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LAS TAREAS DE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA

LAS TAREAS DE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA

Eligio Palacio Roldán

Bien se ha dicho que el hombre avanza a pasos agigantados en tecnología pero, muy poco, en filosofía y, por ello,  la humanidad sigue cayendo en las mismas torpezas, por los siglos de los siglos…

Así como en Cuba de los años cincuenta o en Venezuela de los noventa la izquierda colombiana hace su tarea, un poco tarde por la torpeza de la lucha armada de las guerrillas,  involucrando una juventud con una inocencia similar a la del siglo pasado.  Desde la academia, los medios de comunicación, las cortes y el mismo ejecutivo se lucha contra el sistema, se deslegitima con uno y otro escándalo de corrupción, con una oposición sistemática a medidas necesarias para el desarrollo del país como las reformas tributarias o la pensional, aplazada irresponsablemente o por el temor de los diferentes gobiernos.

Los dirigentes de izquierda organizan marchas por todo y contra todo. Se radicalizan cada vez más, afectando el sistema productivo y haciendo exigencias a un estado con recursos limitados, como el colombiano. Y mientras exigen por un lado, rechazan por el otro las medidas que puedan generar los recursos necesarios para atender no solo sus peticiones sino las necesidades de miles de ciudadanos.

Pero si la izquierda colombiana hace muy bien su tarea, la hace mucho mejor la derecha negándose a abrir el escenario político a personas diferentes a las de los apellidos de siempre (Que tal el caso del Centro Democrático en Antioquia: Un hijo del Cacique Liberal Bernardo Guerra a la Gobernación y el del cuestionado Luis Alfredo Ramos a la alcaldía de Medellín); rechazando las formas de ser y de pensar de las nuevas generaciones: el matrimonio igualitario, la adopción gay y el aborto, entre otras; y no haciendo los esfuerzos necesarios para generar oportunidades de crecimiento profesional y/o económico a una sociedad cada vez más exigente.

Y unos y otros: izquierda, derecha, centro o ciudadanos del común se hacen los de la vista gorda antes sus propias fallas, ante la corrupción que nos ahoga, ante sus propias responsabilidades con el país. Y esa actitud hace que los ciudadanos, en especial los jóvenes desconfíen más y no tengan esperanzas. De ahí el crecimiento del narcotráfico, la delincuencia y el incremento del consumo de drogas. ¿Qué puede hacer un joven sino encuentra ni siquiera la forma de tener las condiciones mínimas de subsistencia?

“Mal de muchos consuelo de tontos”: lo mismo que sucede en Colombia ocurre en toda Latinoamérica. Son claros ejemplos los de Chile, Argentina y Brasil, pero si nos descuidamos podríamos recorrer el mismo camino de Venezuela y Cuba. La situación del primero es bien conocida  con la diáspora venezolana cuyos efectos sufrimos todos los colombianos y la del segundo es más lamentable aún: prisioneros en la isla se refugian en el licor, el humo del cigarrillo y también, como en los países capitalistas, el mercado de la cocaína y demás drogas ilícitas y la prostitución.

La Colombia desencantada se manifestó el pasado domingo en ciudades como Bogotá y Medellín con la elección de los alcaldes locales Claudia López y Daniel Quintero, personajes llenos de ideas renovadoras que ojalá les dejen cristalizar para bien no de ellos sino de Colombia. Las esperanzas son muchas pero las posibilidades pocas dadas las razones expuestas en esta columna: tanto la izquierda, como la derecha están haciendo la tarea muy bien para desestabilizar el estado colombiano.

ANTES DEL FIN

Vuelvo a referirme a El Sultán, la telenovela que trasmite el Canal 1, de lunes a viernes a las 10:10 de la noche, que puede ser la obra cumbre de la televisión mundial. Más allá de ser una producción impecable en cuanto a libretos, puesta en escena, actuación, escenarios, vestuario, etc, es una muestra del porqué de las formas de ser y estar del ser humano, en esta tierra que nos tocó vivir. De las relaciones de poder. Aunque la obra se desarrolla en el siglo XVI, su historia, también, es la misma de nuestros días.

EL SULTÁN https://eligiopalacio.com/2019/08/23/el-sultan/

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PRIMITIVO

PRIMITIVO
Eligio Palacio Roldán

creciente roja

Doña Gabriela se dio vuelta y sintió como si la centenaria puerta que acababa de cerrar le cayera encima. Trató de observar algo en medio de la oscuridad de la noche pero sus ojos, ya cansados, solo alcanzaron a distinguir el salpicar de la lluvia al caer sobre el empedrado de la calle. Se sintió más tranquila, tomó entre sus manos un costal de fique, se cubrió con el pañolón, bajó sobre su cara un manto oscuro  y comenzó a caminar por la calle Guanteros en dirección a la plaza de Lapario.

Llovía, como era lo normal en aquella época del año, hacía pocos días  había pasado la creciente “del Señor de los Milagros”; serían las doce de la noche y el frío presagiaba que llovería durante muchas horas más. El pueblo parecía, hoy más que nunca, igual al cementerio: estaba desierto y sólo se escuchaban el ruido de la lluvia y el rugir del río. Todos los pobladores se habían retirado a descansar antes de las ocho de la noche, cuando se apagaba la planta eléctrica y sólo allá arriba, en San Isidro, en la casa de las López, algunos solitarios retozaban en los brazos de Olympia y sus muchachas.

Doña Gabriela pensaba en su presente, su pasado y su futuro; en las cuentas que tendría que rendir a los laparianos del cementerio, en su hija moribunda que había dejado en la cama, en su prestigio, en su orgullo doblegado: “¿Cómo, con la frente en alto, iba a recoger la limosna en la Misa Mayor, cómo explicar, qué decir?, y ¿Por qué a ella, por qué…?. Sólo estaba segura de una cosa: había obrado bien. Nadie podría saber, jamás, lo sucedido.

Había sido una mujer feliz; se casó “bien casada”. Ocupaba una casa, grande, soleada y llena de flores, en la parte alta del pueblo, que era objeto de envidia para muchos. Tenía ocho hijos entre los cuales Carmen, la mayor, era la damita más cotizada por los solteros importantes… pero, ¿por qué precisamente Carmen le había hecho esto? No encontraba una explicación lógica… Tal vez si no la hubiese enviado a estudiar a la ciudad, nada de esto estaría pasando…

Un ruido de ventana que se cierra, sacó a doña Gabriela de sus pensamientos. Palideció, un sudor frío le recorrió el cuerpo, miró aterrorizada y vio por entre las rendijas cómo una luz se apagaba. Estaba delatada y para completar eran las Palacio, aquellas viejas tan chismosas, las que la habían descubierto. Agilizó el paso. Una lágrima corrió por su mejilla derecha al recordar los crueles acontecimientos de los últimos días…

Carmen había llegado de Medellín, hacía escasos ocho días, expulsada de la Normal de Señoritas, con un mensaje de la rectora donde lamentaba lo sucedido. Su llegada fue un misterio, nadie lo supo; doña Gabriela se encargó de que todos se fueran para la finca, y luego aquellos días de tortura y  el llanto y la tristeza y las pócimas que tuvo que tomar, y los dolores del cuerpo y del alma. Y el vacío.

Aquella plaza le pareció más grande que nunca a doña Gabriela. Los muertos también se habían retirado ya. La lluvia se hacía más fuerte, el viento azotaba los pinos del parque, el agua de la pila se regaba y se confundía con los otros arroyos. Un galopar disparejo se sintió sobre el empedrado y el terror se apoderó de doña Gabriela y quiso gritar y sin importarle lo que sucediera lo hizo… Fue un grito que estremeció a Lapario, que nadie ha podido olvidar. Los laparianos del pueblo se enrollaron en sus cobijas, los del cementerio entendieron lo sucedido y se miraron sin hablar. La mula de tres patas y su arriero corrieron más que nunca a medida que centenares de tabacos quedaban esparcidos por la calle.

Por fin había llegado a su destino. El agua amenazaba llevarse el puente. Doña Gabriela levantó la cabeza, miró sus manos y las vio siniestras, luego introdujo la derecha en el costal y sacó un feto sangrante. Con la izquierda le dio la bendición y en medio de las lágrimas y con el agua lluvia santificante le bautizó. “Tú eres Primitivo”, le dijo; luego lo depositó nuevamente en el costal y lo tiró al río.