EL OCASO DE LAS ESTRELLAS

EL OCASO DE LAS ESTRELLAS
Eligio Palacio Roldán

Pacheco

Aunque nuestra percepción sea equívoca, las estrellas también van languideciendo y muriendo, mientras inquietan las noches de insomnio o nos hacen estremecer al amanecer; hablo por supuesto de las estrellas del cielo, las nuestras, las terrenales desaparecen antes de languidecer y son objeto del cruel olvido, por culpa de los medios de comunicación, a los que entregaron todo su brillo.

Los colombianos nacimos con nuestras propias estrellas, crecimos con ellas; envejecimos con ellas; incluso, alguna vez, tuvimos la percepción de que eran similares a las del cielo, casi eternas; pero no, los mismos medios de comunicación que las hicieron brillar las desaparecieron antes languidecer; y las desaparecieron antes de tiempo porque ya no percibieron su brillo; porque les dio miedo que con su muerte murieran también sus televidentes, sus oyentes; porque necesitaban nuevas estrellas que deslumbraran más, que vendieran más; como si los viejos no fueran gratos, no inspiraran cariño, admiración y respeto.

Esta semana murió una de nuestras estrellas más queridas: Fernando González Pacheco; esta estrella,  es una de las que mejor suerte ha tenido: alguna aparición lastimera en un programa de televisión de la mañana, alguna entrevista, alguna mención; uno que otro recuerdo de lo que fue. Y ahora, cuando sus sentidos ya no pueden percibir, cuando su brillo desapareció por completo, muchos homenajes. Y… ¿ya para qué?

En Colombia, y quizás en todo el mundo, salvo contadas excepciones, los medios de comunicación, bueno en casi todas las empresas y en casi todas las familias,  rompen con las reglas de la naturaleza: no dejan que las estrellas vivan hasta que dejen de brillar, las apagan sin misericordia; creen que con la pérdida la belleza, se pierde todo; no se concibe una pantalla llena de arrugas, de cuerpos ajados y marchitos, de canas y temblores; quizás esos anuncios de una muerte próxima aleje al televidente; al fin y al cabo, ¿a quién le gusta pensar en la muerte?; o mejor quizás, ¿quién no prefiere huir de ella?.

Y entonces, también, hay discriminación con los ancianos en la televisión colombiana; los viejos no venden, y ¿qué hace el estado colombiano para proteger a nuestras estrellas en el ocaso? Nada. Muchas de ellas no tienen siquiera una pensión; no tienen con qué pagar su salud, su alimentación o su vivienda; y los televidentes que crecieron con ellos, que suspiraron por ellos, que sufrieron y amaron por ellos, ¿qué hacen porque tengan una vejez digna? Nada; y, ¿qué hacen las mismas estrellas cuando llegan al Congreso por legislar pos sus colegas? Nada.

El estado es el dueño del espectro electromagnético por donde se transmiten las señales de radio y televisión; entonces ¿por qué no obligar a estos medios de comunicación a tener espacios donde participen nuestras estrellas, en su vejez?, ¿por qué no obligarlos a una especie de cuota de pantalla?

¿Qué será de la vida de Héctor Ulloa, Silvio Angel, Mariela Home, Leticia Palacio, Dora Cadavid,  Gloria Cecilia Gómez, Carlos de la Fuente, Fabio Camero, María Eugenia Dávila… de tantos otros, que ya se borraron de nuestra memoria.

ANTES DEL FIN
En Medellín son un éxito los conciertos con los artistas de ayer, muy pocos colombianos por cierto, ¿por qué no ha de ser un éxito tenerlos en televisión?, ¿Por qué no ha de ser un éxito ver en la pantalla chica a nuestros queridos viejos actores, actrices y, locutores y presentadores?
 
Al concluir no puedo apartar de mi mente la imagen del gran hombre de radio y televisión Juan Harvey Caicedo, sacrificado por la intolerancia de los medios de comunicación, con sus viejas estrellas.

Juan Harvey