquito” por saber que no fue uno el que se murió. Por eso además, los velorios, en muchas oportunidades, se convierten en una verdadera fiesta a la que se invitan hasta cantantes, se consume licor y muchas veces, también, se originan nuevos muertos por reyertas. Por eso, también, las ceremonias fúnebres son una especie de celebración con larguísimos y dramáticos discursos. Discursos llenos de palabras rimbombantes y rebuscadas, que nunca se dijeron al difunto cuando las podía oír, quizás con la esperanza de que el “Anima” las escuche.

Por situaciones como las descritas en estas líneas, la velocidad en que transcurre la existencia y, obvio,  la penetración en el mercado colombiano de los hornos crematorios, los velorios son cada vez más escasos y las ánimas tienen que despedirse de su cuerpo sin “verlo” deteriorarse más allá de la causa de su muerte.

Contribuye mucho al auge de la cremación su aprobación por la mayoría de las religiones.

Según un reciente estudio del Ministerio de Protección Social (http://repositorio.sena.edu.co/bitstream/11404/2165/1/3101.pdf), “En ciudades como Bogota por ejemplo, los ciudadanos prefieren la inhumación con un 69%, frente a la cremación con un 31%; en Medellín es lo contrario, se prefiere la cremación con un 69%. Los jóvenes son en promedio los más interesados en los servicios de cremación. En la Costa Atlántica la cremación se utiliza en menos proporción, debido al costo elevado de dicho servicio, como consecuencia de la poca existencia de empresas con horno crematorio en la región…”

Obviamente con el cambio cultural, la cremación y la desaparición de los velorios, los servicios funerarios se han tenido que reorientar hacia otros frentes como la asesoría sicológica para los seres queridos y/o  asesoría legal para los seres queridos o no tan queridos que se disputan las herencias.

Un respiro viven por estos días los cementerios, también en decadencia,  con la prohibición del Papa Francisco,  a los fieles de la Iglesia Católica, de “esparcir las cenizas de los difuntos, dividirlas entre los familiares y también que sean conservadas en casa o utilizarlas en algún tipo de recordatorio”. Obviamente, la mayoría de los cementerios son propiedad o son administrados por esa iglesia y muy posiblemente las rentas se estén disminuyendo. (Ver http://www.recuerdosmemoriales.com/es/)

ANTES DEL FIN

Todavía algunos fieles, de la Iglesia Católica, dejan sus bienes a las Ánimas del Purgatorio: Joyas, dinero, casas fincas; en fin, bienes materiales.

Conclusiones.

  • Las Ánimas que nada necesitan son más adineradas que muchos mortales.
  • El dinero también es necesario para mover las influencias, en “La otra vida”.
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LAPARIO – EL PUEBLO DE EL VIAJERO

LAPARIO – EL PUEBLO DE EL VIAJERO
Eligio Palacio Roldán

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Todos los pueblos tienen cementerios.

Algunos tienen hospitales, escuelas, policías.

Todos tienen cementerio y un lugar para adorar a un ser superior, que les permita continuar viviendo, en aquel su otro pueblo. Su cementerio.

El espacio que ocupa Lapario permanece estático e inmutable a través del tiempo.

El paisaje, es el mismo.

La misma neblina en aquellas frías mañanas.

El mismo sol tibio y resplandeciente que ilumina y acompaña a los ancianos que salen de misa de seis, a los campesinos que ordeñan sus vacas, a los estudiantes que van a clase de ocho. El mismo, que en su máximo esplendor, es testigo de la modorra del medio día; que languidece al atardecer, sobre las verdes montañas, dándoles aquella visión embrujadora.

La misma luna que decide sobre la siembra, sobre el amor y la fortuna, sobre la vida. La misma que atestigua sobre amores prohibidos, asesinos incógnitos, tragedias insospechadas.

La misma lluvia. Aquella que durante todo el mes de mayo se ve caer; unas veces con una lentitud tal como si sus gotas quisieran quedarse suspendidas en el aire y otras veces, estrellándose contra el empedrado de las calles, emponzoñada por la inmunidad de la roca. Y la misma inundación del Día de la Santa Cruz, que con furia y rencor, separa estrepitosamente el pueblo y el cementerio.

La misma quebrada que ha llevado en su cauce las pruebas de los pecados y los secretos de las mejores familias. Y, más allá, aquel otro río que tanta prosperidad y desgracia ha traído, en diferentes tiempos.

El mismo cerro mitológico que tanta admiración y respeto despierta al mirarlo.

Los mismos árboles, plantados hace cientos de años por el colonizador español. Tal vez no sean los mismos. Quizás son otros, que ocuparon los mismos espacios.

Los mismos caminos que se formaron con la huida de la tierra, que se aferró a los pies descalzos, de los laparianos de todas las épocas.

Los mismos sonidos a través del tiempo. Los mismos tonos de voz, tanto que los ecos de los vivos no se diferencian de los susurros de los fantasmas.

Las mismas paredes cubiertas de cal. Las tejas de barro, de color negro oscuro, llenas de musgos y líquenes que el tiempo formó. Las habitaciones espaciosas, altas y penumbrosas. Las ventanas acondicionadas para espiar a las gentes, que pasan por la calle. Y las calles de piedras grandes y limpias.

La misma gente.

Allí todos los vivos ocupan el lugar de los muertos, los hijos tienen los mismos nombres de los padres, los mismos gestos, las mismas formas de ser y de actuar. Allí, los matrimonios se consuman entre parientes y por eso se repiten, también, los mismos apellidos, los mismos perfiles, los mismos biotipos. Y, los mismos bobos; aquellos que envueltos, en sus ruanas, retan al sol cada día, aquellos que provocan sonrisas y lágrimas a su alrededor.

También se repiten, en el tiempo, los amores y los rencores, las bendiciones y las maldiciones, las tragedias familiares, la honra y la deshonra, la vanidad y la gloria.

El cementerio está allí, frente al pueblo; en un punto estratégico visible desde todos los ángulos. Permanece inmutable, frío e indiferente, esperando la llegada de sus vecinos.

Está situado en la ladera de una pequeña colina, tiene una vista perfecta hacia el pueblo y, dicen que, su posición geográfica se debe a la necesidad de sus habitantes de estar vigilantes. Sus planos son los mismos del pueblo, pero en escala inferior, sus callejuelas están llenas de flores de agapanto y en su plazoleta, en medio de unos pinos gemelos a los del parque, un ángel pide silencio.

En la “otra vida” no todos son iguales. Cada uno conserva su sitio y su posición, y cada uno guarda sus respectivas distancias, con las gentes de condición social y económica inferior. Se diría, que los criados siguen sirviendo a sus señores, más allá de la eternidad.

En las noches, en que la luna se niega a iluminar a Lapario, se ven avanzar luciérnagas gigantes hacia el cementerio y allí, en medio de los agapantos, las parejas de amantes se entregan lo mejor de sí, despojándose de todo egoísmo y ambición, perpetuando la vida y la ilusión.

Los habitantes del pueblo y del cementerio son los mismos. Al lado de la capilla están los, que en vida, ocuparon las casas aledañas a la iglesia y la disposición de las tumbas es exactamente igual a la de las casas del pueblo.

Un habitante del cementerio tiene en el pueblo un descendiente que habita la casa que le corresponde simétricamente y que posee sus mismos nombres y apellidos, las propiedades y el dinero que le pertenecieron en vida, y exactamente su forma de ser y de actuar.

En el día, los habitantes del pueblo visitan a los del cementerio. En la noche, les corresponde a los del cementerio visitar a los del pueblo, pero no pueden verse. Los del cementerio, aprovechan la noche para visitar sus residencias pasadas y para cumplir sus obligaciones religiosas. Por eso, es común escuchar, en las madrugadas, las misas en latín del padre Roldán, un sacerdote muy importante para la comunidad.

Dicen que los habitantes del pueblo y del cementerio son muy amigos e incluso confidentes. Que los del cementerio, que tienen mayor experiencia, aconsejan a los vivos y que los del pueblo dependen tanto de ellos que no se atreven a actuar, sin su consentimiento.

Dicen además, que muchos habitantes del cementerio tienen antiguas venganzas que ordenan continuar a los del pueblo. Cuentan incluso, que algunos dejan sentencias amenazantes, escritas en las puertas de sus “casas”; como aquella que se lee en una de las entradas: “Luisa, guarde Dios el cielo para ti y reserve las penas del purgatorio para mí. Es mi voluntad pagar por nuestros pecados” Julia.; ó como aquella otra que dice: “Vuelves al vientre de tu madre, del que nunca debiste haber salido”.

El primero de noviembre, los habitantes del pueblo y del cementerio se funden en un rito de vida y muerte, en donde es imposible determinar el origen de cada uno. A la media noche, los del pueblo van por los del cementerio, se agrupan en la plaza pareciendo una reunión de grupos de mellizos. Cuentan que para identificarse tienen que mencionar la cosecha a la que pertenecen, y, por ejemplo, es el momento en que se encuentran Doña Gabriela 1800 con todas las que le sucedieron, y dicen que no es posible distinguirla, incluso con Doña Gabriela 1980, pues visten las mismas ropas, tienen las mismas facciones, igual voz, igual estatura, e igual apariencia física.

Es la oportunidad para saludarse e intercambiar ideas entre todos, y también para tomar decisiones trascendentales como aquella de 1960 de no construir carreteras; o aquella otra, de 1950, de asesinar a todos los forasteros y tirarlos al río.

También es la ocasión en que el Consejo de Fundadores, integrado por las dos familias colonizadoras, decide que pobladores entrarán a morar en el cementerio, durante el próximo año; y para determinar que jóvenes tendrán que ofrendarse, en beneficio de la vida eterna para los laparianos.

Las reuniones, en que los laparianos se pueden mirar a los ojos, sólo son posibles el primero de noviembre y cualquier otro encuentro clandestino, transporta a los contertulios a dimensiones desconocidas, como ocurrió con Don Aníbal, que se sumió en locura perpetua. Se dice que muchos otros lo intentaron y, por ello, algunas veces, los del pueblo parecen estar muertos. Quizás cambiaron de roles.

También dicen que cuando el gallo avisa la próxima aparición del sol, los del cementerio se alejan con sus cánticos fúnebres y los del pueblmo caminan por la Calle Real, pensando en que la vida y la muerte son sólo ilusiones humanas y que lo único cierto, es la presente eternidad de Lapario.

“RECUERDO” DE LA PROFESORA II

“RECUERDO” DE LA PROFESORA II
Eligio Palacio Roldán
En este pueblo, como en muchos otros, las historias se repiten de generación en generación, sin poder cambiarlas.
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El Viajero llega hasta la pared de la casa abandonada, donde los niños del pueblo dejaron los testimonios de su dolor, por los maltratos de La Profesora.

Se pregunta: ¿Cuántos de ellos podrían superar sus traumas? ¡Cuántos otros sucumbieron ante las palabras descalificadoras y crueles, de esa malvada mujer? ¿Cuántos se suicidaron y se marcharon para siempre? ¿Cuántos otros caminaron por la vida, con el alma muerta, a manos de la demente educadora?

No puede descifrarlo. Fueron tantos los lamentos que unos se sobrepusieron sobre otros, tumbando la cal y dejando la tapia desnuda. Nadie leyó, nadie escuchó. ¿Tal vez sí?, tal vez pudo más el miedo, que el instinto de supervivencia.

La Profesora había llegado al pueblo del brazo de uno de los hijos de los gamonales. Lucía radiante, imponente, desafiante, orgullosa. Vestía de rojo, como casi siempre lo hizo durante toda su vida. “Recuerdo” apareció algunos años más tarde, con tan solo unos días de nacido, en los brazos del esposo de La Profesora. La mujer lo recibió con desagrado, con celos, con rabia.

El esposo de La Profesora era el prototipo del hombre de la región: Machista, mujeriego, bebedor; pero algo no encajaba, muy bien, en su historia.

Aquella tarde, La Profesora lo siguió hasta las orillas de la quebrada y lo vio allí, entre los matorrales, haciendo el amor con otro hombre. Con ira contenida se hizo notar por la pareja y regresó a su casa. “Recuerdo” la recibió con recelo, con desconfianza, con miedo.

La mujer tomó el pequeño cachorro entre sus manos y lo arrojó con violencia contra la pared. Después quiso ahorcarlo. Lloraba, maldecía. En un instante sus manos tomaron las tijeras y de un solo corte castró al indefenso animal.

El Viajero evoca como la sangre de Recuerdo se extendió por la calle hasta la quebrada, como un pequeño hilo de horror.

Dicen que el animal caminó hasta donde su amo; quien al verlo, no pudo controlar sus esfínteres y se orinó en sus pantalones. Dicen además que, desde entonces, el hombre se mojó en la cama, por el resto de su vida; cama que compartió, siempre, todas las noches, con La Profesora.

Algunos dijeron que fue el amigo del esposo de La Profesora, quien curó a Recuerdo.

La profesora permaneció, al lado de su marido, hasta que “la muerte los separó”. Lo amenazaba continuamente con contarles a las gentes del pueblo, sobre sus inclinaciones sexuales.

Cuentan que en los días de calor y lujuria La profesora obligaba a Recuerdo a lamer su cuerpo desnudo; cuando este no accedía a sus deseos lo tomaba de sus patas y lo golpeaba contra la pared.

Con el paso de los días, La Profesora, rociaba todo su cuerpo de miel y harina para que el animal lamiera.

Y toda la frustración, todo el dolor, toda la amargura de La Profesora, eran vertidos sobre los niños, en los primeros años de escuela. En cada uno veía un homosexual, otro más como su marido. Un castrado como Recuerdo. Y no toleraba la idea de que esos niños, un día, la despreciaran por otro hombre. Y los golpeaba físicamente y los torturaba mentalmente y disfrutaba su sufrimiento. Y a solas reía y reía, y lloraba y lloraba.

Y cuando algún niño intentaba suicidarse, con hipocresía, se hacía parte del duelo. Y cuando un niño se atrevía a defenderse se encolerizaba y lo echaba de la escuela. Y los padres no supieron que hacer, tan solo comentar: tenía poder político, poder económico, poder de hacer lo que quisiera con los niños de la escuela, con las gentes del pueblo…

Y sentía un gran placer cuando la vida de un niño, de un adolescente, de un adulto se malograba. Cuando descubría algún homosexual, algún drogadicto, algún ladronzuelo. Se convirtió en regente de la moral del pueblo, por encima de los curas. Y todo el pueblo le temió, y todo el pueblo la sufrió.

Y la veían desfilar orgullosa por la calle, vestida de rojo, acompañada de Recuerdo. Y Recuerdo, apocado, melancólico, ausente; la padeció toda su vida. Una vida muy triste. “Una vida de perros”.

Una noche sin luna, los habitantes del pueblo vieron llegar hasta el cementerio una luciérnaga gigante. Unos minutos después, se escucharon los gemidos lastimeros de un perro. Los mayores obligaron a los niños a dormir: se presagiaba una tragedia.

No sucedió nada, dijeron algunos, en la madrugada. Más tarde, apareció el cuerpo de Recuerdo torturado y ahorcado en uno de los pinos del cementerio; abajo, en el piso, los dientes del animal en medio de grumos de sangre.

Y así, Recuerdo se convirtió en solo una evocación de su nombre. Después vinieron otros perros, a los que La Profesora arrancaba sus dientes, desde cachorros.

La profesora murió, en su casa, sola, alucinada, enloquecida: En medio del fuego que la consumió.

El viajero está absorto tratando de leer los lamentos de los niños, escritos en la vieja pared. Una fila de unos treinta infantes, entre los cinco y los seis años de edad, que se acerca, lo trae al presente. Una profesora de unos 70 años, vestida de rojo, estrujaba a uno de los pequeños, mientras gritaba enfurecida:
“- Usted parece una niña
-¿Por qué no le dijo a su mamá que le hiciera trencitas?
– ¡Marica!”

El Viajero se marcha con la cabeza baja: Piensa que en este pueblo, como en muchos otros, las historias se repiten de generación en generación, sin poder cambiarlas.

EL FIN DEL ESPEJO

EL FIN DEL ESPEJO
Eligio Palacio Roldán

Las brumas comienzan a apoderarse del entorno, un vientecito helado asciende desde la quebrada. El viajero regresa al cementerio. Quiere saber si aún las aves llevan cabellos hasta la tumba de Luciana. Se detiene. Un sol tenue y pálido ilumina la escena, no logra distinguir las formas del campo santo. No encuentra el simbólico arco gótico bajo el cual se abrían las puertas del más allá, a los habitantes del pueblo.

Jadeante asciende por la ladera de la pequeña la colina, recorre un número de escalas que se le hace infinito. Trata de encontrar el Angel del Silencio, quien tantas veces fue su confidente. No lo encuentra. Unas moles que se le antojan gigantes o quizás “molinos de viento” impiden su paso.

Deambula de un lado a otro: anhelante, delirante, ofuscado, rabioso, lloroso. No encuentra el Angel, ni los pinos similares a los del parque del pueblo, ni los agapantos, ni las callejuelas, ni las tumbas, ni los habitantes del cementerio.

Tropieza una y otra vez. Cae para volverse a levantar. Recuerda lágrimas y amores vividos en cada espacio, en cada tiempo, en este lugar. Cientos de historias: los grandes y suntuosos funerales, los entierros en secreto, el llanto de alguna madre que no pudo ver crecer a su hijo; las explicaciones que pidió algún día un joven por no tener padres, las de muchos seres que nunca nacieron, las de otros que no crecieron. Muchas iras, amenazas y maldiciones. Alguna bendición.

El viajero se detiene. Unas bóvedas vacías se le antojan cuencas de ojos de monstruos, que parecen devorarle. Algunas aves alzan su vuelo, a su llegada. Y, allí, en el piso, un manojo de cabellos, le indican que esta frente a la tumba de Luciana. Toma el cabello en sus manos, lo lleva a su rostro, lo huele, lo aspira, lo acaricia. Solloza. Quiere recordar, no lo consigue. La indignación se apodera de sus ser. No puede.

El cementerio había sido construido por los habitantes de la localidad para perpetuarse, para vigilar los descendientes que ocupaban sus lugares en el área urbana, para ser eternos. Era el espejo del pueblo. Todos habían contribuido a la obra, desde los más pobres hasta los grandes gamonales, habían entregado sus dineros a la iglesia para construir una vida, más allá de la muerte. Ahora, sus descendientes, hacían lo mismo; pero esta vez para expulsarlos, para dejar sus restos a la intemperie y permitir, a esa misma iglesia, un negocio rentable.

El viajero no entiende por qué los seres humanos pasan su vida engañados, por una religión, que utiliza la imagen martirizada de Jesús, para perpetrarse en el poder, en la opulencia; con ropajes de secta y maneras de reyezuelos; en altares construidos para honrar a Dios, usados para engañar al hombre y exprimirle hasta la última gota de sudor, y así saciar su ambición de dinero y poder.

El viajero no resiste la presión de sus pensamientos, le duele la cabeza. Los recuerdos se le agolpan tumultuosos. Siente que fueron engañados. Quiere encontrar a Everardo, Daniel, Paz, Estefanía, Pedro Antonio, Antonio José, Gabriel, Israel, Cruz, Anita, Mercedes, Jorge… en fin, a todos los que habitaron primero el pueblo y luego el cementerio y mostrarles esta gran estafa; decirles que el dinero que entregaron a la Iglesia fue utilizado en su contra. Que los traicionaron.

Era demasiado tarde: el espejo del pueblo lo habían hecho trizas. Solo quedaban restos esparcidos sobre la colina y unas moles, símbolo de la soberbia de los “Ministros de Dios”.