LA FARANDULIZACIÓN DE LA VIDA NACIONAL

LA FARANDULIZACIÓN DE LA VIDA NACIONAL

Eligio Palacio Roldán

Hace cerca de 50 años, en la década del 70, la farándula era un tema de segundo plano propio de publicaciones especializadas. En ese contexto, la revista Antena marcó una época.

Después, con el decaimiento de las radionovelas, la farándula irrumpió en los programas de variedades de las emisoras y poco a poco en la televisión: Telesemana y las “Piernas de Viena Ruiz” marcarían una época en la pantalla chica, pero se diría que quien cambió la historia de los medios de comunicación en nuestro país y de los colombianos, en general,  fue el periodista Julio Sánchez Cristo, quien dando continuidad a una forma de comunicar, iniciada por Yamid Amat, farandulizó la información en Colombia.

El diccionario de americanismos (http://lema.rae.es/damer/?key=farandulizacion) define farandulización como frivolización o trivialización de algo. En este tiempo cada medio informativo, además de ser una verdadera revista de contenidos irrelevantes,  es un escenario donde a cada noticia seria se le da una puesta en escena que la haga atractiva a un espectador distante y con mínimos esfuerzos para comprender.

Pero no solo se farandulizó la información también la política y la manera de manejar lo público. Ahora cada mandatario se preocupa más por su popularidad que por gobernar. Por eso adoptan poses de irreverentes, descomplicados y cercanos a un pueblo que en el fondo ignoran. Los dirigentes de hoy estrechan la mano a las gentes ingenuas que quedan conmovidas, ante el gesto del personaje, ignorando que a la mayor brevedad corren a lavarse o a utilizar antibacterial obsesivamente tratando de borrar los restos de impureza y miseria. También suelen mostrarse tímidos ante el aplauso de la multitud que subyace a sus pies, tal artista al concluir su función.

En Medellín, por ejemplo, todos los que pretenden tener éxito en su carrera política visten jean sin correa, camisa blanca informal, zapato casual; dicen preferir la bicicleta sobre otro medio de transporte, hacen ejercicio, lucen melena a los hombros y siempre los acompaña una sonrisa de galán de telenovela.  Todos imitan a Sergio Fajardo, que  a su vez trata de llegar a la presidencia de la república con tan solo una estrategia de manejo de  imagen, pues sus opiniones son más superfluas que las de candidata al Reinado Nacional de Cartagena.

En Bogotá, en las pasadas elecciones, la situación fue peor: la candidata a la alcaldía, Claudia López, utilizó como estrategia electoral su condición sexual y, luego, parte de su vida privada como lo es el matrimonio fue elevado a la categoría de espectáculo.  ¿Qué tendrá que ver la sexualidad de alguien con su capacidad para gobernar?

Pero que los periodistas, los dirigentes políticos y los gobernantes se hayan convertido en vedettes, más fatales que las estrellas de cine de algunas películas del siglo pasado, no tendría relevancia si no fuera porque sus electores o seguidores no hubiesen abandonado la lógica y la razón para sumergirse en el mundo de los canutillos y las lentejuelas.

Los colombianos se dejaron deslumbrar, y hasta se pelean por el honor de sus estrellas favoritas, sin lograr dilucidar que el brillo de esas imágenes es más irreal que el de los fuegos fatuos. Atrás quedaron los tiempos del debate y la exposición de ideas.

El éxito de los youtubers y el tránsito de muchos periodistas a esta forma de entretenimiento  es una consecuencia de la  farandulización del periodismo.

ANTES DEL FIN

El espectáculo de las noticias, decía un famoso periodista radial. ¿Qué espectáculo tan ridículo el tratamiento informativo de los repatriados de China por temor al coronavirus?

Un recuerdo, de principios de siglo: el afamado hombre de radio Sánchez Cristo, dedicó toda una mañana a las gafas del entonces candidato Uribe. Esas gafas, fueron otro motivo para elegirlo presidente, en ese entonces.  Como este son cientos, miles de casos.

ERA TARDE

ERA TARDE

Eligio Palacio Roldán

El viajero, lo recuerda porque  era el más claro ejemplo de aquel refrán de su madre, bueno, de casi todos los padres de familia, en todos los tiempos, cuando echan cantaleta: “Árbol que nace torcido, jamás se endereza”.

Su presencia fue notoria, tan solo,  a los meses de haber nacido, quizás años; unos decían que no era visible, otros que era muy raquítico y feo; no se sabe, lo cierto es que fue pisoteado muchas veces, tantas, que los más grandes lo miraban: algunos con lástima, otros con burla y los demás con desprecio.

Se torció a muy corta edad y aunque hizo muchos esfuerzos, por enderezarse, no lo logró; nunca se le vio ni el esplendor, ni la alegría de los otros, siempre estuvo desarropado, triste, melancólico; algunos quisieron ayudarle y algo lograron, no mucho; jamás pudo igualar a los demás, que miraba siempre desde abajo, con una mezcla de desesperanza y envidia. Las gentes no le auguraban ningún futuro; que no era normal, decían.

Un día, pasados muchos años, sintió un dolor muy grande; era un desprendimiento que cambiaría su existencia, para siempre. De repente, se vio en un lugar lleno de luces, tantas que no le permitían diferenciar los días y las tinieblas; en su vida solo sabía de los fuegos fatuos, que cruzaban el firmamento, en las noches sin luna.

Y entonces, de ser aquel a quien solo se le prestaba atención para maltratarle, pasó a ser el centro de atracción de la familia; todos se reunían a su alrededor, lo vestían con las mejores galas, le cantaban e incluso hasta le oraban. Esa fue la época más feliz de su existencia; pero la alegrías tan solo son instantes fugaces, mientras las tristezas son eternas.

Una noche todos los integrantes de la familia amanecieron a su alrededor; al comienzo era alegría y fiesta, solo se escuchaban risas, aplausos y felicitaciones, pero con el transcurrir de las horas el ambiente se volvió tenso; algunos discutieron, se pelearon y se marcharon de la casa, con la promesa de no volver jamás. Desde entonces, su vida  fue peor que antes, permaneció  olvidado en un rincón de la casa. Ya la existencia no giraba a su alrededor, ya no habían luces, ni reconocimiento, tan solo algunas miradas de “lástima, burla o desprecio”.

Una mañana de enero fue expulsado de la casa sin saber que allí, en la sala, en las escalas,  iban quedando, regados, retazos de su vida.

Fue arrastrado por las calles solitarias del pueblo; los niños, como en su infancia,  lo pisoteaban y se reían, mientras él se iba haciendo pedazos. Ahora no lloraba, no sufría, no aspiraba a ser como los otros; comprendía que el comienzo y el fin no existen, que son solo una ilusión, que después de un tiempo todo vuelve a su estado natural, que no vale la pena luchar por lo efímero; pero, ahora, ya era tarde, iba a descansar para siempre, como lo hacen los demás chamizos de Navidad.