LA FUGA

LA FUGA

Eligio Palacio Roldán

No era muy claro el por qué, pero tenía que huir. Tenía que huir como lo hacían todos los habitantes del pueblo. Al comienzo pensó que era una amenaza de inundación, pero luego surgieron las dudas al ver cómo, en la pequeña plaza, se construían albergues subterráneos y ¿para quiénes serían esos albergues si la gente que conocía, de toda la vida, ya había huído?

En ese momento recordó sus pertenencias pero no sintió nostalgia por ellas. Era la primera vez que realmente pensaba en él y no en las cosas que lo definían, porque las gentes del pueblo siempre hablaron de su casa, sus tierras, sus amores, su ganado, sus carros, sus cultivos y de él para identificarlos; no en vano era uno de los hombres más relevantes de la región. ¿Pero quién sabía realmente algo suyo, de su esencia, de su ser? Nadie, porque al fin y al cabo él nunca interesó más allá de lo que tenía.

¿Y ahora qué, como nombrarían las gentes todas esas cosas que dejaba con su impronta? ¿Y esas cosas permanecerían en el tiempo después de marcharse? Sin embargo, para que pensaba en ello, en ese momento nada tenía valor, solo él y encontrar la manera de escapar.

Aunque pensándolo bien no sabía si huía de la vida o de la muerte.

EL CESTO

EL CESTO

Eligio Palacio Roldán

Era la Navidad de un tiempo sin tiempo y, sin embargo, era inevitable la nostalgia de otros días.

Entre las brumas del recuerdo encontró la casa. Los corredores mucho más largos… No… Era que sus pasos eran más lentos y torpes y su visión mucho más borrosa; tanto que, tropezaba a cada instante, en cada recodo, con cada obstáculo…

Oscurecía.

Como pudo, llegó a la sala. Allí estaba ella. En su silla, color verde oscuro. Sonriendo a su llegada y brindándole amor, como siempre. En la pequeña mesa,  un cesto iluminaba el entorno. Contenía las más hermosas joyas, jamás vistas. Ella, tomó la más resplandeciente y se la entregó.

DESPUÉS DE LA MUERTE

DESPUÉS DE LA MUERTE

Eligio Palacio Roldán

Prácticamente todos los que creen en un Dios piensan en que la muerte es solo un paso hacia otra vida, más feliz quizás, en otra dimensión; los que no, asumen la muerte como el final. Unos y otros, solo hablan de teorías y creencias. No hay ninguna certeza. De lo que sí hay evidencias es de lo que sucede con los vivos después de la muerte de los seres queridos. Incluso, hay cientos de libros y profesionales de la salud dedicados a la elaboración del duelo. También líderes espirituales y se habla hasta del “Médium”, persona con supuestos poderes para comunicarse con el espíritu de los que ya se fueron.

Obvio que después de la muerte de un ser querido cada historia sigue siendo individual, aunque tenga rasgos comunes con muchas otras, como la tristeza, la sensación de soledad y la impotencia ante lo irremediable. La mía, en relación con la muerte de mi madre se condensa en lo siguiente:

En los albores de la muerte, acompañando un dolor intenso, el miedo y la ansiedad por la llegada del momento crucial. Luego una inmensa soledad: El vacío.

Después, el deseo de que nadie te hable, nadie te diga, nadie te consuele. Sentir y apropiarte de esa soledad con multitud de recuerdos que, por alegres que fuesen, provocan lágrimas.

Pasados los días los recuerdos se transforman en nostalgia. La imagen de cada una de las pertenencias de quien se fue, en un dulce dolor.

Después los reproches por lo que se hizo mal, en un repaso de la vida en común. Y cuando no los encuentras en tu pasado reciente, la búsqueda martirizante se va hasta los recuerdos de la infancia. Y, obvio, aparece alguna culpa por insensata que parezca.

De la mano de los buenos recuerdos, la seguridad de que se hizo el máximo esfuerzo y de que quien se fue ya no te necesita, llega una gran tranquilidad en sintonía con el universo.

Pero quizás lo más trascendental de la vida después de la muerte, de un ser querido, es la sensación de ruptura. La vida se te parte en dos: te sientes diferente, eres diferente. Lo primero es el comprender la finitud de tu existencia y en consecuencia emprender las acciones que te permitan cumplir tus sueños. También la certeza de que tú eres protagonista de tu propia historia y de que los otros son los otros, que ya vas a vivir por ti y para ti. Es la ruptura, cierta, del cordón umbilical después de muchos años.

Obviamente esa ruptura implica una relación diferente con tus seres cercanos, con tu medio social y seguramente con el resto del universo.

Y el gran logro: poder escribir sobre tu propia experiencia, después de la muerte.