Archivos mensuales: diciembre 2014

ADIOS 2014, BIENVENIDO 2015

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EL ERMITAÑO Y EL AZULEJO

EL ERMITAÑO Y EL AZULEJO
Eligio Palacio Roldán
Esta historia está dedicada a alguien que seguramente no la leerá, que si la leyese probablemente no la entendería y si la entendiese, no le gustaría.

El Viajero recorre el estrecho cañón en donde, El Ermitaño, pasó sus últimos…, bueno, muchos días; ahora le parece tan angosto, tan pequeño, tan cercano a la civilización que no entiende cómo, allí, pudo vivir, alguien, aislado del mundo; es que, definitivamente, todo había cambiado, ya ni serpientes existen en la zona, y mucho menos, claro, azulejos.

Desciende con dificultad hasta el antiguo río que hoy muestra, con desdén, sus inmensas rocas, desnudas a la intemperie, sin líquenes ni musgos adheridos a su superficie; allí El Ermitaño recibía el sol en las mañanas, sin ropas, tranquilo, desinhibido.

La leche de una pareja de cabras, los huevos de unas dos gallinas y  un sembrado de verduras, de no más de cuatro metros, eran el sustento del hombre; también, algún día de caza.

Cuando alguien podía mirar, entre el bosque, el refugio de El Ermitaño, difícilmente decidía cuál de los mortales era el más viejo…

EL Viajero recuerda que el hombre tenía una vida, relativamente normal; muy solo, desde niño, decían. Después, un amor imposible lo condenaría al exilio, para siempre.

No le importó nada, ni un futuro que parecía promisorio, ni las lágrimas de su madre.

Al comienzo vivió a cielo abierto, se la pasaba contemplando las formas y el movimiento de las nubes, en los días, y las estrellas, en las noches. Uno de los atractivos de la zona era ver, al languidecer la tarde, el cielo cargado de amarillos, rojos y azules y escuchar el rasguear de una guitarra, en conciertos con ranas y grillos, cargados de despecho.

Alguna vez, se vieron helicópteros cruzar el cielo y se escucharon disparos; El Ermitaño sintió miedo y se ocultó en una cueva; salía poco. Fue entonces, cuando hasta allí llegó un hermoso Azulejo que le devolvería la sonrisa, la alegría y las ganas de vivir.

Cuentan que a El Ermitaño le brillaban los ojos de felicidad cuando, en las mañanas, llegaba El Azulejo y depositaba sus paticas desnudas en el borde de la cueva; afirman, que le traía recuerdos de amores pasados; mirándolo, al hombre se le desprendían lágrimas de sus ojos.

Era tanta la alegría de El Ermitaño, con la presencia de El Azulejo, que creyó necesario prolongar su felicidad y decidió, entonces, encarcelar el animal. Como pudo, con restos de alambres, dejados por las crecientes del río, construyó una improvisada jaula que permanecía abierta y en la que depositaba exquisitos manjares para agradar a El Azulejo, permitirle tomar confianza y luego atraparlo.

Una mañana de diciembre, por cierto, El Ermitaño permaneció desde la madrugada esperando la llegada de El Azulejo, pero éste nunca llegó. Dicen que, desde entonces, el hombre pasó sus días anhelante, expectante, esperando el arribo del animal; que al hombre se le vio triste, muy triste, que la desgracia se precipitó, otra vez, sobre su existencia y que no sonrió más.

El Viajero se inclina y, entre los matorrales, descubre los restos de la jaula que construyó El Ermitaño; está oxidada y, al tacto, pareciera contener grumos de sangre.

Dicen que el Ermitaño se suicidó cortando sus venas con los alambres de la improvisada jaula, a los pocos meses del abandono de El Azulejo y a las pocas horas de sacrificar el par de cabras, las gallinas y arrancar, de raíz, las verduras…

Las gentes de la región tuvieron noticia de la tragedia, varios días después, por la presencia de los gallinazos.

LOS NUMEROS DEL 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 75.000 veces en 2014. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 3 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

NAVIDAD MÁS ALLÁ DE LA RELIGIÓN Y EL COMERCIO

NAVIDAD MÁS ALLÁ DE LA RELIGIÓN Y EL COMERCIO
Eligio Palacio Roldán

Todas las pasiones, las alegrías y las tristezas y, obvio, los comportamientos se fijan en los primeros años de vida. Mi ansiedad y mi felicidad por la llegada de la Navidad, sin duda, se remontan a esos años de infancia. No recuerdo mucho, conscientemente, pero las sensaciones de esos días se quedaron grabadas en mi inconsciente, para toda la vida.

No creo que esa fijación se deba a la religión católica que se profesaba en mi hogar; aunque, tal vez si, la Navidad era una versión de Jesucristo más alegre, más fraternal, más solidaria; menos dramática, menos trágica, menos castigadora; más alejada del “Valle de lágrimas” y más cercana al “paraíso”.

Pudiera ser, que la fijación se debiera a los regalos que “traía” el Niño Dios; aunque los obsequios eran tan pobres que escasamente podrían dejar alguna marca; aunque, en medio de la pobreza, cualquier obsequio adquiere dimensiones desproporcionadas y, más, en las mentes infantiles y, más, mucho más, claro, en una mente infantil campesina.

Puede ser, también,  que la alegría de la Navidad estuviese en los días de vacaciones de los hermanos mayores, que siempre inventaban paseos por el campo, alguna comida “especial” o algún juego; en el “descanso” de mi mamá al no tener que madrugar tanto y el menor estrés, por no requerir mucho dinero para enviar los hijos a la escuela.

La alegría de la época se percibía y se percibe, aún, en la música que transmitía la radio, la de Buitrago y la de Rodolfo Aicardi, bien distinta a los tristes boleros y baladas de entonces.

Otra de las razones de la alegría de la Navidad, fijada en aquellos años, era el olor a Navidad; olor percibido en la confección de rocas con cal, carbón y “cola”, en el musgo y los cardos al interior de la casa, que alejaba los malos olores del hacinamiento y la falta de aseo de las casas y de las gentes que las habitaban.

A pesar de todas estas posibilidades de fijación de olores y colores creo que el principio de la neurosis estaba y está en el carácter mágico de un niño Dios, cargado de regalos para satisfacer los deseos  más íntimos de los infantes; un carácter mágico  que permitía a los niños soñar con parajes y gentes insospechados, con tesoros escondidos y con milagros que transformarían la vida y las costumbres de las personas, a su alrededor, y su misma vida.

Quizás esa magia de la Navidad va desapareciendo del colectivo y ahora en los niños queden gravadas otras imágenes, otras pesadillas; pesadillas menos románticas, más prácticas, más cibernéticas; tal vez la magia de la Navidad esté condenada a ser solo un fantasma, de los mayores, como lo son ahora: las brujas, los duendes y los demonios; solo folklore.

Pareciera que la modernidad dejara en el olvido las fantasías de otros días, la sensibilidad por las cosas sencillas, el amor sincero; pareciera ser que los colores de la Navidad,  son ahora “solo fuegos fatuos que ocultan una gran oscuridad”.

ANTES DEL FIN:

Tal vez la alegría de la Navidad esté en un soplo divino.

Creo que en mi caso he tenido suerte con la Navidad, en esta época las desgracias no se han aparecido por mi vida.

La alegría de la Navidad se fue acrecentando con la terminación de los años escolares, los semestres universitarios y la consolidación de proyectos y metas.

Dice mi madre, 91 años de edad, que no se explica por qué alguien, como yo, tan alejado de la religión, disfruta tanto la Navidad. Espero madre, haberme podido hacer entender.

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