LA BENDECIDA

LA BENDECIDA
Eligio Palacio Roldán
A los 64 años de edad, doña Gina, se siente bendecida por Dios, por su familia y en especial por un trabajo, que desempeña con mucho amor.

El reloj marca la una y veinticinco minutos de la madrugada y, mientras algunos apenas ingresan a su casa y otros duermen plácidamente, la jornada laboral comienza para doña Gina. A la una y treinta, cuando suena el despertador, ya ha tenido tiempo de dar gracias a Dios por el nuevo día.

Hace 26 años la vida laboral de doña Gina se transformó: Luego de ser despedida de la Asamblea Departamental, donde prestaba sus servicios, y con el apoyo del ex diputado Rodrigo Mesa Cadavid comenzó con una actividad que la ha acompañado durante todo este tiempo: un puesto de cafetería ambulante en la plazoleta del Centro Administrativo La Alpujarra, en Medellín.

Comenzó a vender café, chocolate, empanadas y gaseosas y hoy tiene el desayunadero ambulante más popular de la zona: vende, además, tortas de “chócolo” y carne, pan con queso, chorizos y toda la fritanga más sabrosa de la ciudad.

Prepara todo lo que vende, con excepción de los chorizos que se los llevan de Marinilla y los panes. Su vida y las de sus dos hijos, su nuera y el nieto giran alrededor del negocio. Ellos se levantan a las tres y treinta de la madrugada a fritar y, a esa hora, doña Gina ya ha preparado el chocolate y el café que se vende en tres presentaciones: Muy caliente, caliente y tibio.

Para Doña Gina, su trabajo es sinónimo de tenacidad: solo descansa los viernes, cuando duerme todo el día. Tanto que, cuando se levanta, le duele todo el cuerpo. En el resto de la semana no hay descanso: de lunes a viernes levantada a la una y treinta de la madrugada para estar antes de las seis en La Alpujarra, donde permanece hasta el medio día. Luego de una a cinco de la tarde un sueño reparador y de cinco a ocho o nueve de la noche a preparar alimentos para el próximo día y luego a dormir. Los sábados y los domingos a mercar y a prepararse para la semana que comienza.

Para doña Gina, que vive en un Barrio Popular, al norte de la ciudad, “lo mejor de este trabajo es porque yo relaciono acá con mucha gente que es muy formal y ya como que yo no vengo acá y me hace mucha falta”

El anterior gobernador, Luis Alfredo Ramos Botero, la reubicó en el centro de la plazoleta, por razones de seguridad, y su negocio se hizo mucho más visible. Ahora pareciera otro de los atractivos del centro administrativo.

Los mejores días, en ventas, para doña Gina son los de quincena, cuando mucha gente llega a hacer sus vueltas, y los de las protestas contra el gobierno, cada vez más frecuentes. En los días malos, la comida que no se vende la consume su familia y los vecinos del barrio. “Ese día es toda una fiesta en la vecindad”, dice.

Doña Gina porta una manilla con el número 666 que, según ella, no es el número del demonio sino el de la prosperidad: Esa idea corresponde a su creencias en la secta ‘Creciendo en Gracia’ al igual que la teoría de que Jesús ya llegó por segunda vez. Lleva siete años, perteneciente a esta organización y se siente “feliz, llena de Dios, creciendo en gracia”.

El sueño de esta mujer es que su actual nieto y los que lleguen, a su vida, en el futuro, estudien. Piensa “trabajar hasta que le permitan seguir haciéndolo o hasta que el cuerpo aguante, porque este trabajo, agota”, dice.

A los 64 años de edad, doña Gina, se siente bendecida por Dios por la familia que tiene y, en especial, por su trabajo, que desempeña con mucho amor.

ANTES DEL FIN
Pregunta zanahoria: ¿Para el DANE, doña GINA, sus dos hijos y su nuera estarán empleados?

 

 

 

 

 

 

RECUERDOS DE MAMA

RECUERDOS DE MAMA
Eligio Palacio Roldán
Y después, en el asilo, viviendo de los recuerdos, disminuida físicamente, preguntando a cada instante la hora, esperando el domingo, cuando un hijo o un nieto, quizás, le visiten.
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El viajero quiere revivir los días de una niñez aciaga. Llega hasta el estrecho valle donde transcurrieron los días de la infancia. Recuerda el pequeño rancho: una habitación, una cocina diminuta, paredes de tapia y techo de paja. De la casa solo quedan algunos restos. De su mamá, muchos recuerdos y una pequeña fotografía, en sepia, que porta en su billetera.

El hombre que regresa al pasado, con la idea de reconstruir y entender lo que fue su existencia, cierra los ojos y ve pasar cientos de imágenes, que emergen con fuerza desde la oscuridad:

Son las cuatro de la madrugada y su madre ya está en pie. Con una melancólica sonrisa, vacía el caliente chocolate en botellas y envuelve en papel, de concentrado para las vacas, las arepas para el desayuno, que sus hijos llevan a la escuela.

Después la observa, allí en la puerta del rancho, luego de bendecirlos, mirando, con dolor, como se esfuman en medio de la neblina, de las primeras horas del día. La ve, en el mismo lugar, varios años después, envejecida, con un dolor superior, cuando la policía arresta a uno de sus hijos, por un crimen que, para ella, nunca cometió. Y la siente gritar y gritar, sin llorar, tratando de entender lo que sucede.

Son las diez de la mañana y su madre, luego de servir el desayuno a los hombres que terminaron el ordeño, está en la huerta, bajo el cielo azul, recogiendo, alverjas para el almuerzo. Se mueven las luces y las sombras con el paso del inclemente sol, de tierra fría, hasta que llega al rancho a preparar el almuerzo.

Y la ve feliz con el regreso de sus pequeños, y luego esquivando alguna lágrima cuando escucha los requerimientos económicos de sus hijos y las historias, de la abundancia, de los niños del pueblo.

Son las cinco de la tarde y la mamá saca algunos minutos para su pasión: cultivar rosas. Es feliz con cada capullo, con cada flor, comparando los colores, disfrutando los aromas, viendo las aves llegar a chupar su néctar. Recogiendo los pétalos muertos.

Son las siete de la noche y su madre, entona el Santo Rosario. Da gracias a Dios y reniega por la falta de fe de sus hijos, muchos de los cuales ya no la escuchan. Y la ve por el rabillo del ojo suspirar, tiernamente, mirándolos dormir.

Una noche, junto al fuego, del fogón de leña, contando historias de duendes y brujas, y de algún muerto qua regresó, a ajustar cuentas con su pasado.

Es domingo. El viajero la recuerda, con sus mejores galas: el vestido negro, sobre el cual rodaban caprichosamente los rubios bucles; las medias veladas y los zapatos en una bolsa, para ponérselos en la entrada del pueblo.

Ahora es un día de paseo: en la mañana los chorros de la quebrada y una sonrisa que quedó gravada, para siempre, en el corazón del viajero. Y, luego, una tormenta, granizo y ella, cual gallina protegiendo a los pollitos, para que sus hijos no sufrieran las inclemencias del clima.

Y la observa, en decenas de instantes, silenciosa, cuando, cada uno, de los hijos se marchó de la casa y cuando uno a uno, sus hermanos la fue abandonando, a su suerte, en este mundo.

Y luego envejeciendo, sola, en el rancho.

Y después, en el asilo, viviendo de los recuerdos, disminuida físicamente, preguntando a cada instante la hora, esperando el domingo, cuando un hijo o un nieto, quizás, le visiten.

DESAPARECIDOS

DESAPARECIDOS
Eligio Palacio Roldán
¿Y qué hacemos el resto de colombianos para aliviar el dolor de las familias de los desaparecidos? Muy poco realmente.
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En el transcurso de mi existencia ya contabilizo dos seres muy cercanos que han desaparecido, sumiendo a sus familias en la desesperación y la incertidumbre. El primero, Ramón Angel Villa Palacio, un primo que pasó los últimos años de su vida secuestrado y Juan David Torres Avendaño, hijo de una familia que quiero muchísimo. Muy pocos, dirán algunos de los lectores, pero demasiados, pienso yo, para percibir el desespero, la angustia y el dolor de las familias atormentadas por esta tragedia.

Recuerdo a la esposa y las hijas de Ramón, cada ocho días, todos los miércoles, en el atrio de la iglesia “La Candelaria” en Medellín, pidiendo al cielo la solidaridad de algún transeúnte que les ayudara a hacer algo, para lograr el regreso de su ser querido. También, su desesperanza creciente.

De esta semana, quedará en el recuerdo, la desaparición de Juan David, la unión de su familia, la persistencia en la búsqueda en todos y cada uno de los rincones de la ciudad, la desesperación, las conjeturas, la solidaridad de muchos, la imprudencia de otros y la maldad de unos pocos, con sus bromas pesadas.

Quedarán, también en el recuerdo, las reflexiones sobres las fuentes del dolor humano y la conclusión de que la desaparición de un ser querido es una de las principales, superior incluso al que produce la muerte misma.

Esta última desaparición, de Juan David, con final feliz, gracias a la solidaridad de un ciudadano me hizo aterrizar en la realidad colombiana y en la indiferencia de la mayoría de nosotros, ante este mal que aqueja a nuestra sociedad.

Según informó el diario El Tiempo, esta semana, en una columna de Gonzalo Castellanos, en el primer trimestre de este año en el país se cuentan más de mil desaparecidos y en bolsas plásticas permanecen unos 20.000 cadáveres que nadie reclama. Según el diario El Mundo, de Medellín, los desaparecidos en Colombia suman 75.350 y en Antioquia 9.000, 60% de ellos en Medellín.

Si multiplicamos 75.350 desaparecidos por unas 50 personas entre familiares y amigos que se ven afectados, tenemos 3.767.500 colombianos perturbados por este problema, un 8% de la población.

¿Y qué hacemos el resto de colombianos para aliviar el dolor de las familias de los desaparecidos? Muy poco realmente.

En Medellín, las familias de los desaparecidos exponen su dolor, como un grito silencioso, a través de la Corporación Madres de la Candelaria, en el atrio de la iglesia del mismo nombre, cada ocho días, los miércoles.

La Corporación se fundó en 1998 y pretende recordarle a la sociedad y al Estado que hay centenares de desaparecidos a quienes sus familias no olvidan y a quienes, a pesar del paso del tiempo, aún esperan. Según Mario Calle, uno de sus integrantes, la mayoría de las desapariciones se han dado por el reclutamiento de niños y jóvenes por la guerrilla y por la acción delincuencial de paramilitares y narcotraficantes.

La presencia de los familiares en el Parque Berrío y la exposición de las fotografías de los desaparecidos, desafortunadamente, se han convertido en paisaje y son muy pocos los ciudadanos que le prestan atención.

Tal vez sea la hora de encontrar una nueva dirigencia en el país, que canalice las buenas energías de la sociedad, y que a través de la solidaridad, como la demostrada esta semana en el caso Juan David, nos permita en un día, ojalá no muy lejano, erradicar las desapariciones, uno de los peores flagelos de nuestra época.

ANTES DEL FIN
Esta semana me exhortaron para que diferenciara entre desaparecido y perdido: Según la Real Academia de la Lengua Española, el primero corresponde a lo “dicho de una persona, que se halla en paradero desconocido, sin que se sepa si vive”, y el segundo “Que no tiene o no lleva destino determinado”. Los perdidos, generalmente están poniendo “cachos”, dice una amiga.