Archivos mensuales: abril 2013

LOS PRECANDIDATOS DEL URIBISMO

LOS PRECANDIDATOS DEL URIBISMO
Eligio Palacio Roldán
De los cuatro precandidatos uribistas no se vislumbra uno, con un verdadero liderazgo, que le haga mella a un presidente desgastado como Santos.

Decíamos, la semana anterior, en este espacio, que Santos no logrará ser reelegido a pesar de la vocación reeleccionista del país y que, en consecuencia, Uribe podría estar tranquilo.

Al respecto, me dice el Maestro Orlando Cadavid que no cree mucho en Uribe como Jefe de debate y me recuerda las derrotas de sus candidatos a la Alcaldía de Bogotá Juan Lozano y Enrique Peñaloza, a la alcaldía de Medellín y la gobernación de Antioquia y cuestiona la calidad de sus precandidatos a la presidencia.

Sobre estos precandidatos, reveló la revista Semana una encuesta según la cual, en caso de una consulta popular, Francisco Santos puntearía con el 16% de los votos; pero la mayoría (71%) de los encuestados no votaría o no sabría por quien hacerlo. Una cifra de por sí inquietante y que pareciera darle la razón al Maestro Cadavid Correa.

Sobre los precandidatos de Uribe habría que decir lo siguiente:

Juan Carlos Velez, con el 2% de favorabilidad en la encuesta, representa las nuevas generaciones; pero, es de los alumnos más aventajados de la vieja clase política, de los que más ha “aprehendido” de sus maestros. Por ser de ideas godas, ultragodas, sería el de mayor identificación intelectual con el expresidente Uribe Vélez. Tiene alguna votación importante en Antioquia, pero su origen paisa seguramente jugará en su contra.

Carlos Holmes Trujillo, penúltimo en la encuesta, con el 4% de intención de voto, encarna lo más rancio de la política colombiana: oriundo del Valle del Cauca, que le podría dar cierta ventaja en esa región del país, es el más distante de todos por sus ausencias de muchos años, para prestarle sus “desinteresados servicios al país” como embajador en diferentes países del mundo. La última entre 2004 y 2011. Huele a Naftalina.

Oscar Iván Zuluaga, segundo en la medición de la Revista Semana, con el 7%, con “voticos” en Caldas, tiene la peor estrategia para hacerse elegir: habla como Uribe, se ríe como Uribe, se peina como Uribe, sonríe como Uribe y quiere ser igual a Uribe, pero no lo es. Tan solo parece una triste caricatura, un muñeco reencauchado. Y digo triste, porque, ni siquiera, genera risas.

Francisco Santos, Pachito, el primero en la encuesta: un tipo que dice tantas bobadas que, este sí, genera risa en todas y cada una de sus intervenciones. Pareciera que su candidatura fuera una obsesión por no quedarse atrás de su primo, el actual presidente de la Colombia: un capítulo más de la historia de Caín y Abel. Quién sabe qué trauma infantil quiera superar, a costa de todos los colombianos.

De los cuatro precandidatos uribistas no se vislumbra uno, con un verdadero liderazgo, que le haga mella a un presidente desgastado como Santos.

Si no aparece un líder que aglutine a los colombianos, seguramente, las elecciones presidenciales del 2014 serán las de menor participación en la historia del país o las de mayor votación en blanco.

Es la oportunidad para que un candidato de un origen diferente, a las dos fuerzas que se desgastan en este momento, en una lucha sin antecedentes en nuestra historia reciente, aparezca en el escenario y resulte vencedor. De ser así, es muy posible, que el año próximo sea el de los candidatos y los votos independientes.

ANTES DEL FIN:
A quienes se llaman Francisco les dicen Kiko: Kiko fue, es y será el envidioso por antonomasia. Tanto Kiko como El Chavo, dos seres que la vida juntó en los mismos espacios y en el mismo tiempo, han generado hilaridad entre millones de televidentes, por años enteros. Cualquier parecido con la realidad colombiana, no puede ser pura coincidencia.

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NOMBRES DE MUJER

NOMBRES DE MUJER
Eligio Palacio Roldán
“Mi hija es como la luna: Solo aparece, de vez en cuando, en alguna noche de verano”.

PARQUE

El viajero se sienta en una de las bancas de hierro y madera de un parque mucho más bonito que el de ayer. Este es abierto, tan abierto, como la sociedad de hoy. Atrás quedaron las rejas, las prohibiciones, los tabúes. Esos que enloquecieron a unos e hicieron morir de tristeza a otros. Esos que generaron violencias, separaciones. Vergüenzas.

El viajero observa una niña que juega con varios varoncitos, junto a la fuente de agua fresca. A su memoria llega la imagen de Jacinta, protagonizando una escena similar: sonriente, desparpajada, con sus bucles rubios, que luego fueron de tantos colores, rosando sus pequeños hombros.

Recuerda, también, las últimas historias que contaron de ella: Que la habían arrojado desde un avión, dijeron unos; que había muerto muy pobre, con hambre y enlagunada por el alcohol y la droga, en un rancho, en las lomas de Santo Domingo Savio, en Medellín; dijeron otros.

Nunca más se le vio. O quizás si, tal vez como una sombra, como alguien a quien nadie pudo distinguir, con el paso del tiempo y las trampas de la memoria. En su vejez pudo confundirse con una mujer de cuerpo rollizo, cabello cano y joroba que asistía a todas las misas y rezaba por interminables horas.

Lo último que se recuerda de ella, en el pueblo, fue aquél día, cuando en la iglesia, se burló del sacerdote. En ese entonces le llamaban Catalina: El prelado interrumpió la ceremonia litúrgica, hasta que ella abandonó el templo. La mayoría de las mujeres se persignaron y los hombres no pudieron ocultar una mirada de deseo. Vestía un topless azul celeste saturado y una minifalda negra, que dejaban traslucir su cuerpo de curvas exuberantes, con unos tacones, también azules, que pusieron a pensar, a más de uno, ¿cómo haría para caminar con ellos?.

El viajero la recuerda feliz, correteando por las calles de la niñez, libre, sin ataduras. Aferrada a la reja del parque observando, con fascinación, las flores, en el encierro. Piensa que esas pesadillas de Jacinta, en sus noches de infancia, fueron premonitorias: Se veía, a sí misma, atada con cadenas a las rejas del parque, en medio de los tulipanes rojos.

También viene a su memoria la imagen de un padre deprimido, con la cabeza siempre gacha y una madre recitando interminables rosarios: en la iglesia, en la casa, donde sus pocas amigas.

Jacinta siempre se rodeó de hombres. “La voy mejor con los machos. Las mujeres son muy envidiosas”, decía. Pronto se fue separando de sus padres, de su familia. Cada vez llegaba más tarde de sus juegos de calle, mientras se iba haciendo mujer. El padre la golpeaba con su ancha correa de cuero. Su madre continuaba rezando. Imperturbable: Pedía a Dios, para su hija, un destino diferente a la de la mayoría de sus hermanas: tan distantes, tan lejanas.

Al comienzo, Jacinta, lloraba con los castigos. Después no le importaron.

Sus risas se escuchaban desde lejos, en las noches cargadas de neblina. Para algunos infantes, fue tan solo un fantasma. Su padre decía, con tristeza: “Mi hija es como la luna: Solo aparece, de vez en cuando, en alguna noche de verano”.

El viajero observa una pareja que se besa en la calle. Suspira. Siente dolor por Jacinta. Cree que esta mujer se equivocó de tiempo, en la historia. Si hubiese existido en la sociedad de hoy quizás habría tenido una vida feliz: la marginó la intolerancia de tiempos idos, piensa.

Escándalos, prohibiciones, reyertas: Algún herido, quizás un muerto. Un intento de exorcismo. Y un adiós: Jacinta se marchó del pueblo.

Algunos dijeron que vivía en Medellín: Un patriarca dijo, maliciosamente, haberla encontrado en un prostíbulo. Le llamaban Nohelia. Otros dijeron que estaba en Bogota y otros más que, incluso, vivía fuera del país. Dijeron que también le llamaron Cristal, Hortensia, Gladys, Celina… En fin, siempre tuvo un nombre de mujer, un nombre de mujer de luces y sombras, de brillo nocturno y grandes ojeras diurnas.

Su historia siempre fue un secreto. Alguna aparición esporádica, con escándalo incluido, como el de la iglesia. Nada más.

Quizás alguna lágrima rodó por sus mejillas, tal vez muchas. Nunca se supo.

El padre envejeció agachado, con una enorme giba. Su madre lo hizo rezando, siempre rezando.

Jacinta se borró de la memoria. Había que borrarla como se borraron otros seres que no cumplieron con las expectativas físicas o de personalidad soñadas, por los habitantes del pueblo. Como se borran y se ocultan las vergüenzas, o algún secreto siniestro: A la fuerza.

SANTOS Y LA REELECCION

SANTOS Y LA REELECCION
Eligio Palacio Roldán
En relación con las Farc, los tres últimos presidentes han hecho lo que han tenido que hacer. Sin embargo, Santos está en el peor de los mundos.

Con un “articulito” se cambió nuestra Constitución para complacer al presidente Alvaro Uribe en su deseo de perpetuarse en el poder. Ese mismo articulito, el 197 de nuestra Constitución, es ahora el mayor dolor de cabeza de quien lo ideó, el doctor Uribe, pero como están las cosas, puede estar tranquilo: Santos no logrará ser reelegido a pesar de la vocación reeleccionista del país.

Según la encuesta de Datexco para W Radio y El Tiempo, revelada el lunes 15 de abril, el 61% de los colombianos estaría en desacuerdo con la reelección de Juan Manuel Santos. Una cifra bastante alta si se tiene en cuenta la marcha por la paz, del pasado martes 09 de abril, que pretendía un apoyo para el presidente, en sus negociaciones de paz con la guerrilla de las Farc. Pero, ¿porqué los colombianos no quieren la reelección de Santos? Veamos:

En 1998, el 50.39% de los votantes, 6.114.752 colombianos, decidieron elegir, en segunda vuelta, como presidente a Andrés Pastrana; con un mandato claro para la paz: La ilusión de esos votantes y otro gran número de colombianos era que se pusiera fin a un conflicto con las Farc de más de tres décadas, en ese entonces. Es bien conocido que esa guerrilla Farc no atendió ese clamor nacional por la paz y que el gobierno tuvo su mayor éxito político en la lucha con la insurgencia: Le demostró a la comunidad internacional, pero en especial a todos los colombianos, que la guerrilla había abandonado los ideales revolucionarios de los años 70, para convertirse en una organización criminal; a la que la mayoría de los colombianos desprecia.

Ese hecho generó una corriente de opinión que llevó, en el año 2002, a la presidencia del país a Alvaro Uribe: 53.048 % de los votantes, 5.862.655 colombianos, lo eligieron con fe en que derrotaría a las Farc militarmente. Y esa misma fe permitió que fuera reelegido, previa modificación de la Constitución, en primera vuelta, en el 2006, por el 62.35% de los votantes: 7.397.835 colombianos.

Terminados 8 años de gobierno, sin erradicar a la guerrilla, Alvaro Uribe señala su sucesor. Y la fe que le tienen los colombianos, en el sueño de derrotar la guerrilla, hace que, en el año 2010, sea elegido, en segunda vuelta, Juan Manuel Santos como presidente, por el 69.13% de los votantes: 9.028.943 colombianos.

Santos fue elegido por la fe de que, el señalado por Uribe, erradicaría a las Farc de Colombia; no con un mandato por la paz como ocurriera con Pastrana, sino con uno para la guerra contra la organización criminal. Este hecho, hace que los colombianos lo perciban como un traidor a su “Dios” Uribe y a los colombianos que lo eligieron. Alguien así como el Judas de la historia de Jesucristo.

Tratando de ser objetivos, diríamos que en relación con las Farc, los últimos tres presidentes han hecho lo que han tenido que hacer en su momento: Pastrana dialogar, Uribe combatirlos y Santos tratar de encontrar una terminación del conflicto, por la vía del dialogo, con una guerrilla debilitada.

Sin embargo, Santos se encuentra en el peor de los mundos: Si las negociaciones llegan a un acuerdo, una gran franja de opinión considerará que las concesiones fueron desmedidas para una guerrilla derrotada: Será un traidor que entrega demasiado a la guerrilla, solo para reelegirse. Si las negociaciones se rompen quedará ante los colombianos peor que Pastrana: tuvo como derrotar a las Farc y no lo hizo. Y si decide prolongar los diálogos, hasta una posible reelección, nadie le creerá.

ANTES DEL FIN:
Que buen trabajo está haciendo Waldir Ochoa en Telemedellín. Otro acierto del alcalde Gaviria. Sin duda, ese es el camino.

DON CARLOS, EL ELECTRICISTA

DON CARLOS, EL ELECTRICISTA
Eligio Palacio Roldán
Una lesión en la columna vertebral, le había partido su vida en dos. Bueno, en tres, pues una nueva desgracia marcaría de nuevo su existencia, unos años después.

Un trueno seco y sonoro rompió la modorra del medio día, de aquel domingo, 13 de septiembre de 1981. Un caballo corrió velozmente, mientras relinchaba, buscando un refugio; lo propio hicieron las vacas y, otro tanto, las aves. Los hombres dijeron una mala palabra y las mujeres se persignaron; algunas dijeron que “la tempestad sin lluvia, generalmente trae tragedias mayores”.

Don Carlos recuerda que no había amenaza de lluvia; tan solo una nube oscura se divisaba a alguna distancia, el viento no alcanzaba a mover sus ropas en las alturas. El era el electricista del municipio y ese día se encontraba en la finca del Personero Municipal colocando una farola, que iluminaría el paso de la casa a las porquerizas. En ese momento descopaba un pino, con un machete, hasta donde llegaría la energía. No llevaba protección porque no se advertía peligro, no estaba en contacto con la electricidad. Una chispa del rayo se deslizó por el machete y el cimbronazo lo tiro al piso, desde unos cinco metros de altura.

La pasión de don Carlos por la electricidad comenzó, cuando apenas tenía unos siete años de edad, en los primeros años de la década del cincuenta, del siglo pasado, en la vereda Yarumalito de Yarumal, norte antioqueño. En la finca donde vivía, aprovechando una cascada, junto a la casa, se instaló un pequeño sistema eléctrico. Y, desde entonces, se incubó en el niño un deseo por la electricidad, fruto del deslumbramiento infantil por la luz eléctrica, que pasaría por la inquietud por conocer todo lo relacionado con la conducción de energía y luego se constituiría en un pilar fundamental en su vida de joven y adulto: un medio de rehabilitación y subsistencia.

En el pequeño Centro de Salud del pueblo, don Carlos, despertó varias horas más tarde. No sentía sus piernas. No las sintió nunca más. Una lesión en la columna vertebral, le había partido su vida en dos. Bueno, en tres, pues otra desgracia marcaría de nuevo su existencia, unos años después.

En la Clínica Medellín, del centro de la ciudad, transcurridos varios días, le dieron el diagnóstico: “Lesión a nivel torácico 10, se perdió el líquido medular. Parapléjico”. Luego, un largo tratamiento con inserción de Barras de Harrington y terapia intensiva.

Días, semanas, meses de mucho dolor y lágrimas. Agitados pensamientos, que le robaron el sueño: pensaba en Alicia, su esposa, y sus cuatro pequeños hijos. Luego una “autorización” del médico: “¿Usted que sabe hacer con las manos? Es hora de que trabaje”, le dijo. Don Carlos comenzó otra nueva historia, aferrado a su deseo y, a través de un pequeño taller, continuó siendo el electricista del “pueblo”.

La desgracia llegaría nuevamente a la vida de Don Carlos, El Electricista. El 24 de junio de 1997, a eso de las 7:30 de la noche se escucharon unos disparos, que estremecieron todo el casco urbano de Entrerríos. El hombre sintió un dolor en su alma, sobre el cual no encuentra palabras que lo describan. Respiró profundo. Se persignó y supo que su hijo mayor, Jhon Carlos, había sido asesinado por los recién traídos paramilitares, que estaban en la tarea de atemorizar el pueblo, con unas de sus aterradoras “limpiezas”.

Jhon Carlos había comenzado a consumir marihuana en la primera adolescencia.
“Nuca pudo con la tragedia de su padre”. Dijeron algunos

Después vinieron drogas más fuertes y alguna vez un deseo de rehabilitación. Don Carlos se movió, desde su silla de ruedas, para buscar ayuda. “Hasta donde el gobernador de Antioquia llegué”, recuerda. Y Jhon Carlos fue internado algunos meses en un centro de rehabilitación. Luego regresó al pueblo.

Alguna vez, Jhon Carlos, dijo: “El sicólogo me dijo que yo sería drogadicto toda la vida y que había que buscar alternativas para afrontar esa dependencia. Si yo voy a ser drogadicto toda la vida, pues no me voy a sacrificar, por algo que no tiene solución.”

Don Carlos fue advertido: Su hijo debía abandonar el pueblo. El no quiso irse. No consideraba justo tenerse que marchar de su terruño. Allí murió, asesinado..

Hoy don Carlos, El Electricista, continúa con su pequeño taller. Lo acompaña, Alicia, su esposa, su ángel guardián; sus tres hijas y sus siete nietos, cuyo solo recuerdo hace que se ilumine su rostro y aparezca en sus labios una dulce sonrisa.

UN ADIOS

UN ADIOS
Eligio Palacio Roldán
Muchos fantasmas negándose a desaparecer. Y luego, a pesar de todo, un adiós.

El viajero se siente invadido por la nostalgia del espacio recorrido y de los seres queridos, de un tiempo ya lejano.

De repente se encuentra con ese verde intenso de la hierba, tan diferente a aquel otro, verde amarillento, de los maizales.

Los árboles plantados tantos años atrás.

Los sauces doblegados por el paso del tiempo, por el embate de los enemigos ponzoñosos y de los amigos, que con mucho cariño, le chuparon la savia.

El roble símbolo del hombre que se niega a partir.

El eucalipto que ha servido como testigo del pensamiento, la pasión, el amor y las lágrimas. Sentados sobre sus raíces y mirando al cielo, muchos creen hablar con Dios. En su corteza, los enamorados, pintaron corazones que el tiempo ya borró.

Otros árboles desconocidos que envejecieron pronto.

Las formaciones rocosas permanecen incólumes. Testigos mudos e impávidos de la vida. A sus pies muchos se protegieron, de la lluvia, alguna vez, otros escondieron sus amores y unos, más, sus ambiciones. De vez en cuando algún liquen trata de aferrarse a su estructura, sin lograrlo por mucho tiempo. Aparecen dispersas saliendo de la tierra y algunas simulan fantasmas. Incluso parecen conformar un fogón gigante, donde alguna vez, se pudo hacer un sacrificio. En el riachuelo, permanecen estáticas, quizás soñando con conocer el mar.

La montaña majestuosa: símbolo de grandeza y poder, de lucha. Cuna de mitos y leyendas. Testigo del coraje de las gentes del valle. Y allá arriba, el misterio de las cuevas de Puente Piedra: origen de la vida para la mayoría de los pobladores de la región.

Un poco más abajo el renacer del riachuelo: hermoso, misterioso y enigmático. Formando cúmulos de espuma con el chocar del agua y las rocas. Después los chorros que han limpiado los cuerpos y las almas de generaciones enteras.

En el valle, la casa. Legado del colonizador. Cuna de ilustres hombres y de otros que no lo fueron tanto. De ángeles y demonios. De seres humanos.

Grandes empedrados. Silenciosas ventanas. Techos altos y blancas paredes que han contenido más de doscientos años de historia: cuántos llegaron, cuántos otros se marcharon. Quiénes crecieron y cuáles crecerán?

Las flores de la abuela, el naranjo, el establo que se vino abajo y el comedor que se convirtió en establo. Y las tapias derrumbadas.

Cuantas risas, lágrimas y canciones. Cuantos disgustos. Varios amores. Muchos engaños. Tantas pasiones.

Muchos fantasmas negándose a desaparecer. Y luego, a pesar de todo, un adiós.

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